escritura interior
  
 
  26/11/2014  La libertad del diarista en una España desequilibrada
 

Juan Goytisolo es el nuevo Premio Cervantes. Tiene una buena cabeza. Es un escritor independiente que, además, no vive en España.

 

Pero tal como están las cosas en el mundo literario y en general en el mundo de la cultura en esta España más desequilibrada que invertebrada, no me habría sorprendido que para evitar polémicas los responsables del citado premio se lo hubieran otorgado a título póstumo al mismísimo Cervantes. ¿Lo habría aceptado el manco de Lepanto o lo habría rechazado con un leve movimiento de la mano sana?

 

Aunque acabamos de conocer el nombre del ganador, no estamos a aquí para hablar de premios ni de castigos. Unos llevan a los otros y todos conducen al infierno de las envidias y de las rencillas.

 

Yo estoy aquí esta tarde para explicar en qué consiste la escritura de un Diario, mejor dicho, de mi Diario que empecé a escribir cuando tenía 23 años en una residencia de estudiantes en Viena, y que sigo escribiendo cumplidos  los 76. Estoy aquí para hablar de esta pertinaz e indomable costumbre de anotar cada día, en un cuaderno, a mano, con tinta y estilográfica,  lo que observo tanto a mi alrededor como en mi interior. Es decir, el universo y mi universo, la materia prima de mi escritura.

 

 

 

Me pasé la vida escribiendo en la oscuridad precisamente para no tener que hablar de lo que escribo. Pero  ahora ha llegado el momento de hacerlo.

 

Cuando empecé a escribir en 1961 el Diario no tenía idea de que fuera  a perseverar en esta escritura durante tanto tiempo.  No podía imaginar que lo que al principio eran hojas sueltas guardadas en una carpeta, llegarían  a convertirse en 193 cuadernos –donados todos ellos a esta Universidad- y menos todavía que fuera a publicar parte de esos cuadernos en vida.

 

Aunque desde el comienzo consideraba la posibilidad de una publicación futura, esto lo veía muy lejano. Y seguí viéndolo así durante cuatro décadas. Me preguntaba:  ¿qué sentido tiene hacer público lo privado? ¿Acaso no me ya satisface cumplidamente el deseo de firmar algo con mi propio nombre en los distintos periódicos donde he escrito tanto, y de tantas cosas, y de tantos lugares, durante más de 25 años?

¿No ha sido  suficiente publicar, además,  alguna novela, varios libros de relatos y de viajes y hasta un ensayo?  

 

 

Pero en el año 2007, dejé de hacerme esas preguntas. Publiqué una selección –no más de un 15 por ciento- de  todo lo escrito desde  1961 a 2001. Es decir, aunque tardé 40 años en dar el paso, finalmente tve la oportunidad de darlo. Mi agente literaria era entonces  Carmen Balcells. Ella sabía que desde joven yo llevaba un Diario. Pero Balcells era partidaria de que se publicaran no unos fragmentos sino la obra en su totalidad. Le bastó leer uno de los cuadernos (cada cuaderno tiene 160 páginas escritas a una cara)  para ofrecerme el mismo dinero que me pagaba El País si me dedicaba durante un año a leer lo que había escrito y a marcar aquello que consideraba impublicable por alguna razón personal. Me advirtió que hacer esto iba a ser “tan doloroso o más que psicoanalizarte”, fueron sus palabras. Lo dijo así porque yo había iniciado un psicoanálisis en Paris, y podía entender muy bien el sentido de sus palabras.

 

Es conocida la vehemencia de Carmen Balcells. Sus arrebatos. Su poder. Su empecinamiento. Pero, tomada la decisión, no había que tener prisa. Había que hacerlo bien. Había que proteger los manuscritos. Llamó al encargado del dinero en la Agencia. Le ordenó que comprara un armario ignífugo. Los manuscritos, mis cuadernos, estarían depositados en ese armario. Y el armario estaría en su propia casa. ¿Dónde mejor podían estar? ¿Qué otro lugar era más seguro que ese lugar, en Barcelona?

 

Estas escenas aparecen, si no recuerdo mal,  en La hierba crece despacio, el primer volumen de mis diarios que cubren 40 años de escritura: 1961-2001. Pero no toda la escritura, sino parte de ella.

 

Pero las cosas no sucedieron como deseaba Carmen Balcells que sucedieran. Encargó a una transcriptora de la misma Agencia que pasara al ordenador el contenido de los cuadernos. Durante meses me envió a mi casa e Madrid carpetas con las transcripciones. Preparó, con mi ayuda,  una selección de aquellos textos para que lo leyeran distintos editores. Cuando Espasa Calpe estaba a punto de firmar un acuerdo, su director literario cambió no de idea, precisamente, sino de empresa. Todo tuvo que empezar de nuevo. Hasta que llegó el día en que me cansé. Aunque sería mejor decir que ambos nos cansamos. Dejé a la Balcells.

 

Como decía, y luego de varios intentos fallidos y pintorescos,  otra agente, Silvia Bastos, consiguió que en 2007 salieran a la luz mil páginas con aquellos fragmentos que había empezado a escribir el año 1961.

 

Ese año, 2007, el dibujante Máximo publicaba en El País una serie de viñetas tituladas Diario Regio. Exactamente el 2 de octubre de 2007 pude leer en este cuaderno apócrifo del rey lo siguiente:

 

Llevo varios días sin anotar nada en este Diario. Y no sé si es porque no tengo nada que decir o porque me autocensuro”.

 

El Rey del chiste de Máximo ya abdicó.  Con el tiempo el Jefe del Estado adquirió la apariencia de un elefante abatido. Máximo desapareció luego de haber sido relegado a la edición de los domingos. Pero el asunto que planteaba aquella viñeta es actual:

 

Si el Rey calla en su Diario Regio será, como él mismo afirma, porque no tiene nada que decir o porque se autocensura.

 

Poco antes, Juan Carlos declaró en Oviedo que “España ha disfrutado un largo periodo de estabilidad y prosperidad gracias a la monarquía”. Era todo lo que podía decir un monarca forzado a autocensurarse.

 

Viene esto a cuento porque los dos grandes y tal vez únicos enemigos de un diario, tal como yo lo entiendo, son estos: no tener nada que decir, por un lado, y autocensurarse cuando se tiene algo que se debe decir y se calla.

 

Hay días, incluso semanas, que no hay nada que merezca la pena anotar en el diario. Quien mejor lo sabe es su autor. En cambio, otros están repletos de hechos o experiencias que exigen su registro. Y si no lo escribes, revientas.

 

Para escribir un Diario –la clase de diario que me interesa- no hay que pensar en otro lector que uno mismo y solo mientras escribes tu propio diario. Digo mientras escribes el diario porque lo mejor que uno puede hacer es no releer lo escrito. ¿Acaso no lees, al mismo tiempo que escribes, aquello que escribes? Es suficiente.

 

En cierto modo el yo que escribe se construye a medida que escribe. Es un yo imaginario. Quizá como la realidad sobre la que se escribe, que también puede ser imaginaria. O al menos no es única ni inmutable. Las palabras que uno utiliza formatean esa realidad.  Podemos sospechar que se trata incluso de una falsa realidad. O de una realidad distorsionada por el lenguaje.

 

Lo  que yo veo y a mi lado está viendo otro, no es lo mismo, aun  siendo aparentemente lo mismo. Y lo que oigo o recuerdo haber oído no es lo que literalmente escuché. Sin proponernos fabular, fabulamos.

 

Además, el tiempo actúa sobre la realidad. Le quita color. La desgasta. La mutila. Un nombre o un adjetivo, alteran el significado de esa realidad que tratas de expresar fielmente.  La elección de un término y no de otro, pone en situación de riesgo, y de indefensión,  aquella  frase que estás a punto de llevar al papel. Sabes que de una coma, de un signo de puntuación depende en ocasiones el sentido, la lógica, la intención de la frase. Y, por supuesto tu estado de ánimo cuando escribes fluye o se atasca como la tinta que extrañamente se oscurece.  Diré que cuando eres de verdad feliz es cuando menos necesitas hablar de ello en tu Diario. Diré que tampoco necesitas describir un paisaje. ¿Para qué cuando todo el mundo lo ha visto todo en este Planeta, y además en color?   

 

 

La escritura de un Diario es una escritura en tiempo real. Lo que anotas está ocurriendo, o acaba de ocurrir. La fecha y el lugar encabezan cada entrada o anotación. En esto el Diario se asemeja a una carta, pero solamente en eso. El Diario no tiene destinatario. No hay despedida. Ni firma. Decididamente no es una carta.

 

La correspondencia de Flaubert sería lo más parecido a un Diario. Cuando lees las cartas de Flaubert, que a veces escribía unas seguidas de otras el mismo día, tienes la impresión de que Flaubert se escribe a sí mismo. No está mal. Todos hemos escrito cartas que nunca merecieron respuesta. En el fondo tampoco deseábamos respuestas. Deseábamos escribir y preguntarnos algo preguntándoselo a alguien. Se da la circunstancia de que alguien puede ser uno mismo.

 

El Diario no son unas memorias ni es una autobiografía. Lo historiadores parecen estar de acuerdo en que tiene más valor, en el sentido de su credibilidad, supongo, un diario autógrafo que la correspondencia, que la autobiografía o que las memorias  que siempre suelen estar amañadas, corregidas, embellecidas. Solo la correspondencia es, aunque no siempre, una escritura en tiempo real. Las memorias se escriben a toro pasado. Y no digamos las autobiografías.

 

De lejos hueles un diario con trucos. Un diario de salón. Un diario escrito  para el público. Para la venta. Para escalar. Y en un país desequilibrado como el nuestro, siempre hay un equilibrista a la vuelta de la esquina dispuesto a ofrecer su espectáculo. Le das un euro y hasta lo repite.

 

La escritura del Diario es, como la vida, una sucesión de fragmentos. No es un continuo. Está sujeta a cambios. Puede ir y, de hecho, va a saltos. Lo cual no quiere decir que el estilo, la voz, el ritmo narrativo o el tono del diarista vaya a remolque de esas transformaciones. La  herramienta de trabajo permanece inalterable. Estás familiarizado con ella. Lo que ocurre es que casi todo es impredecible.

 

A la hora de abrir el cuaderno tu libertad debe ser absoluta. Si  nadie mas que yo entiende mi letra, cada día más deforme e indescifrable, no pasa nada porque escribes un diario no con la intención de publicarlo, ni siquiera de leerlo tú, ni nadie de tu entorno: escribes sin lector.  Sin nadie que pueda juzgar lo que escribes. Escribes aquello que te importa escribir. Lo que te gusta, te divierte, te desahoga, te desentumece y te alivia escribir. Escribes, además, porque estás convencido de que lo que no has escrito no ha existido. Se pierde. La escritura es lo único que retiene a través del lenguaje el instante que has vivido, tal como lo has vivido y no como recuerdas que lo viviste al cabo del tiempo.   

 

Para darme ánimo y tener valor, escribo desde el otro lado de la muerte. Escribo imaginando  que ya he muerto. Y que  he muerto no solo yo, sino todos los demás. Todas las personas que aparecen en mis Diarios, han muerto. Algunas en realidad ya lo han hecho. Y tal cosa va ocurriendo un año tras otro. Pero no hay que tener miedo. No hay escribir con miedo.

 

Porque para escribir con miedo es preferible no escribir.

 

¿Acaso te planteas que escribes para los muertos o para quienes los incineraron? ¿Crees que escribes para la posteridad? No. Escribes para alejar la muerte verdadera aunque solo sea unos centímetros. La posteridad nace de otra fantasía de las muchas que ha creado la muerte.

 

Por eso no entiendo que haya  escritores que embargan sus propios diarios durante medio siglo después de muertos (el caso de Nabokov, el caso de Elias Canetti y el caso extremo de Kafka que pidió la destrucción de toda su obra inédita), esto no lo entiendo porque lo que no se puede leer ahora mismo, pierde su fuerza ahora mismo. Y su interés. Se convierte en una momia embalsamada. Es una escritura preservada como una reliquia. Es una aspiración morbosa.

 

Para mí, el papel es un espacio blanco y vacío en el que no me permito tachar lo escrito. Ni borrarlo. Ni arrancar la hoja del cuaderno. Si hubo contradicciones, deja esas contradicciones donde están. Si hubo un error, déjalo y a renglón seguido explica, si quieres, que hubo un error. La escritura del Diario, como la  oración, no es mas que un monólogo. Rezas a tu Dios pero sabes que estás hablando contigo mismo y que no te oye ni Dios. Y si la palabra que precisas no acude a tu llamada inmediatamente, eso quiere decir que esa palabra no merece estar en la página. No la eches de menos. La palabra perezosa que siga durmiendo. Otra aparecerá enseguida. La cazarás al vuelo. La escribirás sin rodeos.

 

A veces te preguntas qué es lo que nos impulsa a escribir de este modo. A sostener un monólogo interminable que ni se agota ni te agota. Todo lo contrario. Lo necesitas. Te ayuda a vivir porque cuando redactas el monólogo y baja de tu mente al papel, ya  deja de ser un monólogo y el que escribe ya no eres tú: cada vez es otro distinto que vive, no obstante, en tu interior. En tu interior viven y conviven muchos escritores.

 

Tu escritura es una escritura interior. Lo interior se vuelve íntimo. Llegas, como quien dice, al sótano. Pasa como con la ropa.  La ropa interior, no se ve desde el exterior. Tal vez se adivina. La ropa íntima, todavía se ve menos. Es casi  transparente. Roza la desnudez. El yo desnudo.

 

Y esto es justamente lo que algunos te reprochan: la impudicia de tus diarios. O el estilo subversivo que desde siempre los caracteriza. Puedes decir que Zapatero es un leño chamuscado en la chimenea, y puedes añadir  que Rajoy es una cerilla sin fósforo. Esto, escrito un determinado día a una hora determinada, cuando ambos políticos te asquean, lo entiende al menos quien siente el mismo asco que tú.

 

La impudicia puede ser la descripción de una escena en la cama de un hotel con una ex amante vengativa. Pero el Diario no sería tu diario si escamoteas esto. La vagina de esa ex amante en esa noche es, para ti, la representación de la muerte del sexo. Si temes que escribirlo –no digamos publicarlo- puede arruinar tu matrimonio, aparta la escritura del Diario. Dimite. Renuncia a él.

 

Y aquí debo decir que el diarista se debate no sólo al escribir aquello que no se atreve en principio a escribir, pero al fin lo escribe, sino también cuando sabe que su obra va a publicarse. Y lo que le importa no es tanto lo que se publique como lo que va a escribir en lo sucesivo, y cómo lo va a escribir, sabiendo que ya existen los lectores, que estos lectores asoman sus cabezas por encima de tu cuaderno y tienes que ignorarlos o clavarles la pluma en un ojo. De lo contrario, tu Diario ya no te pertenece: será de los demás porque habrás traicionado el mandato que te impusiste hace muchos años: escribe aquello que más te resistes a escribir.Y hazlo ahora mismo.

 

Algunos dirán que escribes con resentimiento, para ajustar cuentas, por venganza, odio, para llamar la atención, para escandalizar, para ser alguien cuando no eres nada. Claro que no eres nada.

 

No eres nada. Pero el otro tampoco. Nadie es lo que cree ser. Y es mejor creer que no eres nada. Y que la escritura, reconocida, aplaudida o no, es poca cosa, y que la gran obra siempre es pequeña. Siempre puede aparecer otra que sea superior. Otra más grande. Un Quijote que supere el que conocemos. Un Ulises que arrase el de Joyce. Un Kafka que haga temblar a Kafka con  pesadillas insoportables contadas aún mejor que las cuenta Kafka, capaz de simbolizar y de sublimar sus escritos haciendo de ellos literatura.  

 

Y yo me pregunto: ¿Qué clase de engaño colectivo nos fascina? ¿Busca alguien la verdad? ¿Qué clase de verdad nos seduce en la desequilibrada España en la que nos ha tocado vivir?

 

 

Harold Pinter dijo en la entrega del Nobel, a la que no pudo asistir,  que el deseo de conocer la verdad es lo que impulsa a escribir. Pero añadió que no hay grandes diferencias entre realidad y ficción; entre lo verdadero y lo falso.

 

Estoy de acuerdo: al escribir persigo conocer la verdad que las palabras, y no otra cosa, esclarecen. Desnudas la realidad  aunque te disguste, te avergüence o te repugne.

 

De ahí que las palabras que utilizas sean directas, punzantes, duras y sin adherencias que solo pretenden su embellecimiento, el engalanamiento fatuo de una escritura transparente. Detesto a quien permite que lo califiquen de buen prosista. ¿Qué quiere decir eso?

 

Las frases, breves. Las ideas expresadas con claridad. El párrafo no es un artefacto al estilo Calatrava, por poner un  triste ejemplo, que pierde sus ornamentos para desvelar  la artificiosidad chapucera de un arquitecto volandero y efectista.

 

Victor Klemperer empieza su Diario en momentos muy difíciles, bajo la persecución nazi. Arriesga su vida. Incluso la de otros para poner a salvo sus papeles. Pero sobrevive gracias a esas minuciosas anotaciones. Vive para anotar. Anota para dejar testimonio de lo que vive.  

Fijémonos en Amiel. Sylvia Plath. Julien Green. Seferis. Kafka. Pavese. Anais Nin. Paul Léautaud. Tolstoi. Sthendal. Gambrovicz. Gide. Musil. Kafka. Renard. Con Jules Renard  estamos viendo el hilo de orina que se le escapa en el lecho de muerte… Pero no se rinde. Sigue escribiendo de su decrepitud. Si ha escrito su vida ahora esperamos que describa su propia muerte.

 

El final del diario es la muerte. No hay otro. Cuando llevas casi 60 años escribiendo a ciegas de todo y de todos, te aferras a esa escritura. Renuncias a cualquier otra, pero no a esta que fue la que te mantuvo alerta y te ayudó a ser libre.

 

Ignoro el valor que pueden tener mis cuadernos para los demás. Puedo asegurar que para mí han sido y siguen siendo un ejercicio de independencia y una afirmación de mi libertad que, por escasa que sea,  considero irrenunciable.




La Nau. Valencia 25 de noviembre 2014

 

 

 

  20/11/2014  Del Café de Co. a la Capella de la Sapiència
 

Voy descubriendo poco a poco la oferta cultural que existe en esta ciudad. Me refiero a Valencia, que es donde ahora vivo.
En la calle de Gobernador Viejo hay un café y un pequeño restaurante abierto a un patio donde, si quiero, puedo entrar con mi perro labrador. Se llama Café de Co. Lo regentan dos o tres cubanas que preparan un menú al mediodía a muy buen precio. Solo observar a estas mujeres atendiendo a los clientes, en su mayoría jóvenes, ya es un espectáculo. Parece que no van a llegar y llegan con los platos a cada mesa, y no olvidan lo que se les ha pedido y saben hacer agradable la comida. Te sientes como en casa.
En el patio hay una bicicleta, o dos, apoyadas en un muro. Hay traviesas de tren en el suelo. Hay plantas. Hay una sombrilla.  Hay luz. Hay muy buen rollo, como se dice ahora. A mí estas cosas me importan. Las valoro. Me importan las sonrisas.
Ayer he vuelto a este lugar donde hay espacios a compartir, ordenadores, salas para reuniones y exposiciones, y he tomado café con un amigo que es, o era,  galerista y con el que siempre aprendo algo. Se llama Tomás March. Vive cerca y viene a menudo. Pero me prometió llevarme un día a comer a un sitio japonés, muy pequeño y auténtico, donde el cocinero, al parecer un gran cocinero naturalmente nipón, toca el violín.  Es hijo de pescadores. Vino a Valencia, le gustó la ciudad y se quedó aquí. Además del violín toca la dolçaina, o como se llame esa flauta valenciana que de pronto la oyes en las calles durante las fiestas acompañada por un tamborcillo  que saca sonidos agudos y alegres, como para marcar el paso un tanto perezoso de las falleras, sea cual sea su edad.
De manera que este japonés le pega a todo, y nadie le pega a él ni por ser mal cocinero ni por tocar mal estos instrumentos que los toca asomado a la ventana de su casa, en el barrio antiguo de la ciudad. No quiero perderme este espectáculo.
Luego de tomar café estuve tentado de quedarme en el Café de Co. porque había una presentación de un libro sobre Kafka. Pero yo había ya consumido mi dosis kafkiana diaria imaginando al cocinero japonés que toca lo que le pongan en las manos o en la boca y opté por ir a la Capella de la Sapiència, en la Nau, donde tocaba el  Liebe Quintet. A pesar de llamarse así, el quinteto está integrado  por jóvenes músicos valencianos que estudiaron, sin duda con muy buenos maestros, en esta ciudad. Se formó el año pasado y desde entonces lleva ganados bastantes premios.
En cuanto empezaron a sonar los instrumentos me dije que no pienso perderme ni un solo concierto de los muchos que se anuncian en el Aula de Música de la Nau, donde además la asistencia es gratuita.
De nuevo, el lugar –esta capilla restaurada en los años 90- me asombró. La acústica es inmejorable. El tamaño (capaz para algo más de un centenar de personas, sentadas en bancos de iglesia) es perfecto. Todo es proporcionado. Y el público (aquí había de todas las edades) era silencioso pero entusiasta a la hora de aplaudir a estos músicos que interpretaron con fuerza y talento obras de Antonin Reicha (1770-1836),  György Ligeti (1923-2006) y del compositor ruso Andrey Rubtsov (1982) a quien hay que desearle larga vida para que siga escribiendo música como las que pudimos disfrutar ayer.
Estaba claro que los componentes del quinteto disfrutaron soplando sus instrumentos: flauta, oboe, clarinete, fagot y trompa. En ningún momento percibí el más mínimo gesto que denotara inseguridad o temor. Todo lo contrario. Sabían perfectamente lo que hacían. Y las notas estallaron fielmente con la potencia o la suavidad ideada por sus creadores.

(En la foto: Györy Ligeti)

  18/11/2014  Puentes imaginarios
 

Ahora no miran a nadie cuando cruzan el Puente del Mar. Miran y teclean en sus móviles. Sobre todo las chicas. Unas hablan sin parar.Temen que se les haga tarde y consultan la hora del reloj. Van al trabajo. O van a clase en los colegios. O van a la Universidad. Cuando miran el reloj ponen cara de preocupación. Aprietan el paso. Pero no guardan el móvil.
Las que van en bici, aunque por este puente con 20 peldaños sean muy pocas, pedalean más deprisa.
Desde el puente veo a los corredores  por el cauce del río que, a esta altura, parecen ser siempre los mismos. Con los ciclistas ocurre exactamente igual. Y los perros atados a sus amos, también son los mismos todos los días. Y cuando no son los mismos perros,  sus amos sí lo son aunque con distintos collares. Ellos no ven el collar pero siento decirles que yo los veo. Veo que todo se repite un día tras otro. ¿Será siempre así?, me pregunto. Pero siempre, a mis años, es poco tiempo.
Entonces  recuerdo mi infancia cuando este puente era el que más pereza nos daba a los niños cruzarlo. ¿Por qué tenía tantos escalones? Hoy los he contado: veinte del lado de la Alameda y 18 del lado de la plaza. Tal vez me he descontado y por ambos accesos el Puente del Mar  tiene el mismo número de escalones, todos de piedra, como es todo el puente.
Cuando a finales de los años cuarenta cruzábamos este puente yo miraba por los agujeros que hay junto al pretil si pasaba agua del río, o si no había agua sino solamente tierra. Si veía agua, gritaba a mi hermano: ¡agua! Del mismo modo, cuando miraba él por sus agujeros del pretil opuesto, era él quien  gritaba: ¡tierra! O ¡agua!  Y en esto consistía la diversión de cruzar el puente y de subir  los escalones que se hacían interminables para cualquier niño de la posguerra, flojos por falta de vitaminas.
Luego,  llegó un mal día la riada del 57, creo que fue ese año. El agua y el barro inundaron la ciudad. La ciudad parecía muerta. Sus puentes ya no parecían ser o haber sido puentes.
Pero este Puente del Mar conserva dos estatuas que están bajo cubierto.  La de la patrona de Valencia y, frente a ella, la de un santo llamado  San Pascual Bailón. El nombre, entonces, nos hacía gracia.  ¿Bailón porque bailaba?, preguntábamos a los mayores. A los mayores no les gustaba que se les preguntara algo que no podían contestar, máxime si sonaba irreverente. Niño, decían, preguntas demasiado. Ahora buscarían en Internet al santo y como allí aparece todo, lo divvino y lo humano,  enseguida sabrían si el santo Bailón bailaba el baile de San Vito o estaba, como está ahora, totalmente petrificado .
Hay una inscripción en latín que da cuenta de que el puente fue construido bajo el reinado de Carlos III. Me parece que era en mil quinientos sesenta más  o menos.
Al volver a casa he visto en Internet fotos del puente. He arrastrado una como si fuera un juguete de latón,  para ponerla en mi página. He pensado qué locura habría sido imaginar en mnuestra infancia que el puente estaría hoy en la nube, y no al revés.
La ciudad de Valencia tenía, y tiene, bastantes puentes. Tal vez demasiados para tan poco río como es el Turia.
El primer puente en este mismo lugar fue construido con madera y destruido en 1487 por una riada. El siguiente  fue constrido con piedra y se lo llevó otra riada en 1589. Pero sería reconstruido con 10 arcos ojivales que “se rebajaron  sobre grandes vierteaguas”, según dice la explicación que acompaña la foto.
De manera que aquelos agujeros por los que mi hermano y yo mirábamos, casi arrodillados, si se veía agua o solo tierra bajo nuestros pies, se remontaban al siglo XVI. Pensar esto ahora me produce cierto vértigo.
Un vértigo quiza parecido al que le producirá a la santa Patrona de los Desamparados tener a tantos desamparados a su alrededor. Más desamparados que nunca. Todos ellos en paro.
Cuando salgo cada  día a primera hora de la mañana  con mi perro a dar una vuelta para que él haga sus necedades (necedades muy necesarias), procuro fijarme en las cosas en las que antes nunca  me había fijado. Y así, con los ojos bien abiertos, cruzaré todos los puentes, y cuando estos se agoten, cruzaré otros puentes aunque sean -y lo serán- puentes imaginarios.
 
 
 

  16/11/2014  Crímenes de guerra (2003)
 

Santiago Alba Rico escribió estos párrafos  en un libro titulado Crímenes de Guerra (2003) que, al cabo de una década, conservan intacta su fuerza y actualidad:

(...) Vargas Llosa quiere que admiremos la proeza de su hija y nos indignemos ante la intolerancia de su “agresor”. Hay algo enternecedor en este orgullo paterno ante el carácter díscolo de una hija a la que no importa poner en peligro su vida con tal de poder despreciar la de los otros. La traviesilla, en compañía de su amiga Marta y de un matón, en alas de la aventura, “se mete a la mezquita ¡haciéndose pasar por una musulmana afgana!”. Todo el que haya visitado Iraq (o cualquier otro país árabe) sabe de la ridícula consistencia de esta escena, orientada al mismo tiempo a alimentar los prejuicios de los ignaros, con esta visión exótica y “medieval” del país, y a excitar literariamente su paternidad engallada. Pero hay algo también enternecedor en la ingenuidad letrada con la que Vargas Llosa –al que hay que reconocer al menos sus lecturas– evoca sin citarla, en la hazaña de la hija bravía, la aventura de Robert Burton, el genial espía del imperio británico, excelente escritor y notable antropólogo, que a mediados del siglo XIX logró peregrinar hasta la Meca disfrazado de hakim afgano. Conmueve, sí, esta asimilación abusiva, fuera de toda proporción, entre una niña ignorante a la que habría que dar una buena azotaina (no por su temeridad, no, sino por su descortesía de niña mimada) y un extraordinario y versátil aventurero con el que sólo comparte la misma visión imperialista, un hombre que dominaba la lengua árabe y conocía las costumbres musulmanas hasta el punto de hacerse pasar sin sospechas durante meses por un médico pashtun. A un padre enamorado se le perdona todo. ¿No nos gusta ver a nuestros niños reír, aunque para ello tengan que destripar alguna que otra rana? ¿Y no nos indignaría que el jardinero les regañara? Pero este “enternecimiento”, como la propia inspiración literaria de Vargas Llosa (que recupera así la más rancia tradición del orientalismo de los imperios coloniales decimonónicos), implica el desprecio espontáneo del otro, al que sólo se ve como ocasión o pretexto para subrayar las propias virtudes, militares o literarias. Es la moral universal de nuestra tribu: nuestra virtud, nuestro talento, nuestra reputación se forjan contra la salud, el bienestar y la vida de los forasteros. Es básicamente un problema de educación, de ese mínimo de reconocimiento de la existencia ajena cuyo último refugio es la cortesía. Yo no lo habría hecho así. Si sorprendiese a mi hija fotografiando cuerpos desnudos en una playa, le diría algunas palabras muy duras y le confiscaría la cámara durante unas horas; si sorprendiese a mi hija –yo, que soy también ateo, como Vargas Llosa– fotografiando a hombres que rezan en una iglesia donde está expresamente prohibida la presencia de cámaras, durante una misa o un funeral y en otro país, y eso después de una sangrienta invasión extranjera, le daría unos buenos azotes, le obligaría a pedir disculpas, uno por uno, a todos los presentes y luego la mandaría de nuevo a la Universidad a estudiar algo en serio. Y si uno de los orantes diese un manotazo a su cámara y varios acudiesen a defendernos, yo comprendería la reacción del primero y mostraría mi agradecimiento a los segundos y no tendría más remedio que reconocer, muy a mi pesar, que la mayoría de los cristianos de ese país pertenecen a la clase de gente más tolerante, generosa y civilizada del planeta.
 
Vargas Llosa, que no viajó al Iraq supliciado por el embargo, viaja en este verano de 2003 al amparo de los tanques estadounidenses. Su pluma no es más que un instrumento ancilar de la invasión y la cámara de Morgana sólo la extensión natural de los misiles y los cañones. El derecho a entrar en la mezquita de Ali, a pasearse desenvueltamente por los lugares santos del chiismo y fotografiar a sus fieles no es el derecho de la civilización, la razón y la tolerancia; ni siquiera el derecho de la hospitalidad otorgado por un anfitrión reconocido; es el derecho del ocupante. Vargas Llosa está ocupando Iraq con el ejército estadounidense, y su derecho es el derecho de conquista. Está tratando a los iraquíes como vencidos, con la simple y tranquila naturalidad de un cónsul romano que no distingue, entre las riquezas de su botín, hombres, jarrones y sextercios de oro. Lo entiende todo, con su refinada inteligencia, salvo que no guste su presencia allí. Para entender eso tendría que ser capaz de retroceder más acá de sus planas evidencias tribales y reconocer la existencia de los iraquíes, concederles una normal y universal humanidad, representarse sus sufrimientos y pedirles perdón por haber llegado demasiado tarde. Él prefiere pensar que el “botín” merece lo que le pasa y que hay algo en esas criaturas intrínsecamente incompatible con el cartesianismo, la tolerancia y la democracia.
 
Las crónicas de Vargas Llosa merecerían un detallado examen, como expresión culta, exhaustiva y depurada del tranquilo y virtuoso desprecio por el otro, propio de nuestra cultura; inconscientes o premeditados, se traman ahí todos los prejuicios, los tópicos, las medias verdades, las generalizaciones, las leyendas, los datos de oídas, los pintoresquismos, el repertorio completo de la literatura colonial que vuelve, al parecer, con el propio colonialismo. Pero Vargas Llosa sólo me interesa como ejemplo privilegiado y para ilustrar con este pasaje la cuestión crucial de las “imágenes”, que es la cuestión misma del dominio en una época marcada más que ninguna otra –con su refrendo tecnológico– por la desigualdad de la mirada.
 
La inquietante posibilidad técnica de liberar la imagen de un cuerpo y reproducirla ilimitadamente hace que por primera vez la explotación capitalista no se centre sólo en el eje físico del cuerpo. La fotografía ha exteriorizado el “alma”, que a partir de ese momento se convierte, al alcance de la mano, en una mercancía, un objeto de disputa y una fuente de riqueza inagotable. También, claro, en un instrumento de dominio. El mercado medieval de las reliquias religiosas y el espectáculo de los triunfos romanos anticiparon de algún modo, limitados por su carácter metonímico, esta batalla por las “imágenes” que la técnica ha liberado definitivamente en los vastos espacios del comercio y la jerarquía. La iglesia o el príncipe medievales se tenían que conformar con comprar y vender una parte del cuerpo de un santo; los clubs de fútbol y las grandes multinacionales pueden hoy comprar y vender millones de veces el cuerpo entero –y todas sus gestos y posturas– de una estrella del balón. El cónsul romano tenía que conformarse con exhibir algunos signos de su victoria –los tesoros o los ropajes del rey derrotado–; hoy los gobiernos y los periódicos pueden exhibir ininterrumpidamente la genuflexión de los vencidos.
 
En nuestros días un hombre tiene que cuidar de su cuerpo y de su doble. Hay dos clases de personas: aquellas que pueden vender su imagen, como el esclavo Beckham, que es menos dueño de sí mismo que un negro en una plantación, porque ha renunciado también a los derechos sobre su alma; y aquellos a los que roban su imagen después de robarles todo lo demás. Aquellos que venden su imagen se convierten en “marcas” (humanos marcados, como las reses, con el fuego de un logotipo). Aquellos a los que roban su imagen se convierten en “trofeos”. Es verdad que sigue existiendo el concepto clásico, romano, del trofeo: los soldados estadounidenses, por ejemplo, subastan en internet (cruce elocuente de barbarie antigua y tecnología moderna) banderas, uniformes y cuchillos que arrebataron a los iraquíes inclinándose cuidadosamente sobre sus cadáveres. Pero el trofeo ahora es una ley, un modelo, una costumbre del ojo. Alain Gresh reproduce las declaraciones de un argelino tras el 11-S: “Es extraordinario, por primera vez somos nosotros los que estamos a este lado de la pantalla y ellos al otro. Habitualmente, son ellos los que nos ven morir en la televisión”. Sería un magro y cruel consuelo, pero no es cierto. Porque desgraciadamente nunca hay equilibrio. Nuestra tribu protege tan bien a sus muertos como desprecia los de los demás. Nunca vimos las víctimas calcinadas, derretidas, descompuestas de las Torres Gemelas; nunca fueron trofeos. En un doble movimiento indisociable, nos ocultaron sus imágenes y nos dieron sus nombres para que conservaran su identidad humana y no pudieran ser tratados como objetos. Las de los iraquíes, en cambio, se exhiben porque son, han sido siempre trofeos, imágenes desprovistas de nombre o dotadas a lo sumo de uno arquetípico, como en el reportaje de Morgana y Mario Vargas Llosa. Trofeos militares, sí, pero sobre todo trofeos culturales, trofeos literarios, trofeos estéticos, trofeos –en suma– de nuestra superioridad natural. El triunfo a la romana, limitado en el tiempo y en el espacio, ha sido sustituido por este triunfo a la moderna en el que la tecnología, al servicio de los vencedores, permite poner ante nuestra vista permanentemente –y que aceptemos como un hecho natural– nuestra permanente victoria y la permanente derrota de los demás. Las crónicas de Vargas LLosa son sólo una muestra señera de una industria de la percepción que reduce a los iraquíes –a los pobres, a los sometidos, a los vencidos de todo el mundo– a la condición de trofeos eternos de nuestro majestuoso desprecio de los otros. Los fotografíados, los despojados de su imagen, los que no pueden proteger su cara –wuiyh en árabe, sinónimo de “dignidad”– son siempre los mismos: aquellos que están tan completamente a nuestra merced que lo mismo podemos descerrajarles un tiro que concederles una limosna. En nuestra tribu lo primero no es pecado y lo segundo es, por supuesto, admirado y elogiado; lo primero no nos hace sentir mal y lo segundo nos hace sentir muy buenos.
 
Soy un iconoclasta. Los iconoclastas creían que el poder de Dios no podía quedar contenido y limitado en ninguna imagen material. Yo creo que la imagen del hombre no puede ser reproducida y explotada sin limitar su libertad. El primer día de bombardeos sobre Bagdad, el 19 de marzo de 2003, hice voto de pobreza visual y decidí –hasta el momento de la victoria sobre el capitalismo– renunciar a todas las imágenes en una sociedad que, como escribía Walter Benjamin hace ya sesenta años, “ha convertido no sólo la miseria, sino incluso la lucha contra la miseria, en un objeto de consumo”. Los efectos colaterales de la satisfacción estética son desgraciadamente los mismos que los de la ambición económica y territorial, el beneficio empresarial y el expansionismo colonial: miles de niños muertos, mutilados, abandonados, despreciados.
 
Pero –lo confieso– he visto una fotografía, una sola, porque a veces una imagen robada proporciona sobre todo la imagen del robo mismo. Es la foto de un padre y una hija (como lo son Mario Vargas Llosa y Morgana) heridos en una misma camilla. Como trofeos que son, no sabemos sus nombres y por eso casi ni podemos imaginar que tengan amigos o parientes que, al ver esa imagen, los reconozcan; se tiene la sensación de que han sido creados por la misma bomba que los ha hecho saltar por los aires y los ha puesto delante del objetivo. Y aún así impresionan, hieren, sacuden la conciencia. Él es un hombre enjuto, menudo, de mediana edad, mal afeitado; abraza a su hija ensangrentada por detrás de la cabeza, como en un instintivo e inútil gesto de protección que hubiese sobrevivido –quizás la única cosa– al bombardeo. Lo terrible, lo monstruoso, lo que no podemos soportar es que él está llorando; está llorando como sólo los hombres lo hacen, aparatosamente, como una criatura, desarmado, desamparado, sin nada ya en qué apoyarse para sentir vergüenza. Y lo terrible es que inmediatamente comprendemos por qué. No llora por el dolor de sus heridas, ni siquiera por el dolor mucho más importante del de su niña tronchada junto a su costado. Llora porque ha decepcionado la confianza de su hija, que lo creía fuerte y poderoso y que a su lado se sentía a cubierto de todo mal. Llora porque ese rayo del cielo ha revelado su secreto y expuesto a la luz del día su fracaso: ahora su hija sabe que es un hombre pequeño, vulnerable, insuficiente; que su amor es más débil que las esquirlas de un misil; que su brazo y su palabra no pueden salvarla de todos los peligros de este mundo. Llora y llora sin consuelo porque él es diminuto y su niña, de pronto, se ha hecho mayor. El máximo poder, la máxima seguridad de este mundo, la paternidad, ha sido derribada como un palillo por una bola de fuego –y una voluntad de juego. Una fuerza capaz de destruir esto tiene que ser necesariamente muy grande; pero una fuerza más grande que el amor y la confianza –en nuestra tribu y por todas partes– sólo puede ser un pecado.
 
De este lado del mundo, hace ya mucho tiempo que no confiamos en la paternidad y por eso nos creemos –y creemos a nuestros hijos– completamente invulnerables. Creemos, más bien, en esa fuerza de destrucción (bolas de fuego y voluntad de juego) y en nuestro simple y tranquilo desprecio del otro. Al fin y al cabo, nosotros seguimos a este lado de la pantalla de televisión. ¿Es esto realismo?
 
A un hombre se le roba su tierra, su casa, su familia, su fuerza, su salud y luego se le roba también su imagen. Se convierte así en un trofeo. Y cuando se lo ha convertido en un trofeo mediante esta sustracción de cualidades; cuando ha sido limado, serrado, aislado y reducido a un despojo; cuando ya no tiene nada con qué defenderse, ni siquiera un lenguaje, entonces podemos quizás apiadarnos de él y hasta proporcionarle algunos cuidados. En nuestra tribu a esto le llamamos humanitarismo. Iraq ha sido devastado por los estadounidenses, sus niños bombardeados desde el aire por los estadounidenses, sus centrales eléctricas y potabilizadoras destruidas por los estadounidenses, su patrimonio artístico saqueado por los estadounidenses, muchos de sus hombres encerrados y torturados por los estadounidenses y su petróleo les ha sido arrebatado por los estadounidenses, pero afortunadamente a continuación llegaron los estadounidenses y empezaron a repartirles botellas de agua mineral. ¿Deberían sentirse orgullosos? El capitán Kevin Brown dirige la operación de distribución de salarios a ex militares iraquíes en la calle A-Zaura de Bagdad y lo hace sin dejarse llevar por el rencor y refrenando al mismo tiempo la tentación de sentirse bueno: “No siento nada por ayudar a los que nos disparaban hace unos meses”. Es la frase muy coherente de un invasor. Él se limita a cumplir con sus deberes de criminal, con arreglo al nuevo código moral de nuestra tribu: matad, robad, humillad, pero acordaos siempre de dejar una muleta y un dólar, aunque vuestros beneficiarios no os lo agradezcan. “Haz el bien y no mires a quién”; es decir, haz el bien incluso –incluso– a los que has matado de sed, de hambre, por enfermedad o por arma de fuego. Haz el bien incluso a tus víctimas. Éste es el gran abismo moral que media entre el capitán Kevin Brown y esos a los que llamamos “terroristas” con un criterio más bien borroso para designar, sobre todo, su común falta de humanitarismo. Porque si, después de un atentado, los “terroristas” dejasen como regalo en el cuerpo de sus víctimas un billete de lotería para la familia o un vale para un gabinete psicológico, entonces Aznar y Bush los apreciarían tanto como a los marines, aunque siguiesen operando a mucha más pequeña escala y produciendo muchos menos muertos. ¿O no?
 
Lo cierto es que la desaparición definitiva del espacio político tras el 11-S –con esa proliferación de leyes liberticidas en todo el planeta– ha simplificado enormemente el universo mental de nuestra tribu y la práctica de nuestros gobernantes. Todo es ya sólo cuestión de “terrorismo” o de “humanitarismo”, dos conceptos gemelos, nacidos de una misma raíz y que comparten el mismo suelo ontológico: sólo se puede tratar de dos maneras a aquellos a los que se ha negado incluso la voz y que apenas si pueden defenderse: o el exterminio o la limosna, al arbitrio de las estrategias puntuales de los partidos y los ejércitos. La gran operación “antiterrorista” y la gran operación “humanitarista”, gestionadas por las mismas fuerzas militares, presuponen la misma consideración acerca de sus víctimas-beneficiarios. Un hombre es un “terrorista” –y es ese vacío lo que nombra la palabra– en la medida en que se le priva de su condición política, en que se le despoja de toda capacidad para negociar, en que no se le reconoce ni siquiera el estatuto de “enemigo”; en la medida, pues, en que se le trata como a un inasimilable universal, fuera de los límites de la humanidad, un otro absoluto con el que no puede haber ninguna clase de diálogo y contra el que todo está permitido (incluso al margen del derecho, como en el caso de los así llamados “asesinatos selectivos” practicados por Israel y EEUU). Pero lo mismo ocurre con el “humanitarismo”: sólo cuando a un hombre se le ha despojado de su casa, de su familia, de su tierra, incluso de su pasaporte, sólo cuando se lo ha privado de todo aquello que lo identifica como “humano” –según esa paradoja que ya señaló Hannah Arendt–, se invocan para él los derechos humanos. Es necesario haber deshumanizado radicalmente a un hombre, haberlo expulsado a golpes de la humanidad, para que sea tratado de un modo humanitario. “Terrorismo” designa la “inhumanidad” del que combate; “humanitarismo” designa la “humanidad” del que lo practica, y la idea misma del “humanitarismo” exige de algún modo la discontinuidad ontológica del beneficiario: se es humano con los humanos, pero humanitario con los perros abandonados. Es difícil imaginar mayor cinismo, mayor crueldad que la que entraña esta magnífica paradoja de la moral de nuestra tribu: los mismos que privan a un hombre de su humanidad, luego le dispensan cuidados humanitarios. Pienso en el caso terrible de Ali Ismain, el niño iraquí al que los compañeros brigadistas visitaron en el hospital a los pocos días de comenzar los bombardeos sobre Bagdad. Un misil estadounidense destruyó su casa, mató a sus padres, a sus hermanos y a toda su familia y le arrancó los dos brazos. Luego, en medio de una gran pompa mediática, los mismos que habían arruinado para siempre su vida lo sacaron del país y lo llevaron al mejor hospital de Kuwait. Cuando los estadounidenses se marchen, Ali Ismain dormirá en algún basurero de Bagdad y se apostará de día a la puerta del MacDonald’s para recoger con la boca la limosna displicente de un nuevo rico. Sería ingratitud, y de las más negras, que se pusiera a pensar más bien en alguna forma para poder luchar sin manos.
 
En este verano de 2003 en el que redacto estas líneas, nuestros bravos legionarios humanitarios han partido para Iraq como fuerzas de ocupación y bajo la égida de Santiago Apostol, y los mismos que salieron a la calle hace seis meses para tratar de impedir la invasión hoy les desean suerte en su misión. Pero es que la invasión estaba mal y esto es sólo peor. Aquello era un crimen y esto, en cambio, es un crimen mayor. A veces las cosas son tan simples –decía al comienzo de estas páginas– que uno se deja llevar por el desánimo. No nos desanimemos. Iraq existe. Iraq resiste. Y ni todo el humanitarismo del mundo, con su simple y tranquilo desprecio del otro, podrá acallar la trágica complejidad –irreductible a las evidencias de los poderosos– de lo que está aún por venir. Estoy seguro de que nuestros filántropos armados volverán pronto a casa. Y que Ali Ismain aplaudirá con las dos alas que no pudieron arrancarle y hará el signo de la victoria –no sé– con dos risas, dos rabias o dos chorros de voz.

(Del libro “Crímenes de guerra” publicado por el Comité de Solidaridad con la Causa Árabe y que incluye el informe de los brigadistas sobre víctimas civiles, Madrid 2003).





  15/11/2014  Guardar distancias
 

Algunos ejemplares de Molestia aparte II que el editor envió a mis amigos en el extranjero van llegando a su destino. Cristian Fierro me manda un email desde Michigan:  
“Estoy disfrutando el libro. Lo abro por cualquier parte para leer un rato. Me di cuenta que a lo mejor lo estaba leyendo como si ya hubiese muerto  -un lector muerto y leyendo- porque de una manera extraña tomé distancia de lo que se contaba en el párrafo y empecé a reírme pese a que la trama estaba entre lo trágico y lo cómico. Y otra cosa que me entusiasma del texto es que, cada vez que lo dejo, siento fuertes deseos  de escribir algo, una nota, cualquier cosa…”

Me alegra (y tranquiliza) saber que no solo le interesa Molestia II sino que también le estimula: "Un lector muerto y leyendo, como te declaras ser, es el lector ideal. ¿Acaso no hay que distanciarse  -incluso ausentarse- de un texto para que este hable por sí mismo?"

  ver más escritura interior
 
nota legal
Code Psn Gratuit Pirater un compte facebook gratuit Xbox Live Gratuit Clash Of Clans Astuce