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Hace años oí decir por la radio a un escritor español de éxito
comercial que Jorge Luis Borges era un coñazo.
Lo dijo de un modo tan rotundo que su entrevistador ni siquiera le
pidió que explicara por qué. Pasó a otro tema. Y yo también cambié de emisora.
Antes y después de escuchar semejante opinión, que Borges es un
coñazo, yo había leído casi toda su obra sin darme cuenta de que era un coñazo.
Ahora he vuelto no sólo a leer a Borges, algo que hago de cuando en
cuando (como hago con Kafka), sino que además estoy leyendo entre unas lecturas
y otras de Borges un libro de Bioy Casares, confidente de Borges durante muchos
años, que desvela aspectos desconocidos de la personalidad de Borges, todos
ellos fascinantes.
Bioy Casares escribió una especie de dietario dentro de su diario dedicado a Borges. Es un libro inmenso, como
exige un autor tan coñazo como Borges, y es un libro extremadamente ameno
porque Borges da el coñazo con amenidad. Por si me quedaban dudas acerca de la
amenidad, culta y sorprendente, de Jorge Luis Borges, el anecdotario que
contiene esta crónica de los encuentros entre Bioy y el autor de El Aleph las
despejan por completo.
Conviene leer con calma este volumen que, además, tiene varios
índices que facilitan la consulta por materias, fechas y nombres, aunque lo
cierto es que ningún aparato auxiliar será nunca suficiente para ocuparse de
Borges. Se le puede entrar por infinidad de lugares, dejarlo y retomarlo. Y
siempre es nuevo y se basta a sí mismo. Siempre es el escritor inesperado.
Sólo para lectores ellos mismos aburridos resultará un coñazo Borges.
Para el resto, es todo lo contrario. Es estimulante.
Hace un rato acabo de leer algo que me ha hecho gracia. Lo cito de
memoria. En cierta ocasión, encontrándose en Madrid Borges, alguien por detrás
lo llamó insistentemente: “¡Soy Gerardo Diego, soy Gerardo Diego!”, repitió
varias veces. Y Borges se volvió algo irritado y repuso: “Pero, ¿en qué
quedamos? ¿Es usted Gerardo o es
Diego?”.
A mí, que no leo libros de aventuras de nadie a excepción de los inclasificables
libros de las alucinantes aventuras de Borges, me traen bastante sin cuidado los exabruptos que se
oyen de cuando en cuando por la radio. Los soltaba Umbral. Una vez muerto
Umbral hay imitadores que los siguen soltando. Son como los políticos. Lo mejor
es ignorarlos.
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