escritura interior
  
 
  24/08/2014  Memorable el qui gong de Vargas Llosa
 

A lo mejor no merece la pena escribir lo que voy a escribir sencillamente  porque no merece la pena leer el artículo que El País de hoy (24. 08. 14) publica en su página principal  firmado por Vargas Llosa. Lo hago porque me escandaliza que este periódico, cuyo  director lamenta que haya perdido credibilidad y lectores, incluya publicidad (encubierta)  de una clínica de adelgazamiento de lujo a la que ha ido el novelista Vargas con su esposa Patricia para perder unos kilos. Siempre es bueno perder algo que sobra y molesta, como debe ser el caso de este matrimonio. Pero hacer el elogio del ayuno y de los ejercicios chinos llamados  qui gong,  en momentos en los que  media humanidad pasa hambre y una buena parte de ella muere en enfrentamientos bélicos y existe la amenaza de una escalada terrorista y de una intervención militar norteamericana en Irak, me parece que revela una insensibilidad de un escritor que presume de estar política y socialmente comprometido.
Nos cuenta Vargas que "desde hace 27 años Patricia y yo venimos a ayunar cada verano a una clínina en Marbella". Poco después da el nombre de la clínica. Y más adelante justifica ese ayuno que "tiene por finalidad desagraviar a mi pobre cuerpo de las duras servidumbres a que lo someto el resto del año, con los viajes, jornadas de trabajo exageradas, compromisos sociales -los horribles cócteles- y culturales".
Tomo aire para continuar e imagino el pobre cuerpo de este señor (me abstengo de imaginar el de su esposa) y las duras servidumbres a que lo somete. Sobre todo me llama la atención esa queja que no puede reprimir al referirse a los cócteles, que le parecen horribles.
Y sigo leyendo que el ayuno solo no basta ya que "es preciso una intensa actividad física que estimule el proceso" (de adelgazamiento).
Y aquí entra de lleno Vargas en esa técnica milenaria china "que facilita a quien la practica placidez física y mental y permite experimentar confianza y tranquilidad para afrontar lo que venga".
¿Qué puede venir? ¿Degollamientos de periodistas secuestrados por EI?¿Más bombardeos en Gaza? ¿Más drones y tropas terrestres del derrotado ejército norteamericano en Irak? ¿Emn Siria? ¿En Libia? ¿O un poco de ébola, aquí y allá?
No lo sabemos y tal vez tampoco lo sepa Vargas, estupefacto y arrobado como se encuentra por los bienes que  aportan esos lentos y rítmicos ejercicios que tantas veces vimos practicar a los chinos en China, a las puertas de las fábricas bajo el amable régimen de Mao. Y por aquí, lo practican  igualmente  los chinos de todo a cien en la trastienda de sus negocios. Y en Paris, en los parques de toda la ciudad donde chinos y turistas y franceses se mezclan en el terapéutico vals. Y en Central Park, porque en todas partes cuecen habas y nada nuevo hay bajo el sol o la pluma del cotizado articulista.
Vargas Llosa  flota en el universo del triunfador senil. Confiesa haberse encontrado con una de esas "murcilaginosas retóricas bobaliconas y seudorreligiosas con que suelen autodignificarse las artes marciales", y prueba de ellas la menos violenta con una maestra angelical de la misma clínica que guía sus pausados movimientos ante un espejo.
Hay tanta cursilería en este anuncio a página entera, que lo mejor es que los lectores vayan directamente a la edición digital de El País y lo saboreen  directamente.
El escritor de La Catedral confiesa no conocer "mejor remedio para el mal humor o la desmoralización, los nervios rotos o los arrebatos de furia, esos esstados de ánimo en los que la vida parece no tener sentido ni justificación" que este milagroso qui gong Y yo pienso que ojalá Vargas hubiera sabido hace michos años  que tan solo media hora de este remedio chino le habría ahorrado pegarle el puñetazo que le pegó a su amigo Gabriel García Márquez, o tal vez habría deseado que una vez le asestó el puñetazo sin previo aviso arrastrado  por celos, la furia y esas cosas tan malas que ahora menciona, al menos, digo, el qui gong le habría permitido disculparse ante el amigo y reconciliarse con él, en lugar de mantenerse enfrentado incluso cuando supo que Gabo iba a morir. Tampoco Gabo deseaba verle la cara a quien se la rompió en publico.
Pienso en lo beneficioso que sería el qui gong para algunos políticos de mal talante. Es decir, para la inmensa mayoría. Yo me me conformaría con Rajoy.
"Me atrevo a soñar", declara al final de su artículo Vargas, del que El País se reserva los derechops mundiales de prensa en todas las lenguas del mundo, "que si los miles de millones de bípedos de este planeta dedicaran cada mañana media hora a hacer qui gong habría acaso menos guerras, miseria y sufrimientos y colectividades más sensibles a la razón que a la pasión -que ya no es imposible- podría terminar despoblándolo".



  24/08/2014  Una visión despiadada y cachonda de China
 

¿Qué ocurre con este libro de Joaquin Campos -Faltan moscas para tanta mierda- que al llegar a la mitad deseas que se acabe de una vez? ¿Qué es lo que fatiga? ¿La reiteración de las prácticas onanistas de Rodrigo Mochales, de sus borracheras, de los masajes que día sí y día no el protagonista que vive en Shanghai compra a las putas chinas, y que en cierto modo le hacen soportable rodearse de “la carroña social china”?
Cierta pornopatía se apodera del  personaje español que, de paso,  también detesta casi todo lo español, y que al rayar los 40 años sobrevive en un país cuyos habitantes hasta hace poco esclavos comunistas lo siguen siendo, salvo sus élites, de un capitalismo y consumismo gregario y estúpido, y que considera como pueblo la peor amenaza para el resto de los pueblos del planeta.  

Rodrigo Mochales no se compadece de ellos ni de su suerte o estulticia mimética que los conduce al caos. Entre tanto el personaje  sobrevive con sacudidas de angustia por follar sin condón, algo que le hace temer contagios, pero le consuela pensar que una enfermedad venérea pueda acabar con él. “Llorar es otra forma de eyacular”, dice. Y en otro lugar declara que “aquí se folla como los conejos: veinte segundos y al ginecólogo. Que hay tantas madres sin orgasmos…”

No se salva nadie, salvo su gata Bowie que le llena de pelos la cama y el pene, pero el refugio sexual extremo cuando logra que en vez de una china sea una japonesa, le satisface. Estas, las japonesas, son limpias y educadas. No tienen nada que ver con las otras. Y no mienten. Tampoco hacen la tijera con las piernas cuando  quieres salirte, mientras que las chinas aprietan.

“Aún no he leído a nadie, sea escritor o periodista, narrar lo que por aquí de verdad acontece”, escribe en su diario el comerciante Mochales. Asegura que “no es lo mismo lo que escupen los teletipos que luego fusilan los corresponsales (…) China es un sembradero de aguas fecales y edificios de setenta plantas de cartón-piedra; un prostíbulo general donde los valores ya hace tiempo que volaron”.  

Mochales va enumerando y describiendo casos de corrupción y de extorsiones en "un país ahogado en una depravación que ha conseguido más a golpe de cintura que de masa encefálica".

La imagen  idílica que la prensa extranjera proyecta de China no tienen nada que ver con la  versión brutal del novelista. Sus  experiencias personales lo prueban.

“Todo lo que tenga que ver con la pasta, hay que negociarlo a la manera ludópata: regateando, apostando, echándose faroles. Es asqueroso. Me quiero ir de esta bazofia lo antes posible”.
Este deseo de largarse del lugar donde lleva dos años sufriendo y odiando lo indecible, este obsesivo deseo de fuga propio de un recluso en una cárcel, fatiga al lector: si Mochales está, como asegura,  hasta los cojones de China, ¿por qué no hace algo, a menos que sea masoquista, algo quizá tan simple como cortarse los cojones en la plaza pública?, piensa irritado el lector. ¿Por qué no pasa al acto?
Pero no hay  más acto que el  sexual: un masaje, otro masaje a las pocas horas con paja incluída, una buena comida eligiendo bien el lugar, un trago perfecto, droga según la escala, y una de las muchas mujeres disponibles con la que follar. Porque está claro que Mochales está atrapado en este mundo “de parias y de enfermos” que hacen que “mi termómetro social ande vacío de mercurio y lleno de desasosiego”.
La  escritura, y cuanto más bestial sea mejor bálsamo proporcionará, le inspira y apacigua: “Los secretos que no se cuentan -y más si son placenteros- te llevan a la tumba en forma de tumores. Contar lo bueno como lo malo. ¿No cagamos siempre que comemos y bebemos? Pues eso, contemos todo”.

Alcanzado el final del libro, damos por bueno que todo ha sido contado con fuerza y tesón, en algunos momentos con brillantez, para quien quiera leerlo. Y creo que tendrá muchos lectores.

La frase que cierra su informe sobre China y sobre él mismo, es esta:  
“Mi mente, bastante más enferma que el resto de mi cuerpo, dispone de un cubo de basura donde lanza todos los recuerdos que no le convienen”.

  21/08/2014  Faltan moscas para tanta mierda
 

Todavía no  he terminado de leer Faltan moscas para tanta mierda, un libro de Joaquín Campos que trata de China y de sí mismo. Como la edición es en formato ebook, he detenido la lectura en el porcentaje 48 de la descarga, o sea casi a la mitad del texto.

Creo que si la narración no decae  (si tal cosa ocurre lo lamentaré) podré decir que hemos de estar atentos a un escritor  ágil, con fuerza narrativa y cosas que contar con un estilo directo y coloquial. ¿Demasiado bestia?  No. Es fiel a la materia de la que se ocupa: China,  país y  sociedad espeluznantes, en la que el protagonista entra a saco y registra en su diario con crudeza, no exenta de humor.

Joaquín  Campos se presenta con estas palabras en su propio blog:
 

“Nací en 1974 por aquello de poder contar a los amigos nacidos a posteriori que yo viví en una dictadura. He residido, aparte de en mi ciudad natal, Málaga, en Madrid, Segovia, Barcelona, Murcia y Menorca, por parte de España, sobre el Mar Mediterráneo y el Océano Atlántico, a lomos de un crucero, y desde 2007 en Asia, primero en China y desde diciembre de 2012 en Camboya.

  Toda mi vida cocinando para ahora ponerme a escribir. Justamente lo contrario que hacen los escritores consagrados, que se marcan paellas mediocres en sus mansiones-librerías con el ansia que generan los dieciocho minutos oficiales de la cocción del arroz bomba y ese aplauso inventado de unos invitados que luego le ponen a parir en un aparte. Yo, por lo pronto, mancho de aceite de oliva extra virgen las teclas de un teclado que apesta a guiso. El día que no escriba estaré muerto".


*Campos colabora desde Camboya con la excelente  revista Fronterad.

  19/08/2014  Silencio, habla el director de El País
 

El director de El País, Antonio Caño, hizo muy buen periodismo a lo largo de su carrera. Tiene méritos profesionales suficientes para ocupar el cargo de director. También debe tener otras cualidades. Desde luego no hay que explicarle  cómo se hace un buen periodismo.
A los pocos meses de estar al frente de El País, periódico de referencia en España, ha expuesto a  la agencia Efe sus puntos de vista  sobre la materia. Ha hecho referencias  al periodismo y a los periodistas  norteamericanos como un ejemplo a seguir.  Ha reconocido que El País ha perdido credibilidad, y también lectores, pero ha silenciado algo tan elemental como explicar cuáles han sido los motivos que ocasionaron  la pérdida de esta credibilidad.  ¿Por qué elude esta cuestión?

Si es atribuible a una falta de reflejos del entrevistador no haber preguntado precisamente eso, cuáles son los motivos de la pérdida de credibilidad de un periódico de referencia, pudo Antonio Caño haber enumerado los fallos cometidos sin que se lo pregunte su interlocutor. El director de un periódico debe seguir siendo un buen periodista. Es decir alguien que sabe  qué es lo que quiere saber el lector.
Por eso,  acabar hablando de la fe que tiene en "la marca" y en la recuperación de su credibilidad tiene poco que ver con los hechos y la información. La fe del director debe razonarla, a menos que se trate de la llamada fe del carbonero.

  13/08/2014  He visto de todo, casi he visto a Dios
 

Unos llegan por mar jugándose la vida. Otros por tierra para saltar la valla, jugándose la piel. Algunos caen desde lo alto de las alambradas y se rompen una pierna, un brazo, el cuello o la crisma. Los vemos por televisión. Son cientos. Vienen a rachas. Y nunca los esperamos porque no se trata de viajeros sino de inmigrantes sin papeles. Sin nada más que lo puesto. Besan el suelo. Levantan los brazos y agradecen a su dios la ayuda que les prestó. No es nuestro dios. No se trata de nuestra ayuda. Se trata de un destino maldito y del azar que los llevó a nacer donde hay hambre, guerras, enfermedades a las que desde hace poco se une la epidemia mortal del Ébola.
Hay que hacer algo, dice una reportera destacada en el escenario de esta tragedia, para que estas imágenes no vuelvan a repetirse. ¿Estas imágenes? ¿Hablamos de imágenes o de hechos que recogen las imágenes? Los hechos serían los mismos sin las imágenes. Y nuestra pasividad es idéntica con o sin imágenes. La indignación apenas dura lo que la proyección de esas imágenes. Un minuto escaso.
Llegó una criatura con menos  de un año sin sus padres porque no pudieron subir a la patera. Los gendarmes marroquíes lo impidieron. Y esta niña, ahora sin padres y sin nombre, acompañada de otra docena de niños algo más mayores, tenía fiebre. La Cruz Roja la atendió. Las enfermeras la llamaron  Princesa. La Princesa de Tarifa, me imagino.  Le dieron un biberón. Se quedó dormida en los brazos de quienes la atendieron. 
He pensado en la Princesa de Asturias. ¿Qué tienen en común la princesa negrita sin padres y la blanca y rubia hija de los reyes de España? ¿Les une algo?
He imaginado a la reina Leticia con su propia princesa viajando desde su palacio en Mallorca al hacinado centro de inmigantes de Tarifa. He imaginado que deseaba conocer y acariciar a la princesa negra y presentársela a su hija, la princesa de Asturias.  Y por eso he imaginado sin dificultad  a la futura reina de España acariciando a una princesa sin futuro alguno.
¿Es justo lo unos tienen porque sí, y lo que otros no tienen también porque sí?
A continuación aparecieron en la misma pantalla los subsaharianos encaramados en nuestra recia valla, compartida con el reino de Marruecos,  que se esforzaban por no desfallecer. Pero el calor, la sed y el dolor de las cuchillas y de las púas pudieron con ellos.  Fueron  cayendo como brevas maduras.
Después han aparecido los turistas extranjeros divirtiéndose en Mallorca.  Los turistas gais y k
lesbianas pasándose lo en grande en una fiesta multitudinaria para ellos. Y he visto escenas de  la tomatina, en Buñol, escenas de archivo tan repugnantes en diferico como en directo. El Ayuntamiento de dicho pueblo, sin duda refinado, entregará  una parte de los ingresos producidos del asqueroso espectáculo a fines caritativos.
También he visto cómo la bronceada ministra de Sanidad acudía al fiuneral del misionero español muerto de Ébola en el hospital Carlos III, en Madrid. Y he visto el recipiente con las cenizas del fallecido en manos de algún familiar, seguramente, o en manos de algún miembros de la orden de San Juan de Dios.
No he visto a Dios de puro milagro.  Porque esta noche he visto de todo.

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