El 27 de mayo de 1912 nació John Cheever. Se celebra, pues, dentro de pocos días el centenario de la llegada al mundo de este gran escritor norteamericano. Existe una magnífica biografía editada por Duomo en nuestro país que leí y comenté hace tiempo. Los aniversarios, tanto de un nacimiento como de una muerte, suelen traerme sin cuidado porque un escritor no desaparece mientras sea leído y renace cada vez que sacamos su obra de la estantería. Su obra, casi toda traducida al español, sigue interesándome. Está viva. Por sus temas y por su escritura. Me alegra saber que The Library of America lanza en los Estados Unidos en varios volúmenes todos sus títulos. Y esto me anima a buscar algunos en el desorden de mi biblioteca, y a releer aquellos relatos (lo mejor, para mí, son sus relatos) que siempre me fascinaron. Y aleccionaron.
18/05/2012 Deseos inconfesables
Algunas cosas que me gustaría que ocurrieran hoy: que echaran al presidente del Supremo, el juez Dívar, y lo obligaran a pagar de su bolsillo los gastos de sus viajes de placer. Que cambiaran al gobernador del Banco de España y pusieran a una gobernadora. Que Bankia entregara a Rato a los accionistas. Que Cascos se sometiera a la misma dieta que la princesa de Asturias. Que a la señora Mato le quitaran ese nombre –mato- o la cambiaran de ministerio. Que los clubes de fútbol que deben un pastón a Hacienda pagaran sus deudas como todo hijo de vecino. Que una agencia de calificación hiciera el ranking de políticos sinvergüenzas. Que la iglesia católica pagara el IBI si no quiere que los okupas se instalen en sus templos, conventos, seminarios, locales comerciales y otras propiedades inmobiliarias hoy exentas de ese tributo. Que el corralito que nos espera sea denominado pocilga. Que la reina greco-española visite Gibraltar y, a continuación, asista a la cena de la reina inglesa. Que las Comunidades y los Ayuntamientos en bancarrota internen por tiempo ilimitado a sus altos cargos en un edificio sin vistas construido por el pícaro Calatrava.
16/05/2012 El fin de Carlos Fuentes
El 28 de noviembre de 1987 conocí personalmente al escritor Carlos Fuentes. Fui a entrevistarlo a Boston por encargo de Juan Tomás de Salas, fundador de Cambio y Diario16 (muerto el año 2000), de quien era muy amigo. Yo era entonces corresponsal de estas dos publicaciones en Washington, de manera que tomé el avión y acudí a la cita en el lujoso restaurante del hotel Copley. Ese mismo día anoté en mi diario (La hierba crece despacio, Edaf, 2007) las impresiones del encuentro con el escritor mexicano que acaba de morir a la edad de 83 años.
“Carlos Fuentes me esperaba ya sentadito en el restaurante del antiguo Hotel Copley, de Boston, con su bloody mary por la mitad, jugueteando con el rabo verde del apio. De ahí hasta el postre –algo más de una hora- charlamos sin magnetófono. Nos sirvió un camarero negro. La conversación fue más sabrosa y mejor cocinada que la comida. El tipo me pareció un personaje de comedia, con su bigotito cuidado y su preocupación de ser y estar como hay que ser y estar en el mundo literario. Algo artificial y demasiado barroco. Tomé notas y en un momento determinado (después del segundo bloody mary, que fue el último, pues no es Truman Capote) le espeté que en el vuelo de ida a Boston me entretuve eliminando palabras en cada párrafo de Cambio de piel, y este juego dejaba su pieza más desnuda, más sencilla y, a mi modo de ver, más fuerte y atractiva que la impresa en el libro… Se puso pálido. Hizo el gesto de perder el ferrocarril. O el billetero. O lo que fuera. Dijo que esa observación lo preocupaba. Precisamente pensaba últimamente en ello, aunque uno de sus libros (no recuerdo cual) era un libro exento de barroquismo. -Me preocupa eso, si llego a comprender que esa riqueza de palabras se convierte en algo mecánico… Luego hablamos de su forma de trabajar, de sus miedos seculares: la muerte y la vida, de la necesidad de escribir lo mejor posible cuando el fin –la edad- va dejando ya poco margen para perder el tiempo. Salimos a la calle. Hacía buen sol. El tipo se miró en los cristales delos escaparates, se alisó el cabello y se estiró la gabardina. Miró al objetivo de la cámara y puso cara de gran hombre mexicano. Así saldrá, creo, en las fotos”.
Diez años más tarde (7 de octubre de 1997) anoté, también en mi Diario, lo siguiente:
“A las 19:30 horas, en la Casa de América, habla Carlos Fuentes (no es santo de mi devoción) y lo presenta Felipe González. Felipe González halagó primero a Paco Fernández Ordóñez y después a Carlos Fuentes. F. González contó una anécdota de Ordóñez que mostró el carácter de aquél político. Ya estaba enfermo de cáncer, y apenas podía comer mas que lechuga y pescado al vapor, cuando una noche, en plena Guerra del Golfo, le dijo al presidente: ‘Esto no puede ser. No voy a seguir con el mismo médico. Veo que mi gato está mucho mejor que yo … voy a ponerme en manos del veterinario’. Cuando acabó de relatar la anécdota y miraba a la viuda del protagonista, un asistente al acto gritó con una violencia de loco: ‘¡Cállate ya! ¡Hemos venido a oír a Carlos Fuentes!’ F. González no se inmutó. Se armó un gran revuelo. Quisieron expulsar al tipo de unos 60 años, que llevaba unos libros y un paraguas en la mano, pero se resistió. Carlos Fuentes no fue interrumpido por ese loco ni por ningún otro loco. Empezó a leer su historia abreviada de Latinoamérica y, cada vez más deprisa, apenas tomó aliento hasta llegar a la última frase, un alarde de velocidad y un torrente de tópicos y citas de todo tipo. Yo recordaba al escritor mexicano en en encuentro que tuve con él hace diez o doce años en Boston, creo que fue allí, y de la comida y las ostras que se zampó mientras hablaba airado y echaba pestes contra el capitalismo de EE.UU. , la administración norteamericana, la Casa Blanca, y comía a dos carrillos como lo habría hecho un secretario de Estado republicano… Hoy, Carlos Fuentes parecía más viejo, más atiplado, más acelerado, más sudoroso, más flaco y más teatral en su papel de ‘conciencia crítica de Latinoamérica’ que fue el título otorgado por Felipe González en su presentación”.
14/05/2012 Casta a prueba de crisis
Leo en Negocios (El País, 13 de mayo) que el sueldo medio de
los presidentes del Ibex es 90 veces superior al de su plantilla. Ahí están los
más gordos con cifras muy gordas.
En la SER, esta mañana un tertuliano (Losada)ha mencionado estas cifras y ha señalado que
la brecha salarial entre los directivos de las empresas y sus empleados se
amplía. Y casi lo hizo callar otro tertuliano (Zarzalejos) cuando dijo que Isla (Zara), en 2011, ganó mil veces
más que la media de la plantilla de Inditex.
Yo creo que cada empresa es libre de retribuir a sus
directivos como le plazca. Pero también creo que algunas empresas cuyas
acciones valen cada día menos (Prisa, por ejemplo) y cuya gestión empresarial
deja mucho que desear (Cebrián), deberían dar explicaciones en lugar
de sermones profesionales. ¿No temen los empleados de Prisa un ERE en el momento menos esperado?
Por supuesto que lo temen. Pero hacia el
exterior, los altos cargos del primer periódico nacional, diario de
referencia, siguen
disfrutando de privilegios y altos sueldos como si no pasara nada. Forman parte, también, de esa
casta a prueba de crisis.
Por otra parte, escandaliza que empresas como la Caixa y Telefónica sigan
pagando mensualmente lo que pagan al matrimonio Urdangarin. ¿Qué reciben la
hija del rey y el hijo político del rey imputado en varias causas delictivas? ¿No se trata de un abuso?
La crisis económica es la
misma para todos. Todos estamos metidos en el mismo barco. El barco se hundirá pero sólo perecerán los que deban perecer. No se está
luchando contra la pobreza sino descaradamente contra los más pobres.
09/05/2012 Cualquier diva mejor que Dívar
Una diva no derrocha tanto como nuestro juez llamado Dívar. Ninguna diva viaja con un número tan elevado de guardaespaldas (27) como los que escoltan al magistrado en sus lujosos fines de semana. Una diva, por famosa que sea, nos costaría a los contribuyentes bastante menos que un Dívar como el actual presidente del Tribunal Supremo. La presencia del juez Dívar con ese atuendo de togas y collares de oro en el Puerto Banús debe resultar excitante para todos los chorizos que frecuentan aquél paraíso. ¿Cambiaríamos al Dívar madrileño por cualquier diva marbellí? Ni uno solo de esos príncipes saudíes podridos de dinero que financian el yate de nuestro rey cazador y bronceado navegante, da a sus súbditos tan mal ejemplo como el de estos gerifaltes que nos hunden en la ruina moral y económica. Ahora alguien pretende defender a este magistrado Dívar desprestigiando a quien lo denuncia ante el fiscal general del Estado por ser amigo del juez Garzón. Como si ser amigo de Garzón fuera un delito y no un honor.