escritura interior
  
 
  24/05/2016  Fecha de caducidad
 

Al final de la calle iluminada con farolas de morfina se ve impresionante el rótulo de la clínica: Aquí se cura el cáncer. ¿Qué mierda es esta? No voy a entrar ahora en un edificio que prolonga sus promesas hacia otra parte. Volveré si acaso en otro momento. Detrás de la clínica del cáncer prosigue la misma calle que nos condujo hasta aquí. En lugar de farolas de morfina hay un enjambre de moscas con sus alas blancas que te empujan al interior de un segundo edificio. ¿Qué rótulo lo identifica? ¿Qué enfermedad se cura aquí? Nadie intercepta el acceso a esta otra clínica. Nadie te indica lo que debes hacer o abstenerte de hacer. Se da por entendido que lo sabes perfectamente. En el centro está la cocina. De sus paredes cuelgan media docena de cunas para prematuros. Están vacías. Por lo demás, existen todas aquellas cosas que encuentras en cualquier cocina. Si abres el congelador desbordan los productos comprados con fecha de expiración. Para ti carece de importancia cualquier fecha posterior a la de tu nacimiento o inmediatamente anterior a la de tu muerte. Cayó una gran pieza de carne roja del banco de mármol a las baldosas del suelo. Chorreaba sangre aunque no en exceso. ¿Cuántos días, semanas o meses llevaría sangrando allí? ¿Por qué nadie se hacía cargo de ella? Las moscas con las alas blancas husmeaban alrededor. Es lógico que se trataba de una pandilla de respetables médicos agitando sus batas. Las batas blancas ascendían y descendían, torpemente atraídas por aquella presa. ¿Quién quería escapar de quién? El asco te hizo salir de la cocina sin contar el número de puertas que te separaban de esa calle interminable. Eran tantas que renunciaste a hacer conjeturas. No era un sueño. También renunciaste a averiguar qué era aquello. Quien eras tú. Y qué motivo era el que te retenía allí. Pero algo muy poderoso, superior a tus fuerzas ya escasas, decidía el curso de tus actos.

  12/05/2016  No hay felicidad sin dolor
 

Escribir sobre el dolor físico de uno mismo no alivia el dolor. Escribir sobre el dolor ajeno tampoco ayuda a quien lo padece. Sometido al dolor no eres tú quien escribe sino ese otro que debe hacer un gran esfuerzo para alejarse de su propio ser. No hay felicidad sin dolor, escribió James Cameron en uno de sus mejores libros sobre el país que más amaba: la India. ¡Cuánta razón tenía! Ha llegado hasta mi ordenador una foto de los años ochenta tomada en la India (seguramente Varanasi). Y los recuerdos se agolpan, no en desorden sino en una perfecta alineación: me veo rodeado de nativos y me siento como uno de ellos. Y pienso si los que están más cerca son aquellos que se disputaban el privilegio de empujar el rickshaw por las callejuelas de aquella ciudad a orillas del Ganges. Si no lo son ¿qué más da? También me pregunto qué más da que fuera yo el que estaba en ese pelotón de personas sin duda felices de ser retratadas. La felicidad no es tan difícil de proporcionar. En cambio, el dolor sí lo es. Dejo pues esta imagen del recuerdo sabiendo que no volveremos a reunirnos estas mismas personas en aquel lugar de las incineraciones en el río. De manera que como James Cameron – quien se despidió de la India haciendo un viaje en ferrocarril ya algo enfermo y anciano – también me despido yo de cualquier posible viaje a aquel país, y esto muy a pesar mío.

  02/05/2016  Alquiler de escaños
 

Ni compra ni sorpaso. Alquiler de escaños al mejor postor o al más hábil impostor del partido que sea. Calma. Políticos, periodistas y el resto de la peña por el barranco del tedio. Despejado el corral a cacarear en la Zarzuela al Jefe del Estado. Allí os espera ante los tapices para la foto histórica y a seguir con la paliza como si tal cosa.

  30/04/2016  Sobre el caso Segarra
 

Más que en otros lugares, en una larga estancia en un hospital (quiero decir más de tres meses sin interrupción), pasan muchas cosas sin salir del mismo hospital que tiene una vida propia pero también saliendo de él de una manera imaginaria e inesperada. Cada día empieza la vida hospitalaria a la misma hora: 6:30 de la mañana. Es cuando oyes arrastrar un carrito que imaginas con todas las dosis de medicamentos ordenadas. Medicamentos que van a ser repartidos por las habitaciones, unas veces despertando al enfermo y otras no porque ya lo esperan. También imaginas, aunque no los escuches, ruidos por aquí y por allá, siseos de enfermeras y algunas llamadas por timbre desde las habitaciones. Es tal vez en ese momento cuando caes en la cuenta del lugar en el que te encuentras. Te dices: “Sí, en efecto, estoy ingresado. Sí, en efecto, estoy enfermo. Sí, en efecto, haremos lo posible por salir de ésta.” Y de ahí, de este propósito o empeño de superar lo que ahora te retiene en cama, pasas de una forma casi automática a imaginar el mundo exterior. Está fuera, está esperándote (o eso crees) y está tan ansioso como tú y tus buenos amigos de poder anunciar: “Ya estoy fuera”. ¿Qué imaginas que pensarán los otros? Tal vez en todo, en cualquier cosa a excepción de lo que tú estás sospechando que imaginan. En este hipotético intercambio de mensajes que tanto se parecen a los cifrados sientes bastante satisfacción. A menos que aquella o aquellas personas en las que acabas de pensar estén en peor situación que la tuya. Ahora he recibido un libro que se lee de un tirón escrito por un amigo llamado Joaquín Campos (Málaga, 1970). Es evidente que su enfermedad es la escritura y que este libro de 150 páginas confirma lo que le dije a él antes siquiera de hablar hablado sobre su publicación. Joaquín Campos ha seguido la pista de un detective y ha investigado un caso más que singular: el crimen, o mejor, el asesinato y descuartizamiento supuestamente perpetrado por Artur Segarra de un amigo a quien robó y quiso hacer desaparecer. Todo esto tiene un escenario dantesco al que se traslada Joaquín Campos en uno de esos movimientos rápidos propios de un periodista que no depende más que de sus propias decisiones para emprender una historia fascinante. Campos ya nos tiene acostumbrados a sus escritos a través de un blog que incluye la revista digital FronteraD, que con este libro ahora se lanza al papel y pone en las librerías una colección a la que debemos estar atentos. La colección lleva por título Periodismo que cuenta. Anticipo que va a ser muy bien acogida por los lectores, y ello por dos razones: la primera porque conozco a los responsables de FronteraD (Alfonso Armada y Carlos Santa Cecilia) pero, además, porque conozco a Joaquín Campos, de quien ya presenté un libro suyo sobre China despiadado, exagerado, inverosímil. A los lectores que, como yo, no se matan por leer novelas o informes policiacos puede considerársenos casi enemigos del género. No es así y no debe ser así. Joaquín Campos reconstruye la relación y el crimen que Artur Segarra ejecuta en la persona de 39 años que llevaba los últimos cinco años viviendo en Bangkok. Para no perder detalle y construir su historia más que novelesca Joaquín Campos se desplaza velozmente a Tailandia y mantiene una larga conversación con el supuesto asesino. El cuerpo de la víctima lo descuartizó y fue arrojándolo en el cauce del río Chao Phraya. Recibí algún correo electrónico del autor cuando estaba sumido en su trabajo. Ni ha sido fácil, periodísticamente hablando ni ha debido resultarle sencillo no caer en el sensacionalismo. El ritmo narrativo es fascinante. Y todos sabemos cómo cuesta moderar aquello que, de suyo, ya es excesivo. De manera que felicito tanto al autor como a los editores. Lamentablemente no pude cumplir mi promesa de hacer la presentación de este libro cuando tuvo lugar en Valencia. A los pocos días ya fui ingresado en el hospital. Por desgracia estas historias atroces se repiten con frecuencia. Lo que es más difícil repetir o imitar es el modus operandi de Campos. Los hechos se repiten. Las imitaciones se descubren. Y creo que el buen periodismo conoce cómo ha de hacerse este trabajo para resultar absolutamente fiable. Si esto no fuera así, ni en papel ni en formato digital merecería la pena seguir practicando este oficio, cada día más burocrático.

  13/03/2016  Salvajadas históricas
 

Ya en la calle pensé: no sé si España se va a romper. No lo deseo. Pero hoy, o cualquier otro día, estas bicis de alquiler que alegran la ciudad sin contaminar la atmósfera, me romperán la crisma. Fue dicho y hecho. A dos pasos de la iglesia de Santa Catalina, una bicicleta me embistió por la espalda. Besé el alquitrán como aquel Papa que besuqueaba el hormigón armado de los aeropuertos al bajar del avión en sus viajes por medio mundo. ¡Dios santo, exclamé, llevándome las manos a la cabeza. Me levanté confuso. El ciclista me pidió disculpas. Me ayudó a incorporarme. “¿Está usted bien?”, preguntó el gigantón que me había atropellado. “No tan bien como usted”, respondí. “Puedo hacer algo?” añadió el ciclista urbano con un gesto de sincera compasión. “Lo que puede hacer y no solo por mí, es no circular por la acera”. Entonces me metí en el templo para limpiarme los morros con unas gotas de agua bendita y agradecer a Santa Catalina no haber sufrido daños irreparables físicos o mentales, tan solo un susto. La santa me llevó hasta un panel de la iglesia para mostrarme un gran retrato con esta leyenda: “El sacerdote Martín Martínez Pascual un minuto antes de ser fusilado, Teruel 18-08-1936”. Me estremecí. La escena era impresionante. Miré el nombre del fotógraf. Hans Gutmann Guster. Me pregunté: ¿quién era este tipo nacido en Colonia en 1911 y fallecido en México el año 1982? Regresé a casa. Tuve que bajar a la calzada para que las bicis, en tropel y por la acera no tuvieran obstáculos Pensé en el alcalde, en su bicicleta y en la inexplicable tolerancia con los ciclistas. Ya en casa, me metí en el ordenador. El fotógrafo de Santa Catalina no era de bodas y comuniones. Fue excombatiente miliciano y miembro del Ejército Republicano. Se casó con la madrileña Elena del Moral de la que se separó en 1949. Al regresar a México cambió su nombre por el de Juan Guzmán ‘Juanito’. Y amplió sus temas profesionales. Retrató a Frida Kahlo y a Diego Rivera, entre otros artistas. Retrató al asesino de Trotsky, Ramón Mercader, un comunista español y agente de KGB. Y fue corresponsal gráfico del semanario estadounidense Time… Supe que de las 170.000 piezas de su archivo, la agencia EFE adquirió tres mil negativos de Juanito en los frentes de Cataluña, Aragón y Madrid. El fusilado Martín Martínez, un cura de 25 años valiente y guapetón, tenía una biografía más breve. Pero los magino a ambos, Martín y Juanito, cerca el uno del otro ante el pelotón de fusilamiento. El primero negándose a ponerse de espaldas para recibir los disparos, con los ojos abiertos y gritando ¡Viva Cristo Rey!. A Juanito lo veo disparando su silenciosa Leica sin que le temblara el pulso. Tal vez diciendo hacia sus adentros: ‘¡Esto es una salvajada!’. Fue una salvajada la cifra de religiosos asesinados en la retaguardia republicana: 6.832 según el estudio de Antonio Montero Moreno, historiador y periodista que fue arzobispo de Mérida-Badajoz de 1994 a 2004. Y fue otra salvajada la del bando vencedor de la contienda, durante y después de acabada la guerra fusilando, en una especie de orgía de sangre, que se prolongó durante más tiempo y con cifras más elevadas de víctimas sin dejar testimonio gráfico de esos muertos de los que todavía seguimos desconociendo su paradero. ************************************************ ACLARACIÓN: "Salvajadas históricas", lo mismo que "El último convoy" las escribí sin moverme del hospital donde estoy ingresado desde hace 7 semanas, luchando contra el cáncer. (16.03.16) _____________________________________________________

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