escritura interior
  
 
  07/10/2014  El ébola no es lo peor
 

¿Como va a ser lo peor el ébola cuando sin ese virus ya estamos todos sangrando y enfebrecidos?
El mal está en la incompetencia de las autoridades, y no sólo políticas,  que decidieron repatriar de manera temeraria a un misionero poco menos que agonizante contagiado de ébola.
La cadena de errores es consecuencia de aquella temeridad que tuvo más de publicidad efectista que de compasión humanitaria. 
La necesidad de compasión de la ministra Mato, que  desempeña su cartera con crueldad, la satisface con actos llamativos pero no la demuestra  con los enfermos de hepatitis mortal. Coloca al misionero   en un hospital especializado en enfermedades infecciosas. Se va a casa. Y todo resuelto. Eso sí, hemos de creer en la eficacia de la aplicación de un protocolo.  Hay trajes especiales. Expertos. Hay de todo, pues ella es una ministra total. La otra, tidavía callada, es Báñez.
En este caso que alarma a medio mundo la  insensatez política ha ido de la mano de la feroz propaganda gubernamental.
Veremos si la enfermera contagiada, y aquellas personas que pueden enfermar por contagio, se curan o se mueren. Los ministros grandilocuentes de Exteriores, y creo recordar que también el de Interior, hablaron hasta hartarse en su día y aquella charlatanería contrasta en este momento con el silencio   de la ministra Mato.
Piden su dimisión cuando ya es tarde para pedir nada. Y no sólo es tarde sino inútil: tenemos al ministro Soria,  el chico de los tics y de los recados, tranquilizando a la población. ¿No da risa este señor con cara de cobrador de la luz?
Sólo el  jefe de la manada, Rajoy, es sabio. No está en ninguna parte, ni siquiera cuando se va a China.  Tal vez así sea mejor. Un Rajoy que imaginamos metido en una ambulancia insonorizada con tubos y silencios y sin rumbo fijo.
Tranquilos, españoles todos. No pasará nada. Esto no afectará al Turismo. No dañará las ventas de Zara en el mundo. Ni a la Bolsa que unos días tose y otros estornuda. No pasará nada. ¿Acaso no estamos convecidos de ser la envidia de Europa?  ¿El modelo de recuperación a seguir? ¿La monarquía moderna y progresista por excelencia, si nos olvidamos de Arabia Saudí y de otros  emiratos parecidos?

  27/09/2014  Último encuentro de Ignacio Ramonet con García Márquez
 

Pasé un buen rato leyendo  un artículo de Le Monde Diplomatique en el que Ignacio Ramonet relata de un modo  ameno e inusualmente gracioso  su último encuentro con Gabriel García Márquez, en la Habana.

Se produjo cuando circulaba el rumor cada vez más insistente de que el premio Nobel sufría un cáncer linfático y estaba siendo sometido a “una agotadora quimioterapia”.

El periodista Ramonet telefoneó a Mercedes, la esposa de Gabo, y esta desmintió los rumores que utilizaban para sacudirse de encima a esos moscones que querían verle.

Animó al amigo periodista a que acudiera a su casa y comprobara el magnífico estado en el que se encontraba el premio Nobel.

El periodista, en efecto,  describe a Gabo –cabellos húmedos y rizosos, guayaba amarilla, pantalones anchos blancos, zapatos de lona y una saludable sonrisa- como a “un personaje de Visconti”, quien a las dos de cambio reconoce que aparenta ser más joven de lo que es aunque “con la edad compruebo que el cuerpo no está hecho para durar tantos años como nos gustaría vivir”.

Hablan de su obra, de los países que ambos conocen bien, de política y de  una cierta visión compartida del mundo y de la vida, pero Gabo sugiere a su interlocutor que deben conversar como ingleses bien educados evitando los temas de salud.

Ramonet se rió hasta las lágrimas cuando el Nobel le contó cómo adquirió una casa que le ilusionaba  tener en propiedad en Cartagena de Indias. Disponía de dinero suficiente para comprarla, dijo Gabo, pero lamentaba que su fama de millonario hiciera que los precios subieran cuando los vendedores o intermediarios sabían quién iba a adquirirla. Entonces doblaban o triplicaban el precio,  por lo que Gabo aceptó que un amigo negociara aquella compra ocultando la identidad del comprador.

El propietario de la casona era un anciano ciego. Quería venderla pero no sin conocer y charlar antes con el comprador. El amigo de Gabo alecccionó a Gabo para que se hiciera pasar por mudo. La voz lo delataría. Y cuando se conocieron vendedor y comprador, uno ciego y el otro mudo, nadie esperaba que a Gabo se le escapara una exclamaciín -¡UF!-  y que el ciego descubriera el engaño.

-Usted es García Márquez ¿no es cierto?

-Sí, señor.

-Pues el precio ya no puede ser el mismo que si no fuera quien es, un hombre rico y famoso.

-¿Cuánto entonces? –le preguntaron resignados Gabo y su acompañante.

El anciano reflexionó un instante y dijo:

-¡La mitad!  Para usted el precio es... la mitad.

Y el ciego vendedor explicó que era él mismo era rico y que había hecho una fortuna como propietario de  una imprenta en la que se hartó de imprimir ediciones piratas de las novelas de García Márquez...

 

Conocida y admirada la facilidad de García Márquez para inventar su propia vida como si fuera una sucesión de relatos fantásticos, puedo sospechar que esta anécdota es falsa, o quizá medio verdadera o, por qué no,  totalmente verídica. ¿Qué impoorta?   Personalmente  prefiero que no se esclarezca nunca.

 

Ahora me propongo  abandonar  el campo para instalarme en la ciudad y necesito un piso en alquiler (sin muebles), algo que no es demasiado fácil.  Cuando aparece uno que me gusta, el precio es demasiado elevado. Cuando el preccio de otro me conviene, el piso es poco menos que un asco.  Y recuerdo la anécdota de Gabo. ¿Debería presentarme ante los  agentes del mercado inmobiliario como alguien que puede pagar una renta alta, o como alguien que no puede llegar, ni de lejos, a esos precios? ¿Cómo hay que negociar para conseguir un precio adecuado?  ¿Aparentando ser más pobre de lo que uno es? ¿O  lo contrario? 

 

Hace muchos años, Ramón J. Sender, un gran escritor y un astuto aragonés exiliado en California,  me dio  un consejo útil para tratar con editores.  Me dijo que si un editor cree que necesitas el dinero que te debe,  no te lo pagará por mucho que le insistas, o lo hará con desgana y con retraso. Mientras que si le consta que te sobra el dinero, que tienes incluso más dinero que él, entonces te pagará enseguida  y sin rechistar. 

 

 

  12/09/2014  El subalterno Moragas
 

Ramón Vilaró  cierra  su último artículo (Madridcapital.com) con estos dos esclarecedores  párrafos:

“El voto en Escocia influirá en Cataluña, sin lugar a dudas. Aunque sólo sea a título de ejemplo de ejercicio de las libertades democráticas. Una lección que deberá sospesar el gobierno del presidente Mariano Rajoy, porque negando la realidad los problemas no se solucionan solos.

La sociedad catalana, si no puede ir a las urnas el “9-N”, si irá en unas elecciones autonómicas anticipadas donde se vislumbra que el futuro presidente de la Generalitat, Oriol Junqueras, tiene muy claro su programa: la independencia de Cataluña ¿Qué pasará, entonces, si lo ratifican una mayoría de ciudadanos a través de sus representantes en el Parlament de Catalunya?”

A Rajoy no parece inquietarle lo que a un gobernante  demócrata y responsable debería quitarle el sueño:  el hecho cierto de que nadie se fía de él no solo en Cataluña, que ya es bastante,  sino en el resto de España.
Los españoles estamos siendo víctimas de una clase de político que no merecemos. Aquel escandaloso error  cometido al  tumbar el Estatut como si se tratara de una pieza de caza mayor que había que abatir sin contemplaciones, no ha querido rectificarlo Rajoy. ¿Hay herencias ignominiosas con las que vive perfectamente?
La tozudez de Rajoy hace que los acontecimientos que menos desea se precipiten incontrolables. Es el resultado de una torpe forma de gobernar. El escándalo Pujol ha intentado explotarlo en su propio beneficio y contra las aspiraciones soberanistas del pueblo catalán. Se le ha visto el plumero. Ahora,  su asesor Moragas ha metido la pata como si fuera Urdangarin.  Es un subordinado tan ridículo  como su jefe.
Cataluña puede sobrevivir con dignidad a un ex dirigente corrupto tolerado, no lo olvidemos,  por sus aliados políticos, entre ellos el PP.  Lo que tendríamos que saber es si los porcentajes cobrados ilegalmente a modo de comisiones por el President no sólo lo enriquecieron a él y a su familia,  sino también a otras familias de más alto rango. Algún día se sabrá.
Me pregunto  si Rajoy, su gobierno  y el PP  pueden sobrevivir  hasta el final de la legislatura sin depurar la cadena de mando de  sobornos y otras prácticas bochornosas. Ya veremos. Juegan con fuego.

  11/09/2014  Botín y el doble de Mohamed VI
 

El titular de hoy en El País es del tipo que en el oficio se denomina de bandera o catastrófico. Tiene de ambas cosas. Dice así: “Muere Emilio Botín, el hombre que revolucionó la banca española”. Un poco más y en el instante de euforia pensando en los ingresos que a los periódicos va a reportar el fallecimiento, pudieron exagerar algo más el titular, si no en tamaño al menos es extensión, y afirmar que Botín revolucionó la banca mundial. ¿Por qué no? ¿Quién rebatiría esta afirmación? No lo harían ni sus enemigos declarados.

Un muerto ya no tiene enemigos. Tiene herederos. Y tiene estirachaquetas que aun siendo ya cadáver seguirán por un tiempo haciendo la pelota al hijo, nieto y bisnieto de banqueros. De manera que le dedican artículos elogiosos en este diario de referencia y reverencia desde el pedante Juan Luis Cebrián hasta el pudiente banquero de la competencia. Todos tienen algo que decir. Seguramente también bastante que callar.

Nuestro Felipe VI calificó a Botín como un “grandísimo hombre”, y de este modo no dijo nada y lo dijo todo. O eres grandísimo o eres grande o eres lo que eres y no hay más que añadir. El rey de España, y su familia, a quien deben estar agradecidos monetariamente es a la Caixa, que mantuvo en nómina de oro a la Infanta Imputada.

El fallecido Botín (TVE dijo en uno de los telediarios que “Botín murió con las botas puestas” ) no creo que movió un dedo a favor de los desahuciados. Se quedaron sin techo centenares de españoles y el señor Botín apostaba por la Fórmula 1. No por los que gracias a la banca revolucionada iban a la puta calle al no poder pagar las hipotecas. En el cielo, que es donde se recogen los últimos dividendos, este banquero conocerá el saldo de sus auténticos méritos. Esos locos de la coleta y de Podemos han dicho que “la  banca que representa Botín es la responsable de buena parte de de los problemas que tenemos en nuestro país. Es un ejemplo de lo que no se debe hacer en democracia”.

Aznar, por su parte, tampoco ha podido ser más claro: “(Botín) ha hecho de España un país moderno”.

Pues si ya somos modernos ¿qué nos falta ser? Nada.

Cuando muera, si Dios lo quiere y lo llama, el insuficiente respiratorio de El Corte Inglés, don Isidoro Álvarez, a quien cada día en la cadena SER -y en otras cadenas de radio- sus vendedores  nos dicen qué debemos comprar, cuando este Álvarez de 79 años fenezca, algo tendrá que idear el rey de España para calificarlo. ¿Grandísimo hombre? ¿Rey absoluto del comercio de la corte del pequeño bufón? Veremos. Los asesores de S.M. estarán fabricando algún elogio del que no tenga que arrepentirse al día siguiente.

Ya iba a apartar el periódico hastiado cuando en la página 50 dedicada a Gente, sección en la que cabe casi todo, leo el siguiente titular: “A prisión un doble de Mohamed VI por suplantarle".
¿Cómo ha osado suplantar un súbdito al monarca?, me pregunto. Y el subtítulo añade que "el hombre se declara admirador del rey marroquí, se le parece y tiene su vestimenta y el mismo tipo de coches”.

El tipo tiene 30 años. Se llama Nabil Sbai. Es rico, quizá muy rico. Pero ello no va a librarle de los tres años de cárcel a los que el tribunal de Tetuán le han condenado. Así aprenderá a no jugar a reyes. Ni a tronos. Y si va en Rolls descapotable, no deberá saludar con ese movimiento de mano propio de los monarcas y sus esposas. Deberá si no dejar de parecerse al rey desaparecer del mapa marroquí, donde estas cosas son inadmisibles porque el rey Mohamed es inviolable según la constitución, que debe de ser de alivio.

Por lo que cuenta la noticia el condenado ha argumentado que admira mucho al monarca y le gusta cómo viste y los coches que gasta. Mal hecho. Si no le han caído otros tres años habrá sido gracias a la magnanimidad de los jueces. Y a que no hizo nada malo salvo parecerse al mandamás de la tribu y ser aclamado y aplaudido por el pueblo que lo veía raudo pasar por las carreteras y atravesar poblados.

A la reina Isabel II, por ejemplo, no la imita ninguna señora en Inglaterra, ni siquiera un travestido. No por nada. Porque tendría que ponerse en la cabeza complicados cacharros que pesan un quintal, gorritos de fiesta de fin de año, atuendos inverosímiles que ni en broma imitarían las súbditas a menos que fuera para participar en un programa de humor en la televisión. Y mira que en la isla abundan las señoras bajitas, joviales, sonrosadas y al parecer invioladas y eternas.
 

  04/09/2014  Vida sin milagros de Ortega y Gasset
 

Estoy de acuerdo: Azorín, dijo Ortega,  no pasaba de ser culpable de “una filosofía del estornudo”, personaje irritantemente entregado al escepticismo y a un plácido relativismo total –escribe Jordi Gracia en su biografía de Ortega y Gasset. Pero hay algo que comparte el autor de la Rebelión de las Masas con el estilista de Monóvar: ambos son insufriblemente cursis.

Uno es escueto, telegráfico, sincopado. Pero una sola palabra cursi aunque en una frase corta, sigue siendo cursi. Y el otro es grandilocuente y hueco, hace florituras intelectuales –se les llamaban orteguianas- y lo cierto es que para acabar diciendo “yo soy yo y mi circunstancia” no era necesario darse aquellos aires de profundo pensador. Esto lo comentó con malintencionada  ironía Jorge Luis Borges. Nunca le cayó bien al bonaerense más culto de todos los tiempos. .
Hasta la página setenta el libro es aburrido. De allí en adelante es un poco menos tedioso. Pero como el protagonista, José Ortega y Gasset, es de un egocentrismo abrumador, las 700 páginas no interesan ni descubren nada especial de alguien que no es seductor  temperamentalmente, y menos de lo que se esperaba intelectualmente.

Menos mal que Jordi Gracia advierte  no haber llegado a captar  rasgos entrañables de Ortega.

En las sabrosas  conversaciones de Borges y Bioy Casares podremos leer lo que les pareció Ortega -sobre todo a Borges-  de quien parece compadecerse históricamente por el desdén con que fue llorada su muerte y el desagradecimiento de los españoles al hombre que les ayudó a pensar.

Pero Borges, que no le hacía la pelota ni a los grandísimos autores muertos, no soportaba a Ortega y Gasset. Lo entiendo. No tenía la mala leche que se le conocía a Pío Baroja. Ni sufría el desasosiego agónico de Unamuno. Tenía casi siempre bastante malhumor. Aspiraba a ser el filósofo capaz de darle la vuelta al calcetín de la filosofía a este lado de los Pirineos  y ese calcetín se le deagarró antes de conseguirlo. Su éxito en Alemania necesita imperiosamente que lo reconozcan en España. De lo contrario es muy desdichado. Quien se rebela no es la masa, es él. Pero en España a la gente le importaba un pimiento Goethe y otro pimiento Heidegger, maquinador de ideas tan admirado por Ortega a pesar de haber sido nombrado rector de Universidad por el mismísimo nazismo.

Cuando aparecen en la biografía los hijos falangistas de Ortega que se suman al Alzamiento Nacional, compadecemos al padre. Pero no vale la pena. Ya se compadece de sobra él mismo. Ortega no sabe qué hacer. No va a hacer lo que no puede hacer:  ateo y  ultra liberal a la vieja usanza (aunque hizo su propia boda en dos fases, una civil y la otra religiosa) él no va a sumarse el día de autos  a los golpistas por mucho que la República, que apoyó en contra de su propia clase social, le haya decepcionado. Así que se erige en una especie de voz de la progresía, pero se vuelve muy pronto afónico.  ¿No hierve su sangre burguesa? Ortega no da una en el clavo como adivino –todo lo contrario- cree que el golpe del 36 acabará con cuatro tiros y la inteligencia y el sentido común se impondrán sobre revanchismos y matanzas. Los desmanes republicanos cesarán y Franco, que demostró que sabía reprimir a los mineros, se pondrá bajo el poder civil. Y todo será distinto e incluso mejor que antes.

La salida es marcharse. Ver la corrida desde la barrera: Alemania, Francia, Argentina. Puede ganarse la vida hablando y proponiendo una profunda transformación de la Universidad y el advenimiento de  un sistema de enseñanza inédito con el que siempre soñó para el engrandecimiento de la cultura universal.

Lo elogiaban  no sólo su fiel escudero Julián Marías (buen corrector, reconoce Ortega, de sus textos) sino otros intelectuales muy pronto desengañados  del falangismo, del fascismo y del franquismo. ¿No volverá Ortega y nos redimirá? Que se instale cerca: Estoril, Lisboa. Que empiece a hacer sonar su sonajero y a encantar serpientes, que es lo suyo, con ese verbo cargado de metáforas y horteradas sin par. El Régimen, con las arengas de Falange, no es nada a su lado. Ingenuamente, propone que si quiere algo Franco de él, si quiere que hablemos –eso sí, respetuosamente de usted- que venga a mi casa.  Aún lo está esperando.

Ortega y sus embaucadores creían que el régimen iba a suplicarle su talentosa docencia cuando la represión mataba a cientos de miles de ciudadanos. ¿No se enteró del juicio y fusilamiento del doctor Peset, rector de Valencia? Las ideas vuelan alto y no se enteran de las matanzas y no protestan por ellas.  

Pero aunque en Cambó pudo encontrar a alguien que le hablaba claro y cortaba sus cursilerías, nada era suficiente para los proyectos de Ortega.

Ni los lugares ni los lugareños. ¿Lisboa?  “Como Lisboa es un inmenso escupitajo se vive entre microbios”, dice literalmente. Y ya puestos alterna con don Juan, su círculo y el hermano simpático de Franco que lo agasaja en la representación diplomática.

Un día le convencen para hacer una escapada discreta e incursionarse en España. Se  monta en un Packard descapotable de no sé quién, imitando al inefable y grandísimo vividor Edgar Neville. Regresa al punto de partida. ¿Comentan algo en Madrid de su visita? ¿La ocultó la censura? ¡Desdichado Ortega!

Su hijo mayor, con el que se lleva muy bien, dedica un libro sobre vitaminas (es médico) a José Antonio Primo de Rivera, un 4 de diciembre, natalicio de Franco. Ahora todo queda en casa. Todo encaja. Como está delicado, como su salud es frágil, necesita tomar las aguas medicinales de los manantiales de Vichy. Dos semanas, qué menos, y se autorretrata con estas ingeniosas palabras: “(…)todo el día con el cencerrito del vaso colgando como una vaca hepática”, una vaca en los establos del Hotel du Elder. Estamos en 1939. Acaba una guerra en casa y empieza otra, de la que Ortega no parece enterarse demasiado, en Europa. Sufre las angustias y depresiones de la indecisión. El lector se pregunta: ¿No siente la desazón de la mala fe?

No debe precipitarse. Cuando hable lo habrá antes meditado a conciencia. Habrá medido las consecuencias. Un hombre grande no puede decir un día esto y otro aquello. En tal caso, debería de pensar, no sería un hombre grande sino dos. Y esto es demasiado. Dos Ortega. Dos Gasset. ¡Dios santo! Ni un borracho. No. Habrá que quebrar el silencio a plazos.

Jordi Gracia nos dice que “los franquistas no son los suyos ni lo serán nunca, pero en la guerra encarnan el mal menor frente al hediondo comunismo y su dominación sobre la República (cosa que nunca ha escrito Ortega –apostilla Jordi Gracia- pero que piensa Ortega (1939), como lo piensan y escriben Marañón o Pérez de Ayala o Azorín”  (pag. 545).

No da entrevistas pero un día se lía la manta a la cabeza (1947) y habla con un periodista mexicano (Chávez Camacho) y no le importa puntualizar que el régimen no le molesta, aunque mantiene algunas suspicacias y por eso afirma  “vivo en Lisboa”.

Critica la gran confusión mental de Inglaterra –Ortega no habla inglés-  y lo dice por Bertrand Russell y su pacifismo, lo dice por sus lecturas recientes de Toynbee que considera decepcionante. Y sobre todo por Einstein… de quien fue amigos años antes.

Lamenta, de paso,  no tener ya amigos en Mexico Ni siquiera Alfonso Reyes, que lo fue tanto tiempo.

A los pocos días, Alfonso Reyes le pide explicaciones y Ortega, orgulloso, no se las da. No rectifica. “El error de Ortega ha sido grave, técnico y estratégico, además de mezquino”, puntualiza Jordi Gracia. De manera que se acabaron los esfuerzos por “defender el silencio de Ortega en años anteriores”.

Los textos de Ortega a partir de entonces son “restos, migajas (…) como si fuesen gestos de amistad consigo mismo”.

Cuando le llega la hora de la verdad Ortega  contrae un cáncer incurable y espera la muerte en su casa de Madrid. Pero se la meten doblada los suyos: él, ateo, consecuente al menos en este asunto toda su vida,  recibe la visita del confesor de los intelectuales, el padre Félix García. Le da la absolución. Su hijo José declara: “ya no era él, no se enteraba”.

 

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