escritura interior
  
 
  31/08/2015  Xabia y sus frutos de mar
 

De  un lugar de esta gran mancha mediterránea nada se recuerda en el gran libro de caballerías Michelin de 1936. Sencillamente, Jávea no existía. Tampoco Benidorm. Solo Calpe era conocido popularmente como “el Peñón de Gibraltar español”.
Aquel año se dictó una ley que obligaba “a todos los hoteleros a servir gratuitamente un cuarto de litro de vino por persona en todas las comidas cuyo precio exceda las 3 pesetas sin llegar a las 10 (servicio aparte)”, resalta la guía que costaba 15 pesetas.
Pero el  Caudillo, que entre otras cosas era abstemio, derogó la ley. La patria perdió alegría. Las barcas más cachondas de Jávea ya no movieron la popa como acostumbraban a hacerlo. Y el pescado se hacía el muerto en las redes.
Luego del 36 hubo hambre y desmemoria. Un ministro de Franco quiso hacerse su casa en zona marítima y para guardar las apariencias edificó un Parador del Turismo. Ahí sigue el Parador. El turismo masivo sería siempre un estímulo para el desorden de la construcción. El litoral se lo cargaron. A un luchador contra los desmanes urbanísticos, G. Pons, de familia valenciana muy conocida, lo dejaron para el arrastre  unos sicarios que le propinaron una paliza mortal. Como no llegaron a quitarle la vida, los sicarios le enviaron una misiva: "Lapróxima vez acertaremos". Un buen amigo mío, arquitecto y pintor, tiene en su poder fotocopia del escrito. Ahot¡ra, como oytas muchas veces, recuerdo la casa de Guillermo, Marimontaña, y el valor que tuvo aquel hombre para enfrentarse a la mafia de los constructores y sus matones, que operaban desde Altea.
Pero volvamos a Xabia, donde hasta los años 70 las Agustinas Descalzas vendían una tarta de almendras en su convento de clausura: “Ave María Purísima” decías acercándote al torno. “Sin pecado concebida”, respondía una voz a todas luces virginal.  Era el santo y seña. La monja deslizaba la tarta por aquella ventanilla y tú un billete de 100 pesetas. O quizá era menos. Da igual. Las monjas y sus tartas desaparecieron.
Una inmobiliaria local ofrece un casoplón unifamiliar por 32 millones de euros. ¿Algún cliente a la vista?, pregunto.  Dos, dice el vendedor.  Se edificó una animalada pero el mercado se recupera No hay gangas. La primera línea, llamada línea del ruido, cotiza alto.  Siesta y Bongo di Bongo  -por citar dos chiringuitos con máximos decibelios- deberían regalar tapones para los oídos a los vecinos. Espacios de hamaca, sombrillas de vela y masajes detrás de unas cortinas transparentes, están a disposición de los clientes. El pijerío feteja bodas, divorcios y felices cumpleaños de los niños valencianos o  madrileños. Esto es un escaparate del bienestar.
¿Qué sería de estas playas con piedras a un lado y arenas movedizas al otro, separadas por un canal repleto de embarcaciones si no existieran los chiringuitos en expansión? Son una barrera entre el mar y la carretera junto a la que estacionan cientos de coches que actúan como placas solares lanzando descargas de melanomas sobre cuerpos humanos en proceso de bronceado.
La Cantina era un bar de pescadores pegado a la Lonja. Lo  conozco de toda la vida. Ahora es un abrevadero famoso. Si no reservas mesa con antelación aunque llegues con la Preysler y su Nobel recién pescado no te llevarás a la boca el salmonete que, de tan fresco, salta de una mesa a otra.
Enternece la procesión de pareos empapados de sudor. Un negrata espabilado reparte kleenex en la larga cola, mientras  un sumiso camata se lamenta: “Sin reserva no hay mesa, pero insisten. Quieren una mesa. Hay peleas en la cola. Incluso nos insultan”.
Algunos navegantes con poco gasoil simulan zarpar a Formentera cuando lo cierto es que fondean a un tiro de piedra para comerse la paella en cubierta y a la vista del público.  
Formentera es otro mundo. Tan lejos y tan cerca. Si  no vas en bolas por las calas de la isla te miran raro. Se exhiben una variedad de órganos reproductores femeninos con signos de alopecia estival. Los tatuajes solo en el tobillo, por favor.

  31/07/2015  Cartas a Lola
 

Hablo largo y tendido con Abelardo Linares (Renacimiento), el editor sevillano que publicará  en breve Cartas a Lola, unos textos breves e itinerantes  que escribí  en los Estados Unidos durante los años 80.
Ya están maquetando el libro. Formará parte de la colección Los Viajeros. Queda unicamente por decidir, me dice Abelardo,  la portada. Y de este asunto nos ocupamos.  Coincidimos en que una buena  portada debe suministrar la información indispensable del producto:  nombre del autor, título de la obra (género al que pertenece, en este caso epistolar),  y, por supuesto, la editorial que la publica.
Aunque las cartas están fechadas en distintas ciudades de los Estados Unidos,  una  imagen-icono   de aquel  país  la ofrece siempre Nueva York: una avenida, un rascacielos... una vista aérea  de Manhattan, uno de sus famosos puentes...
Se me ocurre llamar a mi hijo pintor.  Se formó en la Cooper Union de aquella ciudad. ¿Tendría
algún  dibujo que pueda ajustarse a lo que necesitamos?, le pregunto. Pintó mucho cuando también vivió allí durante la  década de los 80.
Poco después, Guillermo me  envía la foto de uno de sus cuadros de la serie neoyorquina en el que reconozco el Empire State Building, una mole impertérrita entre otros edificios que se retuercen en mi memoria como los seres humanos y los taxis amarillos que commponen un amasijo para mí inquietante. Una imagen de la desintegración. Y esto es, en última instancia, lo que me cautiva.


  23/07/2015  O se pasa de listo o de lo contrario
 

O el Rey se pasa de listo o de lo contrario. Sabiendo cómo larga Revilla lo que oye o se le dice, pudo intuir Felipe VI que el presidente de Cantabria comentaría la conversación mantenida con Artur Mas días antes de recibir al parlanchín cantabro en el palacio de la Zarzuela.
Si el Rey es muy listo, o incluso astuto, podríamos sospechar que utilizó a Revilla para trasladar a los españoles sus opiniones sobre el empecinamiento de Mas para separar a Cataluña del resto de España. Y si no es tan listo como para urdir esta maniobra mediática, que cada cual saque las conclusiones que prefiera. En un supuesto como en el otro pienso que tenemos un Rey talla XXL pero que a efectos políticos e intelectuales mide lo mismo que  el cantabro Revilla. O sea, bien poco. Aunque  lo que piense el Rey y lo que no piense Revilla me importa por igual.  

  22/07/2015  El cansancio de Peter Handke
 

Justamente aparece hoy Peter Handke con un libro de 80 páginas que ignoraba tener en la biblioteca titulado Ensayo sobre el cansancio. Muy oportuno. Mi propio cansancio, debido a las altas temperaturas de un verano caluroso como pocos, ya empezaba a agotarme. Pero entonces ocurren estas dos cosas: aparece el sesudo Peter Handke hablando del cansancio en general, y descarga una tormenta inesperada con truenos, rayos y agua en abundancia.
Es, pues, la mejor situación para meterme en la lectura de este texto de Handke, un autor con una obra desigual pero casi siempre interesante. Un viajero que camina y escribe lo que ve y aquello que lo que ve le sugiere. En cierto modo un pensador cuya imaginación, estilo y ritmo narrativos no son nunca estrepitosos.
Hay que ver cómo partiendo de un solo vocablo –cansancio- logra Handke evocar situaciones, recuerdos y variedades de cansancio experimentados (sufridos) por él mismo a lo largo de su vida o bien observados con atención en las vidas de otros.
A las pocas páginas compruebo que aun siendo un libro relativamente corto contagia pesadumbre y desánimo. Esto no lo deseaba. Pero me puse en la piel de Handke y me dije: es una demostración insuperable del arte de un escritor cansado  que acierta a contagiar su cansancio al lector hasta extremos insospechados.
¿Habré sido yo el autor del ensayo y Handke únicamente un hábil inductor del pensamiento expuesto?
No lo sé. Es lo de menos. Me importa relacionar todos los cansancios acumulados por Handke, que son numerosos, con mis propios cansancios. Al fin y al cabo el cansancio es único aunque sus manifestaciones sean variadas.
Por otra parte concluyo que no necesitaba reflexionar sobre el cansancio porque esto aún me cansa más, sino analizar los orígenes y motivos del cansancio para aligerar dicho cansancio.
Entonces he recibido un correo electrónico de un amigo que se rompió hace un par de días un tobillo y su cansancio no solo está justificado –quirófano, calmantes y ciertas conductas sádicas de la burocracia sanitaria- sino que al tener conocimientos de ellas me transmiten un cansancio e indignación todavía mayores.
Le envío un artículo que me pidió la revista Plaza sobre Jávea. Y lo hago porque es algo cómico y esto le divertirá y aligerará su cansancio. Y él, una vez leído, me vuelve a escribir y me recomienda que lea Los pilares de Hércules, de Paul Theroux. De este escritor viajero el libro que me entretuvo y estimuló a viajar ignorando todos los  cansancios, fue El gran bazar del ferrocarril.  Fui a la India en el vagón 14-24 para escribir entre un grupo de locos ex imperialistas británicos sobre aquel país que ellos conocieron y añoraron. Pero recordé que Theroux tuvo una buena bronca con el Nobel  V.S. Naipaul  (cito de memoria) en un canal de la televisión inglesa. Y dejaron de ser amigos para siempre, lo cual parecía ser fruto del cansancio y la rivalidad de dos escritores que saben narrar historias con las palabras precisas.
Más tarde, todavía, (o antes de la bronca, no sé) leí un divertido artículo de Paul Theroux publicado (juraría) en The New Yorker. Allí contaba que había asistido a una recepción multitudinaria de la reina Isabel II. Era en el extranjero. No llevaba gemelos para los puños de su camisa. Se puso esos clips con los que sujetamos los papeles. Temía que al dar la mano a la reina los clips cayeran al suelo. Pero se sobrepuso al cansancio de las recepciones regias y pensó que vería a tal distancia a Isabel II que le recordaría a un sello del Royal Post Service con el rostro inexpresivo de soberana.
Ya no me esfuerzo por recordar lo que leo tal como lo leí, de modo que no fatigo mi memoria. Da igual. Si Peter Handke, que ya tiene una edad respetable, se cansa o da saltos de alegría escribiendo sobre el cansancio, o cansa a los lectores esto no es cosa mía. Y si sus escritos son sombríos como la sombra de ciertos asfixiantes párrafos Thomas Bernhard, a quien sigo releyendo, tampoco es cosa mía.
Cada escritor es, él  mismo, un mundo agotador que muy rara vez se agota.

  17/07/2015  Contexto como Arquitectura
 

Asistí ayer a la presentación de un libro escrito por el arquitecto y amigo mío Carlos Salazar Fraile. El acto tuvo lugar en el Colegio de Arquitectos de Valencia, en la calle de mi infancia (Hernán Cortés) desde cuyos balcones del piso principal yo veía mear a las grandes caballerías enganchadas a carromatos cargados con neumáticos. Aquellas caballerías desaparecieron. También desapareció el almacén de neumáticos. Una tienda de paraguas de la familia Vizcaíno Casas, una sastrería a medida, unas cocheras  de un transportista llamado Vivó (alquilaba carruajes de muertos con caballos negros y plumones entre las orejas), un horno, un restorán que todavía existe –Palace Fesol- y un cine que cerró hace años, el  cine Metropol.
Sentado en la primera fila del salón de actos del Colegio Oficial de Arquitectos yo escuchaba con admiración a mi amigo Carlos Salazar quien disertaba  sobre el contexto como arquitectura (título de su libro de 100 páginas, precio 10 euros) y estaba convencido de que es un libro interesante y además, como él mismo dijo,  al alcance de quienes no tenemos apenas idea sobre arquitectura aunque sí experiencias  desagradables (un contexto personal)  y hasta un concepto pésimo de los arquitectos.
Cuando tomó la palabra una profesora de arquitectura que objetó algunos puntos de las tesis de mi amigo Salazar, y luego otra experta que también hizo lo mismo, yo pensé que los jarros de agua fría hay que soltarlos en la cabeza de los  intocables chapuceros de nuestra arquitectura nacional.  Y acaricié la idea de que se publicara  un catálogo razonado sobre las chapuzas de los célebres arquitectos españoles (otros no he padecido) y no solo  estudios sobre la arquitectura extranjera y los arquitectos mundialmente famosos.
Únicamente en Valencia nos pondríamos las botas.  Te das una vuelta por la ciudad a un lado y otro del rio, y  no hay calle que no tenga  varios edificios encamisados y con grúas o andamios para reparar las fachadas que  se caen a pedazos. No son edificios antiguos. Muchos son bastante recientes. Y no son baratos. Son caros. Los hay públicos y privados. En la plaza donde vivo, llamada de la Legión Española, hay varios edificios (La Pagoda y otros próximos a esta joya) cuyas fachadas se desmoronan.  Tuvieron  que emprender la reconstrucción  de lo que sin duda fue un error de cálculo y una falta de control de calidad de los constructores. O sea, ignorancia y desidia. O algo peor.  Claro que cuando escasea obra nueva aparece la prematuramennte envejecida que es urgente reparar a cuenta del bolsillo de los propietarios y del suplicio de polvo y ruidos a los que se somete al vecindario.
Si hablamos de Calatrava como el Primer Chapucero de los Arquitectos Levantinos cuyos grandes y costosos edificios causan vergüenza ajena, debemos andar con cuidado. Asesorado por abogados estrella puede meterte una querella por difamación, pues  él no parece responsabilizarse de sus tremendas pifias. Los divos siempre culpan a otros. Ellos salen si no airosos, tampoco por los aires a golpes de hostias, que es lo que merecerían.
Echo  de menos un catálogo razonado   de las obras chapuceras de los arquitectos que pontifican sobre otros arquitectos o que, con el mayor descaro, imitan a aquellos pensando que no se nota su tendencia al plagio.
No sé como apuntalarían los rascacielos neoyorquinos nuestros genios de la arquitectura y esa legión de técnicos que los rodean porque los grandes edificios de NYC o de LA no se ponen de acuerdo, como parecen hacerlo los edificios valencianos, para soltar pedazos de mármol mal adherido a las fachadas, y montar este enjambre de redes con el único fin de que esos meteoritos no maten a los peatones o vagabundos que ignoran el peligro que corren. Encima de no tener techo propio, los matan quienes sí lo tienen. El colmo ¿ no?.
Si yo fuera profesor de arquitectura de alguna escuela española de renombre encargaría a mis alumnos que acometieran ese inventario. Les diría: ustedes elijan calle y casa y analicen qué se hizo y cómo para producir semejantes chapuzas por metro cuadrado. Lo que hacen los Gehry, Venturi, Johnson, Lloyd y compañía –por citar a algunos del Olimpo- nos interesa bastante menos que lo que han hecho los arquitectos de la generación que les precede, muchachos, con estos ya tenemos bastante.
Aplaudí  al autor de Contexto como Arquitectura y pedí que estampara su firma en el libro que leeré de cabo a rabo esta tarde.  No  compadeceré su falta de conocimientos (los tiene de sobra)  sino su falta de trabajo en estos tiempos difíciles.

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