escritura interior
  
 
  17/07/2016  La huída
 

Pasé gran parte de mi vida escribiendo para huir de la vida y ahora yo mismo huyo de mi propia escritura.

  13/07/2016  La única palabra
 

La única palabra que desde hace meses retumba en tu cabeza día y noche: cáncer. Esa palabra -cáncer- cierra el paso a cualquier otra palabra. Golpea tus tímpanos. Chirría en tu extraño paladar reseco. Entra y sale del tumor maligno que nadie se atreve a extirpar. Se hizo fuerte en tu pulmón izquierdo. ¿Fumaba mucho? Nada. Metástasis. Anímate. No te desanimes. Ánimo. Confundes la voz de quienes te jalean con tu propia voz. Radio. Quimio. Lo que te echen. Muchas batas blancas y mascarillas alrededor. Alfombra roja en el camino hacia la muerte. No huyas como un cobarde. Has de tener valor para no caer tan bajo. Esto puede ser largo. Debajo de la muerte -ya sabes- no hay nada. Salvo más cáncer. Y la muerte. Cierras los ojos pero tus ojos, cerrados, te miran fijamente. Estás atrapado. No hay otra salida. Aguanta un poco más. ¿No presumías de derrochar tanto valor? ¿En qué ha quedado todo eso? Luego, a solas, al amanecer, piensa en la noche escalofriante cuando dejes de pensar. Imagina un sueño profundo del que no sales. Piensa en la caída perfecta al vacío. Piensa que ese vacío se adelantó y ya piensa en ti. Y reconoce que, al menos, eres un afortunado aunque no te atrevas a decírselo a nadie, ni siquiera a ti mismo. Piensa: ya falta menos.

  03/07/2016  El voto de mi amigo John
 

¿Qué habrá votado mi viejo amigo inglés John de Bruyne? ¿Seguir en  la Unión Europea o abandonarla?

Un inglés  mas inglés  que él he conocido muy pocos en mi vida, tanto en Inglaterra como en España. y muy probablemente no conoceré nunca. No es la primera vez que he escrito sobre él y sus excentricidades. También sobre su familia. Su padre, el doctor De Bruyne era un químico genial, un sabio distraído de origen holandés  que inventó y patentó un  pegamento que todavía hoy se utiliza en el fuselaje de los aviones. Su madre era violoncelista y compositora. El matrimonio viajaba a USA con frecuencia. Entre ambos colocaban el violoncelo en su gran estuche de madera noble y lo mimaban como a un hijo –algo que a mi amigo John le daba envidia- al que incluso daban conversación cuando el avión soldado con el pegamento de su invención,  penetraba en una borrasca. Mientras buena parte del pasaje temblaba de miedo, la familia De Bruyne parecía hallarse en el paraíso de la seguridad aérea.

El padre de mi amigo que acaba de cumplir 70 años, según Facebook, era un padre afectuoso y cada noche le leía un cuento a su hijo una vez acostado. Pero como era tan despistado no se daba cuenta de que al poco rato de hacerlo, naturalmente en voz alta, enmudecía sin advertir que su hijo ya no podía oírlo. El padre decía: “Bueno, John, es hora d dormir”. Apagaba la luz y la noche siguiente repetía la misma maniobra.

“Era una frustración pero yo –me confió Jon un día- nunca le dije nada a mi padre, reo que lo habría hecho muy desgraciado”.

John era coleccionista de coches de muertos. Los estacionaba delante de su casa y a veces en el  jardín de su padre pero como el doctor De Bruyne era un auténtico sabio despistado creía que esos coches de muertos no eran de muertos sino de alguno de sus vecinos.

Mi amigo John hizo lo imposible por  emular a su padre inventor y  él mismo inventó una probeta original de laboratorio. Y la vendió por medio mundo. Fue por esa época cuando lo conocí poco antes de casarse con su secretaria que le dio tres hijos, o sea, tres futuros inventores que, como padre y abuelo, había recibido la educación más elitista de su país (Eaton, Cambridge).

Y bien, el  otro día le envié un mensaje por Facbook a John preguntando si había votado por permanecer o abandonar la UE.

La respuesta era predecible. También su sentido del humor.

“Siendo blanco y con la  escasa educación que he recibido, solo podía votar a favor de la salida de mi país de Europa”.

Pero dentro de un tiempo volveré a contactar con John, ahora casado con una rusa,  presumiblemente muy rico y acrecentando su fortuna. Me interesaré por su negocio de probetas. ¿Seguirá fabricando y vendiendo el invento a los hospitales de nuestro  continente? ¿Ganará más libras estando fuera del mercado único, en el que prosperaron sus negocios, que dentro?

Pero para saber esto debo esperar un tiempo. Y ya a nuestra edad no es tan fácil. Ni siquiera deseable, pensándolo bien.

 

 

 

 

 

  21/06/2016  Cloroformo
 

Una casa, como la memoria, está amueblada de voces y toda clase de sonidos. Cuando no está amueblada lo único que puedes oír son ecos, muchas veces imaginarios y puedes captar olores que incluso, demolida la casa, vienen a tu encuentro. Pasé el otro día por delante de la casa en la que transcurrió mi infancia, de no muy feliz memoria. Percibí un intenso olor a cloroformo. Cerré los ojos y vi a mi padre entrando en el piso (calle de Colón 74) y supe de dónde venía aquel hombre que ayudaba a anestesiar a los niños del Asilo de San Juan de Dios, situado en la Malvarrosa. Era ya la hora de comer. Lo esperábamos y sabíamos que el olor tan intenso a cloroformo pegado a su ropa desaparecería una vez se cambiase la que llevaba por otra limpia. Apenas comentaba mi padre algo relacionado con la operación quirúrgica en la que había ayudado al cirujano encargado de arreglar las extremidades de los niños internos en aquel lugar. Yo daba por supuesto que habría sido un éxito y que su trabajo como médico pediatra ayudando al anestesista y al traumatólogo le había llenado de satisfacción. Su optimismo natural crecía. Su cabeza parecía seguir mucho más pendiente del bisturí y de la anestesia que de los alimentos que tomábamos en silencio. Aquella casa en Valencia y el olor a cloroformo fueron inseparables cada miércoles, el día de la semana en el que el doctor Oliete, a cargo de aquel hospital, dedicaba a las operaciones. Los niños iban rapados al cero. Pasaban las horas de sol en sus camas colocadas en una gran terraza. La imagen es imborrable. Estaban prácticamente en los huesos (no sé si su enfermedad principal era tuberculosis) y viendo a aquellas criaturas era fácil comparar su delgadez y sus ojos tristes con los que vimos en las fotos de los niños judíos cercanos a su fin. En Navidades mi padre nos llevaba a mis hermanos y a mi a visitar a aquellos niños. Los frailes de San Juan de Dios ponían un belén impresionante y a nosotros nos fascinaba. Les llevábamos juguetes y pasábamos sin detenernos excesivamente por delante de las camas. Era triste, como lo eran los años de la posguerra en España. Pero aquella era la realidad que a unos y a otros, con mejor o peor suerte, nos correspondió vivir. Mi padre, los niños, el sol de la Malvarrosa, el belén y los frailes con sus hábitos formaban una especie de grupo en una obra teatral que personalmente me entristecía. ¿Cuántos niños de los muchos internados en San Juan de Dios se salvarían y podrían volver a sus casas, o adonde fuera ya que algunos eran pobres y carecían de hogar? ¿Quien los recogía? El cloroformo, que hoy día ya no tiene aplicación como anestésico, incendiaba los recuerdos. La casa de Colón 74 fue demolida años más tarde. Y otra sin olor ni memoria de él ocupa hoy ese número en el callejero. Como es lógico mi padre murió, el hospital de San Juan de Dios debió de sufrir reformas (quizá ya no existe) y los niños pasaron a la historia del inútil sufrim

  14/06/2016  Malditos debates
 

Como tantos otros españoles también yo fui víctima la otra noche del tan esperado debate electoral a cuatro que más parecía un concurso barato de acertijos que un pulso político al final de una campaña agotadora. Los políticos y los periodistas que lo moderaron resultaron pedantes y soporíferos. Me pregunto si de lo que se trataba era de rematar a los votantes por anticipado y que ya nadie tuviera energías el día de las urnas para acercarse a la mesa abanicándose con la papeleta. Pero está claro que lo que es posible desarrollar con naturalidad en el plató de cualquier país europeo, en España adquiere una solemnidad absurda e irritante. El envaramiento de los políticos era idéntico al de sus moderadores, todos ellos con cara de telediario y la escasa imaginación de los organizadores producía a veces vergüenza ajena o risa. Ya da igual tener debates que no tenerlos. Porque cuando acaban esos discursos sabes menos que antes de que los pronuncien. Me gustó ver a Rajoy en el papel de Rajoy, un político fracasado pegado a la silla de mando con el pegamento de la corrupción que él se sacude de encima parpadeando y, a veces, con desparpajo y chulería. Al menos –me dije- este es gato viejo. El resto solo era una comparsa que por mucho que hicieran para diferenciarse por el toque peluquería o el corte de sus pantalones, mostraban impaciencia por acabar el show e ir a echarse un trago en la taberna a la salud del país que pretenden liderar para sacarnos de la ruina a la que nos ha llevado, paso a paso, el presidente en funciones.

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