escritura interior
  
 
  21/06/2016  Cloroformo
 

Una casa, como la memoria, está amueblada de voces y toda clase de sonidos. Cuando no está amueblada lo único que puedes oír son ecos, muchas veces imaginarios y puedes captar olores que incluso, demolida la casa, vienen a tu encuentro. Pasé el otro día por delante de la casa en la que transcurrió mi infancia, de no muy feliz memoria. Percibí un intenso olor a cloroformo. Cerré los ojos y vi a mi padre entrando en el piso (calle de Colón 74) y supe de dónde venía aquel hombre que ayudaba a anestesiar a los niños del Asilo de San Juan de Dios, situado en la Malvarrosa. Era ya la hora de comer. Lo esperábamos y sabíamos que el olor tan intenso a cloroformo pegado a su ropa desaparecería una vez se cambiase la que llevaba por otra limpia. Apenas comentaba mi padre algo relacionado con la operación quirúrgica en la que había ayudado al cirujano encargado de arreglar las extremidades de los niños internos en aquel lugar. Yo daba por supuesto que habría sido un éxito y que su trabajo como médico pediatra ayudando al anestesista y al traumatólogo le había llenado de satisfacción. Su optimismo natural crecía. Su cabeza parecía seguir mucho más pendiente del bisturí y de la anestesia que de los alimentos que tomábamos en silencio. Aquella casa en Valencia y el olor a cloroformo fueron inseparables cada miércoles, el día de la semana en el que el doctor Oliete, a cargo de aquel hospital, dedicaba a las operaciones. Los niños iban rapados al cero. Pasaban las horas de sol en sus camas colocadas en una gran terraza. La imagen es imborrable. Estaban prácticamente en los huesos (no sé si su enfermedad principal era tuberculosis) y viendo a aquellas criaturas era fácil comparar su delgadez y sus ojos tristes con los que vimos en las fotos de los niños judíos cercanos a su fin. En Navidades mi padre nos llevaba a mis hermanos y a mi a visitar a aquellos niños. Los frailes de San Juan de Dios ponían un belén impresionante y a nosotros nos fascinaba. Les llevábamos juguetes y pasábamos sin detenernos excesivamente por delante de las camas. Era triste, como lo eran los años de la posguerra en España. Pero aquella era la realidad que a unos y a otros, con mejor o peor suerte, nos correspondió vivir. Mi padre, los niños, el sol de la Malvarrosa, el belén y los frailes con sus hábitos formaban una especie de grupo en una obra teatral que personalmente me entristecía. ¿Cuántos niños de los muchos internados en San Juan de Dios se salvarían y podrían volver a sus casas, o adonde fuera ya que algunos eran pobres y carecían de hogar? ¿Quien los recogía? El cloroformo, que hoy día ya no tiene aplicación como anestésico, incendiaba los recuerdos. La casa de Colón 74 fue demolida años más tarde. Y otra sin olor ni memoria de él ocupa hoy ese número en el callejero. Como es lógico mi padre murió, el hospital de San Juan de Dios debió de sufrir reformas (quizá ya no existe) y los niños pasaron a la historia del inútil sufrim

  14/06/2016  Malditos debates
 

Como tantos otros españoles también yo fui víctima la otra noche del tan esperado debate electoral a cuatro que más parecía un concurso barato de acertijos que un pulso político al final de una campaña agotadora. Los políticos y los periodistas que lo moderaron resultaron pedantes y soporíferos. Me pregunto si de lo que se trataba era de rematar a los votantes por anticipado y que ya nadie tuviera energías el día de las urnas para acercarse a la mesa abanicándose con la papeleta. Pero está claro que lo que es posible desarrollar con naturalidad en el plató de cualquier país europeo, en España adquiere una solemnidad absurda e irritante. El envaramiento de los políticos era idéntico al de sus moderadores, todos ellos con cara de telediario y la escasa imaginación de los organizadores producía a veces vergüenza ajena o risa. Ya da igual tener debates que no tenerlos. Porque cuando acaban esos discursos sabes menos que antes de que los pronuncien. Me gustó ver a Rajoy en el papel de Rajoy, un político fracasado pegado a la silla de mando con el pegamento de la corrupción que él se sacude de encima parpadeando y, a veces, con desparpajo y chulería. Al menos –me dije- este es gato viejo. El resto solo era una comparsa que por mucho que hicieran para diferenciarse por el toque peluquería o el corte de sus pantalones, mostraban impaciencia por acabar el show e ir a echarse un trago en la taberna a la salud del país que pretenden liderar para sacarnos de la ruina a la que nos ha llevado, paso a paso, el presidente en funciones.

  07/06/2016  Crisis de angustia
 

Me importa poco lo que ayer creía muy cierto. Pero sé que mañana es muy probable que todavía me importe menos. Por ejemplo, que admire a alguien sobre quien no habría puesto mi atención y que, de pronto, encuentre que se trata de una persona excepcional. Y me he preguntado: ¿Cómo ha podido ocurrir este fenómeno? Creo que ni siquiera merece la pena hacerse estas preguntas cuando lo más probable es que en ningún momento tú mismo estés de acuerdo sobre cualquier opinión que oscila de un modo abrupto e inesperado. Todo esto tal vez quiere decir que no habría que convencernos de que hago una cosa u otra por una razón más poderosa que cualquier razón que antes hubiera considerado. No somos a las diez de la mañana de un día luminoso en absoluto aquel individuo que habría deseado ser él mismo y en aquel momento. Me importa poco qué fuera ese individuo, en ese día luminoso y a esa o a cualquier otra hora, porque nadie sabe cómo reconocerse a las diez de la mañana de un día luminoso. ¿Qué significa luminoso? ¿Y cómo lo represento? No tengo ni idea. Ser luminoso es para un individuo ser un individuo que reflexiona en torno a esa cualidad de luminoso. ¿Vale la pena dedicar nuestro tiempo, que no es ni luminoso ni sorprendente ni nada que se le parezca, a pensar en estas cosas para finalmente concluir con una o dos frases que resumiría de este modo: Me importa poco? Te gustaría ser sincero y sencillo. Sabes que para llegar a eso has debido de mentir mucho y ser sumamente complicado. Por tanto, si un requisito para ser un hombre luminoso en un día cualquiera exige sinceridad y sencillez, estamos ante un imposible. Si no has mentido no sabes lo que es la verdad. Si no te has enzarzado en argumentos retóricos ignoras lo que es la sencillez. Por tanto, aquel día con el que soñabas como luminoso es pura ficción. Muy pronto proseguiré con este comentario sin ruta ni destino renunciando a alcanzar la sencillez y la sinceridad.

  31/05/2016  Carta a un amigo escritor
 

Hoy fue el día de la mudanza del hospital donde estuve ingresado cuatro interminables meses a mi casa y todo ha resultado algo extraño. Yo mismo no sé en este momento cómo ni qué alcance dar a esa extrañeza que uno vive muy a pesar suyo. Esto daría para una larga escritura: desarrollar qué es lo extraño y diferenciarlo de lo que tal vez solo sea un sentimiento de malestar y de inquietud. Pero me alegra mucho abrir el ordenador y ver tus mensajes que en definitiva son siempre el mismo mensaje. O sea, no quiero dejarme arrastrar por la inercia. No quiero ser ese toro ya muerto al que llevan sobre la arena para desaparecer del público. Quiero ser yo mismo por poco que sea eso. No quiero ser como los demás que desean únicamente ser como los demás.  Hay tanto que tratar sobre este tema de identificación, del arrastre del toro muerto, y de las pequeñas criaturas que desean salir de la mediocridad. También esta lucha me interesa, cultivarla y al final ganarla o simplemente creer que la he ganado. Cuando la ambulancia me ha dejado delante del portal del edificio no sabía si darle la mano al conserje, al conductor del trasto que se abre camino a golpe de sirena (por cierto ni una sola vez la hizo sonar) o por el contrario darle la mano a mi perro que me esperaba tal como me despidió. Sin enterarse de lo que ocurría en ese momento. Ya conozco ese sentimiento ambivalente hacia los editores a los que ves tan pronto como los grandes amigos de tu infancia o como unos mercaderes que pasan medio día en el chiringuito y el resto de ese mismo día en sus ensoñaciones.  Te dejo pues en las tuyas que en determinados momentos te pueden hacer tanto bien como mal. Y en este territorio de contradicciones es en el que nos ha tocado - o hemos elegido - sobrevivir.  La enfermedad te vuelve o más tonto o más reflexivo. Esto último se parece mucho a lo primero. Ser tonto sin renunciar a ser razonablemente reflexivo puede ser una solución sensata.  Te mando un abrazo, Ignacio

  24/05/2016  Fecha de caducidad
 

Al final de la calle iluminada con farolas de morfina se ve impresionante el rótulo de la clínica: Aquí se cura el cáncer. ¿Qué mierda es esta? No voy a entrar ahora en un edificio que prolonga sus promesas hacia otra parte. Volveré si acaso en otro momento. Detrás de la clínica del cáncer prosigue la misma calle que nos condujo hasta aquí. En lugar de farolas de morfina hay un enjambre de moscas con sus alas blancas que te empujan al interior de un segundo edificio. ¿Qué rótulo lo identifica? ¿Qué enfermedad se cura aquí? Nadie intercepta el acceso a esta otra clínica. Nadie te indica lo que debes hacer o abstenerte de hacer. Se da por entendido que lo sabes perfectamente. En el centro está la cocina. De sus paredes cuelgan media docena de cunas para prematuros. Están vacías. Por lo demás, existen todas aquellas cosas que encuentras en cualquier cocina. Si abres el congelador desbordan los productos comprados con fecha de expiración. Para ti carece de importancia cualquier fecha posterior a la de tu nacimiento o inmediatamente anterior a la de tu muerte. Cayó una gran pieza de carne roja del banco de mármol a las baldosas del suelo. Chorreaba sangre aunque no en exceso. ¿Cuántos días, semanas o meses llevaría sangrando allí? ¿Por qué nadie se hacía cargo de ella? Las moscas con las alas blancas husmeaban alrededor. Es lógico que se trataba de una pandilla de respetables médicos agitando sus batas. Las batas blancas ascendían y descendían, torpemente atraídas por aquella presa. ¿Quién quería escapar de quién? El asco te hizo salir de la cocina sin contar el número de puertas que te separaban de esa calle interminable. Eran tantas que renunciaste a hacer conjeturas. No era un sueño. También renunciaste a averiguar qué era aquello. Quien eras tú. Y qué motivo era el que te retenía allí. Pero algo muy poderoso, superior a tus fuerzas ya escasas, decidía el curso de tus actos.

  ver más escritura interior
 
nota legal