escritura interior
  
 
  17/04/2014  El gran paisajista del lenguaje
 

La muerte, su propia muerte, y también el miedo a ser enterrado vivo fueron desde siempre dos obsesiones en la vida de García Márquez. Desde hoy dejó de padecerlas.
Pero me imagino que estos últimos días, si se mantuvo consciente durante la enfermedad, lo que fue un miedo permanente hasta cierto punto controlable se convertiría en terror. Y el terror en pánico. Y el pánico, por suerte, en nada, vacío y oscuridad, un torbellino de emociones y confusión que arrasó  su conciencia hasta extinguirla.
Tal vez haya dejado  papeles inéditos. Quizá -aunque lo dudo- tuviera escritas páginas de la segunda y última parte de sus memorias (Vivir para contarla) y, si no, algunos apuntes que permitan cerrar el relato de su existencia.
En cualquier caso se trata de un creador prolífico y exuberante, de un extraordinario e insuperable paisajista del lenguaje. De un trabajador exigente y ambicioso. Es decir, de un luchador de la palabra y de la verdad que toda palabra encierra.



  07/04/2014  García Márquez
 

Si García Márquez está hospitalizado y los periodistas montan guardia en las inmediaciones de una clínica, ¿qué importancia tiene para el enfermo que estos trabajen o no trabajen?  Porque a García Márquez parece haberle irritado su presencia ya que de otro modo no se explica que les haya dicho “que se vayan a trabajar y a hacer algo de provecho”.
Desde luego es de relativo provecho estar de plantón en una clínica esperando noticias de un interno ilustre, sea quien sea este señor o señora. Si se muere hay noticia, Si no, no hay nada y cada cual a lo suyo.
Lo que ocurre es que nos pone de muy mal humor caer enfermos sobre todo cuando la edad, y en el caso del escritor colombiano ya son 87 años, no se considera una ventaja para eso que llaman una pronta y satisfactoria recuperación.
Morirse, o incluso acercarse al momento de morirse, supone una gran contrariedad que unos disimulan mejor que otros. Me imagino que pone de muy mala leche al paciente. Y quienes primero lo  pagan no son los médicos ni los familiares sino esos moscones a quienes les toca el trabajo de parecer que no hacen ningún trabajo.
Quizá para el negocio de las pompas fúnebres la muerte de una celebridad sea deseable. Pero yo me imagino que los periodistas no quieren que se muera este señor. Pero si se muere (o por si acaso se muere en un descuido) han de estar cerca y bien informados del suceso. Al fin y al cabo García Márquez es o fue periodista además de novelista. Incluso tiene una Escuela de Periodismo en la que dio clases e impartió enseñanzas para este oficio.
Cuando Franco estaba ingresado en un hospital que llevaba, si no recuerdo mal, su santo nombre, me tocó montar guardia todos los días precisamente a la hora en la     que se presentaba a visitarlo el Príncipe de España.  Y allí estaba la prensa formando una especie de corredor o pasillo por el que circulaban los gerifaltes de la dictadura, el yerno médico del Generalísimo y la madre que los parió a todos. A mí me asaltaban deseos de que Franco la palmara ya mismo –cosa que no ocurrió hasta más tarde y en otro hospital, más bien un matadero municipal- y no me avergüenzo de que haber deseado la muerte del Caudillo como recompensa de los aburridos e interminables plantones que muchos periodistas (yo iba por el semanario Blanco y Negro) tuvimos que soportar  sin lograr el trofeo.
Pero con un Nobel ni siquiera otro Nobel (y otro viejo) enemistado con él, me refiero a Vargas Llosa, es presumible que pueda alegrarle su muerte. Para los lectores todavía menos. Y para la industria del libro, qué vamos a decir. Un escritor muere y hay como un subidón de las ventas de su obra, pero pasa el óbito y las ventas caen y quedan en ese punto estabilizado que cada autor merece en los mercados. Esto lo hemos visto con otros Nobel, sin ir más lejos con Cela. La palmó con mucha teatralidad y entre exclamaciones, algunos libros memorables ocuparon un buen lugar de ventas (por tiempo limitado) y después todo ha vuelto a la normalidad. Quiero decir, la normalidad de los muertos.

  05/04/2014  Marguerite Duras
 

Ayer habría cumplido 100 años Marguerite Duras, algo de lo que me entero al pedir a Amazon (Kindle) una serie de escritos de la autora de El amante,  ensayos y entrevistas de ella o sobre ella, reunidos por Liberation bajo el título L'enchantement Duras que acaba de aparecer  en Francia.
Es un libro de 100 páginas. Su precio no llega a los 3 euros. Lo descargo  en menos de un minuto.
Duras escribió 50 libros en 50 años. Todos ellos son como disparos certeros al centro de la diana. En tiempos de palabrería, de retórica y oquedad, la escritura -es decir, el pensamiento- de Duras es un bien escaso. Y releer sus novelas o reflexiones se convierte en una necesidad. Sobre la mesa tengo Le ravissement de Lol V. Stein (Gallimard, 1964) y aparto los periódicos del día llenos de tragedias y comedias mal contadas y peor interpretadas. Y me quedo con esta narración precisa y sencilla, una de las mejores de Marguerite Duras. Y así siento que el tiempo no destruye fácilmente mas que lo que merece ser destruído, cuanto antes, mejor

  25/03/2014  Adolfo Suárez y la memoria
 

Ahora, todo el mundo dice algo de Adolfo Suárez. Todos tienen cosas que decir. Elogios que repartir. Anécdotas que revelar. Siempre que muere un político relevante, los otros políticos, sobre todo los papanatas, cuentan los conmovedores recuerdos que guardan del fallecido.

Por la tele y las radios mendigan a quien se pone a tiro una opinión del muerto. He oído en la cadena SER al conductor del programa ‘La Ventana’ preguntar a Eduardo Punset qué le parecía, desde el punto de vista de la evolución de las especies, el ex presidente Suárez a quien él,  seguramente, habría tratado.

Punset es un divulgador científico que habla por los codos pero no tanto como para satisfacer a las cotorras más insaciables. De manera que Punset esquivó la pregunta y dijo que conoció a Suárez (después de dimitir del cargo de Presidente del Gobierno) el día que este le visitó en su casa para pedirle que colaborara con él en su nuevo partido político de centro.

Punset no contestó a la pegunta de la evolución de las especies, algo que sin duda frustró al periodista de la SER. Quizá  esperaba que Punset  dijera que Suárez había sido primero un simio del Movimiento y luego un monito del zoológico de la Transición, y que de las secas glándulas mamarias de la dictadura, pasó a las lechosas glándulas mamarias de la democracia. Pero esto no lo escuchamos. Otro día será.

 

La gente que cuenta cosas relacionadas con Suárez las cuenta de memoria. En España es sorprendente la memoria que tienen, sobre todo, los políticos y periodistas. Pero la memoria es traicionera. No te puedes fiar. Y encima, los españoles tenemos una tendencia a decir memeces o a fabular. Incluso a combinar ambas virtudes.

Poe eso, entre otras razones, escribo desde hace muchos años en mi diario lo que ocurre casi en el momento que ocurre. Muere un político, un asesino, un artista o alguien así, y anoto el hecho lo más pronto posible. 

 

El domingo 15 de octubre de 1989(página 553, La hierba crece despacio) escribí  a las 14 horas lo siguiente:


“Ayer con Adolfo Suárez en Mallorca, en su avión. Perece honesto. Me cuenta off the record que el Rey no estuvo claro la noche del 23 F. Hasta que el panorama no se despejó –creo que se debió al general Lacalle- S.M. se mantuvo en posición de wait and see. Pero Suárez cree que es mejor crear un mito que acabar con la corona. Cuando lo vio lo abrazó efusivamente y le felicitó por su valor. Al fin y al cabo, los otros se metieron debajo de los bancos.

También off the record dice que Felipe González le dijo en cierta ocasión que estaba estudiando la conveniencia de que el Gobierno dispusiera de fuertes sumas de dinero en varios puntos del mundo  para poder sostener a un Gobierno  en el exilio en el supuesto de que se produjera otro golpe de Estado.

‘Yo le dije que eso no debía hacerlo jamás, el Gobierno debería morir si era preciso enfrentándose a los golpistas’ (…)”

  06/03/2014  Leopoldo María Panero
 

Estuve dos veces con Leopoldo María Panero pero dudo mucho que en ninguna de esas dos ocasiones Panero estuviera conmigo. Quiero decir que él estaba con su locura, su poesía que lo rescataba de la muerte, y su infernal soledad a la que fue condenado por falta de amor.
Así lo dijo, textualmente, la segunda vez que lo visité en el manicomio de Modragón, y así lo registré con sus palabras en mi Diario del año 1992.
Tres afirmaciones rotundas: “A España no la creó Dios, sino un cura”. “¿Suicidarme? No; la vida es un horror, pero es de lo que escribo mis poemas”. “No fue la droga lo que me enloqueció. Fue el amor que no me dieron”.

Dos años antes (1990), no recuerdo si por sugerencia de El País  o por interés personal mío, entrevisté al poeta acompañado por el fotógrafo Alberto Schömmer. Fue un error entrar en el manicomio con este famoso fotógrafo especializado  en  retratos psicológicos. Un error porque la absurda insistencia de Schömmer para que Panero posara en el patio de aquél espantoso lugar con sus manos sobre los genitales resultó doblemente cómica: Panero se cachondeó de Schömmer y este debió de sentirse tan ridículo  (algunos enfermos miraban desde las ventanas) que salió pitando. Recuerdo que me dijo: “Me voy porque aquí voy a ponerme enfermo...tengo ganas de vomitar”.

Nunca vi el resultado de aquella sesión fotográfica. Y si lo vi, lo he olvidado. Y si lo he olvidado es porque carecía de todo valor documental (falsificar tiene sus riesgos) y, por supuesto, artístico.

En aquella primera y larga entrevista, Panero me dedicó un pequeño libro titulado ‘Dos relatos y una perversión’. Con una letra casi ilegible anotó: “Por qué queman a brujas, padre. Y él respondió mostrando un cigarrillo: la respuesta es el silencio”.  Y sobre su firma agregó:  para I.C. este comentario crítico a un poema mío, con afecto, LMP”.

Pero ahora Panero ha muerto mientras dormía -eso dicen- en una cama de la sección de enfermos mentales de un hospital canario. Los detalles me interesan poco. Me basta conocer estos dos hechos. El primero, que ha muerto y,  el segundo,  que dormía –tal vez soñaba- en el instante en que la muerte le sobrevino. ¿Soñaba que estaba muriéndose y que ya no podría escribir nada más?

Es demasiado larga la entrevista del 19 de julio de 1990 para colgarla en esta página. Me pareció tan interesante la experiencia de escuchar al demente y sabio Panero, que hice algo que muy pocas veces hago con ninguna entrevista:  la redacté  directamente en mi Diario antes de entregarla a  El País.

Terminada la entrevista fuimos juntos a comer a un restaurante. Y en el taxi, Panero  me pidió dinero. Lo hizo con mucha dignidad, no como cuando alguien te pide prestado un par de billetes asegurando que pronto te los devolverá, a sabiendas de que nunca te devolverá lo prestado. Panero no pedía dinero prestado (para sus pequeños vicios de bar y hierba) sino que sencillamente pedía dinero como quien pide que le des fuego. Y, naturalmente, se lo dí.


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