escritura interior
  
 
  17/12/2014  El cura y los mandarines
 

Una de las peores figuras retratadas por Gregorio Morán en su libro El cura y los Mandarines es Pedro Laín Entralgo. Otra, que no se queda a la zaga, es Julián Marías. Ambos destacan por su cobardía. Ambos escurren el bulto cuando hay que dar la cara. Pero entendemos por qué:  ¿cómo van a dar la cara cuando no se tiene una sino múltiples y  grotescas  caras que más bien parecen caretas? Todo lo que relata Gregorio Morán en su documentado estudio (patético, abrumador y divertido) sobre los intelectuales españoles (1962-1996) y  los acomodaticios usos y abusos que hicieron de la política y de la cultura, no podemos ignorarlos a partir de ahora.
Hacía falta este  desenmascaramiento.  Tanto Laín como el filósofo a quien su maestro, Ortega y Gasset llamaba “Julianico”, salen muy mal parados en todas y cada una de las situaciones en las que son puestos a prueba.
Las autobiografías hacen trampas. Las memorias redactadas por ellos mismos, sus amigos, discípulos  o familiares, son incompletas y están amañadas. Por eso, y otras muchas razones, este libro ha sido ignorado  por el mandarinato político-cultural-empresarial que se ha perpetuado desde los años 30 del pasado siglo,  casta en el peor sentido de la palabra,  con un cinismo y una arrogancia a partes iguales.  
Falangistas o comunistas antes; franquistas luego y monárquicos de la dinastía Borbón –aunque algunos presumieran de haber sido “oposición silenciosa”– los mandarines y sus descendientes  profesan una fe ciega  en la mentira. Se salvaron gracias a la mentira, treparon por las escaleras de la mentira y serán olvidados por todo menos por sus propios embustes, su hipocresía  y su ambición desmedida, cuando lluguen a la pendiente del crematorio.
El libro de Morán reparte a diestra y snniestra las bofetadas a quienes no tienen ni capacidad ni argumentos para esquivarlas. Menos, todavía, para devolverlas. Saben que las merecen y que aún pueden recibir algunas más
Nosotros, los lectores, aplaudimos a Morán porque sabe cómo y dónde golpear. Y aunque le hayan puesto  toda clase de obstáculos, el libro llega al público muy a pesar de la mezquindad y de la torpeza de los medios (prensa, radio, televisiones) que controlan los mandarines que  silencian e ignoran lo que puede perjudicarles.   ¿Reseñará, por ejemplo, algún sesudo  crítico de El País estas 800 páginas? No lo creo. Miran hacia otro lado. Piensan:  que la gente se olvide.
Es lógico que Gregorio Morán  haya tenido dificultades para publicar la obra. El poderoso Lara (Grupo Planeta) le exigió  que eliminara determinadas páginas. No eran muchas. Pero eso es lo de menos. Para el autor son importantes. El  mandarinato, como relata en el prólogo Morán, presionó al editor. O aceptas o el libro no sale. Entre los beneficios de editar el diccionario de la RAE y de venderlo a 100 euros, y venderte a tí, admirado Morán, me quedo con la RAE. Te  metes demasiado con su director, buen amigo de la casa.
El libro ha visto  la luz gracias  a la independencia de un editor (Akal) y a la negativa del mismo autor a ser censurado. Hasta ahí podíamos llegar.
El cura, como pueden imaginar, es el ya fallecido duque consorte de Alba, el ex capellán Jesús Aguirre. Los mandarines son ese nutrido pelotón de intocables, incluso despué de muertos, muchos de los cuales  figuran en el indispensable  índice onomástico, que actúa como un inmisericorde detector de explosivos.

  09/12/2014  La desaparición de mi primo
 

Los personajes que aparecen en Molestia Aparte  II van desapareciendo. Murió El Persa. Murió  Robyn. Murió Reyn . Pero el último  ha sido mi primo Juan Carlos,  apodado unas veces Ojosbel y otras  Mataputas. Lo primero porque sus ojos eran preciosos y sus pestañas  rizadas, muy femeninas.  Lo segundo porque en su juventud se pegó un leñazo al volante de un  coche descapotable acompañado por una prostituta y esta saltó por los aires y  perdió la vida en el aterrizaje. La sociedad sabe cómo colgarle a uno el más cruel sambenito.
Mi primo murió la pasada noche. Anoté algunas cosas en mi Diario porque de los muertos conviene ocuparse cuando aún están calientes. De lo contrario también las palabras se agarrotan a la vez que el cadáver.
Cuando mi padre murió al cambiar el siglo, mi hermano lo retrató  todavía con el pañuelo anudado bajo el mentón. No sé por qué lo hizo. Pero lo hizo. Luego me envió esa macabra foto por correo.
Ahora, en cambio, tengo a mi lado una foto agradable en la que estamos  los primos alineados de mayor a menor, todos con gorros blancos de marinero yanqui en la cabeza. El mayor es precisamente el que ha muerto. Tiempo atrás me confesó, y así lo relaté en Molestia aparte II, que había sido muy afortunado porque  se había follado a un montón de tías  buenas a lo largo de toda su vida. Auténticas bellezas, insistió nostálgico.
Este primo mío creía en Dios y en las Mujeres, una combinación teológicamente equilibrada. A  diferencia de su hermano Tonino, no  adoraba el dinero.  Al morir pesaba 54 kilos. Estaba consumido. Sin ganas de continuar viviendo. Aunque tampoco lo imagino impaciente por morir.
Me pregunto qué sentiría, a sus casi 80 años, cuando oyó los pasos de la muerte  avanzando por  el pasillo de la residencia de ancianos. ¿Sentiría pánico?
No puedo imaginarlo temblando de miedo  porque no era un hombre miedoso. Al contrario. Era peleón. Incluso pendenciero. Era insensato. Recibió más de un navajazo en la garganta. No escondía las cicatrices. Le daba igual  enfrentarse con un chulo barriobajero que con un señorito con guardaespaldas. Este primo mío vivía de espaldas al miedo.
Como todas las personas temerarias no murió en una reyerta sino en su propia cama y rodeado por su familia. Es lo que consideramos una buena muerte.
Viendo en este instante la foto en la que estamos alineados los marineros como si algún almirante fuera a ponernos condecoraciones, me llama la atención el rostro ya desafiante y algo altanero de mi primo retratado en 1945. Y me  pregunto quién de todos nosotros, asustados ante la cámara,  le seguirá en el naufragio.
¿Será su hermano Tonino, un año menor que él? ¿Será mi  hermano Pedro, un año mayor que yo? ¿O tal vez yo?
No se aceptan apuestas. Sería ilegal y los viejos debemos afrontar el fin  sin vulnerar la ley y sin hacer trampas para alterar el orden cronológico que rige esa misma ley de vida.
Y dicho esto,  es probable que el próximo en caer no sea todavía yo. Aunque tampoco me importaría ser yo si alguien me cede el paso y le llevo la delantera.

  05/12/2014  La idiotez de los sondeos
 

Todos los días conocemos nuevos sondeos sobre la corrupción. Desde la prensa parecen obsesionados con averiguar el porcentaje de españoles que estamos muy preocupados, poco preocupados o nada preocupados por los escándalos que políticos y empresarios, partidos y sindicatos, protagonizan sin darnos un respiro.
Creo que si en lugar de medir el efecto que las toneladas de mierda ocasionan en nuestras vidas se dedicaran las autoridades a eliminar esa mierda –sin excluir la que las mismas autoridades producen a diario- ya estaríamos resolviendo el problema de la corrupción.
Pero el escándalo es, precisamente, la denuncia del escándalo cuando no va acompañada del saneamiento oportuno. Y del escarmiento a los culpables.
Hace muchos años hice un reportaje sobre la contaminación atmosférica en Madrid. Fui a Londres porque esa ciudad, que en los años 60 era de las más contaminadas de Europa, acababan de solucionar su propia contaminación atmosférica con una batería de medidas que reclamaba el pueblo.  Hablé con expertos, autoridades, organismos diversos y universidades. Les expuse la gravedad de este problema que sufría Madrid y al que nadie ponía remedio.
Me escucharon y me compadecieron. Todos estaban de acuerdo en una cuestión: “déjense de medir tanto la contaminación y actúen  para eliminarla. No pierdan el tiempo y el dinero midiendo en calles y plazas los niveles de CO2 y otros gases, y hagan como hemos hecho nosotros en Londres: eliminar las calefacciones de carbón, mejorar las emisiones de los vehículos, empezando por los del servicio público, restringir el tráfico de automóviles y motos en las zonas más castigadas… y , por favor, olvídense de medir. Quiten todos los aparatos que hay en las calles y avenidas y en las plazas que no sirven para nada”.
Ahora estamos en las mismas con la contaminación no sólo atmosférica sino también política y económica que sufrimos. Cuando llueve, un reportero nos pregunta  qué pensamos de la lluvia. ¿No es esto es una idiotez? Lo que importa es que llueva lo suficiente  y que se acabe la sequía. Pero supongo que si dices una cosa así y no te quejas del engorro de llevar un paraguas, el sondeo no interesa.
Ahora, lo que importa es que dejen de robar los ladrones:  Rato y Blesa, por ejemplo, y Bárcenas y otros muchos estafadores y evasores de capital cuyos nombres nos da asco escribir.
Lo que importa es actuar y no quejarse tanto. España es un país llorón.
Lo que  importa  es echar alcaldes y alcaldesas  como la de Alicante  y juzgar y castigar sus abusos. Importa poner remedio y eliminar micrófonos para que los ciudadanos digan majaderías, que eso no es democracia sino una chorrada, y que se vean en las teles –¡mira, ese soy yo!  y ya no piensen en el fraude que este gobierno representa y cuyas  víctimas no aguantamos más.
Ahora solo falta que una de esas  periodistas intrépidas nos pregunte si somos felices, muy felices o menos felices cuando nos birlan la cartera.

  02/12/2014  Antonio Caño, creativo y atrevido
 

Tiene toda la razón Antonio Caño (director de El País) cuando afirma que “este es un tiempo fascinante para el periodismo”. Todos los tiempos lo son, siempre que exista la libertad para decir y escribir lo que acontece. Tiene razón el señor Caño cuando admira la prensa estadounidense  que ofrece  “ejemplos de diarios bien hechos desde el pie de foto hasta el titular”. Pero lo que añade  a continuación el director del rotativo madrileño debería explicarlo mejor y, de paso, con menos retórica. Dice esto: “Me gustaría hacer un periódico más optimista, no en el sentido de juzgar de forma positiva lo que hacen los políticos, sino de exponer un horizonte que invite a pensar a los lectores de una forma más creativa y atrevida”.
¿Acaso reconoce  Antonio Caño que   El País transmite  pesimismo al ocuparse de lo que hacen los políticos? Si es así la razón es porque la política en estos momentos deprime a los ciudadanos.  ¿Debe un periódico fantasear con lo que  desearíamos que hicieran los políticos mirando al horizonte con optimismo  para que los lectores pensaran de manera más creativa y atrevida?
Yo creo que los lectores son tal vez demasiado creativos y atrevidos. Nos estamos inventado un periódico que ya no existe y que ha perdido mucha de la credibilidad que tuvo años atrás.   
Sería preferible que el actual director de El País deje de teorizar al estilo de su jefe, Juan Luis Cebrián. Debería  seguir el ejemplo de los buenos profesionales y de los buenos periódicos estadounidenses (que no son tantos) a los que tanto elogia. Lo demás no nos interesa a nadie.
Los  directores de aquellos medios no exponen “un horizonte que invite a pensar a los lectores de una forma más creativa y atrevida”,  sino que ya tienen bastante ocupándose de la realidad y de los hechos que acontecen para contarlos de una manera correcta y con un estilo directo y comprensible.  No hay horizonte sino noticias y estas deben contrastarse y documentarse. También hay, perfectamente separadas de estas,  un sinfin de opiniones  que los lectores desean conocer.
 Cuando  un director declara que los lectores de su periódico necesitan “pensar de forma más creativa y atrevida”,  está reconociendo  que él mismo no es lo bastante creativo o atrevido. Y esto  en absoluto resulta fascinante para el periodismo en ninguna época ni en ningún lugar.  

  02/12/2014  ¿Dónde está la polémica?
 

Ni una sola carta en la edición impresa de El País (2.12.14) sobre el artículo incendiario de Félix de Azúa que fue publicado ayer en este mismo diario. Me extraña pero por otra parte comfirma mi sospecha de que El País ya no es el periódico de lectura obligatoria, como lo fue en sus mejores tiempos. El  escrito de Azúa señalaba dos cuestiones de mucha importancia: la podredumbre que existe en la Universidad española y la imposibilidad de que los dirigentes de Podemos, que se consideran dueños de esa finca, vayan a limpiar sus establos.
¿Dónde están los profesores universitarios,  las voces autorizadas para defender la Institución? ¿Dormidas? ¿De viaje? ¿Encerradas en sus departamentos y aisladas de la sociedad?
Supongo que algunos estarán meditando la respuesta adecuada a las afirmaciones de Félix de Azúa. Quizá ya estén redactando uno de esos escritos colectivos, o una contundente y documentada réplica de un solo firmante autorizado. No lo sé. Pero me imtriga y me preocupa que no se inicie de inmediato -cuando el mismo País publica una serie de reportajes  dedicada a la Universidad Española- y desde su interior una polémica que esclarezca si es o no cierta y verificable la corrupción que invade el Alma Mater.

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