escritura interior
  
 
  26/02/2015  Escrito a mano
 

Hoy me dio por repasar los obituarios publicados en El País. La ventaja del diario digital es esa. Que vas para atrás y pescas lo que se te escapó en el periódico de papel.
He pescado el obituario de David Carr, un periodista del The New York Times, que escribió desde Washington Marc Bassets. Y cuando iba por la mitad, he ido directamente al NYT y he leído la misma noticia pero más extensa y detallada.
Carr murió a los 58 años sentado a su mesa en la redacción del periódico. Con las botas puestas. Era de esos reporteros de bota y no de silla. Como deben ser los buenos periodistas. Yo aconsejo que quien lea esto que escribo  vaya a la página del  NYT y  lea el obituario de David Carr. Ahorraremos tiempo. El NYT ya  sale traducido al español.
Me imagino que dado el desgaste que tuvo su organismo durante algunos años, abusando del alcohol y de las drogas,  ni siquiera el mismo Carr pensó que sería longevo. Y no lo ha sido. Claro que es probable que tampoco  deseara vivir más allá de lo que havivido.
Su periódico sabía perfectamente la clase de hombre que tenía empleado y la capacidad de ese hombre para producir reportajes, columnas y lo que le tocó en suerte escribir, y le pidieron que escribiera.  Tal era su pasión por hacer bien su trabajo, basado sobre todo en una investigación bien contrastada, que aplicó a su vida, a los años oscuros y tortuosos de su propia vida, la misma técnica que utilizaba en sus investigaciones periodísticas. Y entonces produjo un libro sobre sí  mismo pero fuera de sí mismo, y no  una autobiografía  al gusto del mercado.
Hay periodistas, y por supuesto escritores, que se dejan la piel en cada párrafo. Hay otros, los más numerosos, que no se dejan gran cosa en el oficio y cazan las palabras y construyen las frases como quien caaza mariposas en el jardín. Pero sin el talento de Nabokov, sin esfuerzo y como esperando que las noticias que te llevan a otras noticias vengan a tu encuentro y no al revés.
Todo esto que cuento ahora  guarda  relación con la brutal subida de tensión arterial que sufrí hace cuatro días. Tan mal me sentí -acababa de escribir muy tenso mañana y tarde- que como vivo muy cerca de un hospital fui directamente a urgencias. Dije que notaba dolor en el pecho,  en la espalda y dolor también en el cuello.
El el médico ordenó que me sacaran sangre, me tomó la tensión, me hizo un electrocardiograma y antes de pasar a la sala de observación, donde me conecaron a una máquina que pitaba cada 20 segundos, y de hacerme otras diabluras, me dijo que con un poco de suerte no era un infarto sino una angina de pecho.
Postrado en la camilla durante cuatro horas, hechos los análisis y otras pruebas de rigor, recibí el alta.
Creí que era oportuno preguntar  al médico si esto que había tenido podía estar relacionado (padezco arritmia, pero controlada) con la tensión y el esfuerzo que hago cuando escribo en el ordenador, y no a mano, que en mi caso es una escritura más reposada.
El médico confirmó  que sí. Que una cosa tenía que ver con la otra.
Todo tiene siempre algo que ver con algo, y cuando he mirado hacia atrás los obituarios en El País digital, y he leído el de David Carr, he pensado que estoy a tiempo, aun siendo 20 años mayor que Carr, de moderar este exceso de energía que la escritura me exige y que durante muchos años de ejercer el periodismo puse en mis reportajes para que alcanzaran el ritmo y velocidad narrativos que  deseaba transmitir a los lectores.
Vuelvo, pues,  a ecribir a mano, como hago desde los años 60 en mis diarios. A mano y sin tachar ni corregir porque la mano va a la velocidad de tu pensamiento que no siente la premura ni la presión que exige el ordenador. Pero cuando escribes directamente en el ordenador debo pensar que el ordenador es lento, que el ordenador no es mas que mi  propia mano y no solo las puntas de los dedos  sobre  las teclas ya que las teclas son una prolongación de  la estilográfica, y la pantalla  es una simple hoja  en blanco  de mi cuaderno que también se confeccionó a mano.

  18/02/2015  Vale la pena leer a Leila Guerriero
 

Uno de los escasos motivos que me animan a leer El País los miércoles es la columna de Leila Guerriero que hoy se titula Miserias. Esta periodista y escritora argentina ha dejado atrás en poco tiempo a las divas y trasnochadas columnistas de la casa. Su primer trabajo me interesó. Los que  han ido apareciendo en la última página  crean  adicción. La existencia de un océano entre su país y el nuestro, más que un inconveniente o barrera cultural es un una ventaja para el lector al que esta escritora se acerca, y no al revés. Quien debe acercarse al lector es el escritor. El  escritor que más cerca está de sí mismo tiene mucho adelantado porque escribe  como si el lector fuera parte de él mismo y cmpartieran, ambos, el mismo mundo y las mismas ideas. 
La lectura de Leila Guerriero no exige  esfuerzo. Sus frases son cortas y directas. Sua palabras son sencillas. Ni siquiera tienes la impresión de estar leyendo sino esuchando su voz.
La suya es una cualidad infrecuente. Hay arte y  riesgo. Lo primero, el arte, se desarrolla. Lo segundo -el riesgo- depende de la  intensidad de lo escrito, y de la implicación personal, más que del interés o actualidad del tema elegido. Cuando no alcanza el nivel de riesgo exigido el resultado se malogra.
No hay cosa peor que el tono autocomplaciente  que caracteriza a la mayoría de los columnistas, hombres o mujeres, de los periódicos españoles. Tendrían  que pagar ellos mismos  al periódico para ser publicados, como hacen los anunciantes. Deberían aplicárseles las tarifas más  elevadas cuanto más baja sea su calidad. De  antemano sabemos lo que van a decir y cómo lo van a decir. No hay sorpresa sino  abulia en el oficio. No hay creatividad sino rutina. Por eso muy pronto decidimos a quién leer y a quién ignorar aunque su firma sea muy grande.


  16/02/2015  Roth-Zweig
 

Roth  gasta lo que gana. Hace un enorme esfuerzo no solo para vivir, como judío, los años del ascenso del poder nazi sino también para sobrevivir a las dificultades que él mismo se crea en su doble y mórbida  relación con las mujeres y la escritura. Es tímido pero al mismo tiempo temerario. Quiere conocer a Zweig, ya un triunfador en 1936, y viaja a Viena con ese fin. Pero cuando está en el portal de la casa del prolífico biógrafo, se pone a temblar de vergüenza y se da la media vuelta. No obstante  lo perseguirá escribiéndole  hasta conseguir primero su amistad y, a continuación, su ayuda económica. Roth se convertirá en ficción de sí mismo al crear la leyenda del  santo bebedor y acabará convirtiéndose en una pesadilla y una carga económica   para el equilibrado  autor de “El mundo de ayer”.
La novela avanza y retrocede a capricho. Esto podría ser un problema para el lector que no conozca las vidas de estos dos escritores que, al fin,  se encuentran en la ciudad de Ostende, lugar idílico elegido por el exquisito Zweig –y por otros creadores que se dan cita allí- en el verano de 1936. Pero no lo es. Aquí la cronología no merece ser respetada.
“¡Señor Roth, sea bienvenido a la orilla del mar!”, exclama Zweig sin prever lo que su hospitalidad desataría en un hombre  desmesurado, autor  de “La marcha Radetzky”.
El amor no solo es ciego además de enloquecido.   Ambos grandes escritores son   pequeños sádicos en sus vidas de familia y necesitan   el intercambio de  elogios   para soportar su mala conciencia individual. Zweig engaña con su secretaria a su esposa que sufre lo indecible.  Roth abandona a su compañera porque no soporta a los hijos de esta y exige una absoluta libertad. Pero no ignora lo que su conducta  provoca a la desdichada mujer: un manicomio vienés. es decir,  muerte con  camisa de fuerza.
Los lectores nos despedimos de los personajes con mal sabor de boca. La supuesta felicidad microscópica del verano de 1936 no es mas que presagio del horror de una guerra mundial. La separación de la pareja es una  catástrofe vivida como  un castigo de la barbarie de Hitler y sus verdugos. Ambos, Zweig y Roth,  huirán uno a Brasil para suicidarse y el otro a Paris para perecer en un coma etílico rodeado de  delirios imperiales.
En un fantasmal  Ostende aparecen otros personajes conocidos: Koestler, Toller, Kisch y Keun. El  autor de la novela los presenta celebrando sus últimas vacaciones antes de la tragedia que se avecina.

OSTENDE 1936, el verano de la amistad. VOLKER WEIDERMANN. Alianza Literaria. Madrid. 2015.

  15/02/2015  Max Aub
 

No tenía en el guardamuebles mas que algunos  libros de Max Aub. Estaba equivocado cuando creí que entre estos se encontraba Jusep Torres Campalans. Lo he descubierto hace media hora. Me he alegrado. Sorpresas de las mudanzas de domicilio. Lo había leído en los años 70. La edición que conservo (Aguilar) es precisamente de ese año: 1970. Inmediatamente quise consultar las páginas que había marcado.
Cuarenta  años más tarde creo que volvería a marcar los mismos párrafos. Y tal vez hoy añadiría este que entonces pasé por alto: "La vida de un hombre puede escribirse, debería escribirse, según no solo los lugares sino las casas donde vivió. Rómpese el ritmo cotidiano, corre distinto según se habite en un piso u otro, aun en el mismo barrio; las costumbres varían, aunque no se quiera, hasta adaptar y adaptarse al sitio".
Y esto es cierto. Cuando escribí un libro -todavía inédito-  sobre las casas y paises en los que he vivido, me dí cuenta de esto mismo que apunta Max Aub: cada nuevo lugar, cada mudanza y cada escenario produce un cambio en nuestras vidas. No sé si esto es bueno, ni me importa emasiado, pero es así aunque en el momento actual apenas sea uno consciente de ello. Los cambios te transforman como las lecturas, las amistades nuevas, el vecindario que descubres o los pájaros que te despiertan de buena mañana.
En esta novela de Aub hay páginas deslumbrantes. Otras,  menos. Y algunas yo las eliminaría. En general  a todos los libros de ficción que exceden las 300 páginas  podemos quitarles un centenar de páginas (cuando no más)  sin por ello perder gran cosa. Tal vez todo lo contrario.
Discutimos ste asunto el otro día en el seminario sobre la obra de John Dos Passos. Uno de los asistentes lamentó las repeticiones que a su juicio resultan tediosas en la extensa  trilogía de los Estados Unidos. Yo me limité a señalar que hasta las mejores novelas cuando son largas, les sobran un centenar de páginas. Las eliminas  de un tijeretazo (pienso, ahora mismo, en el agotador Javier Marías) y con un poco de suerte las que quedan publicadas resultan más potentes. Y la historia gana en su conjunto.
La pasada noche cenamos  mi mujer y yo con el matrimonio Alterio.  Habíamos visto la interpretación magistral que Héctor Alterio, a sus 85 años, ofreció de la obra "En el estanque dorado". Alterio habló de los cambios, las mutilaciones y recortes que por los motivos que sea -ahora económicos- experimentan muchas obras en su costosa puesta en escena. Dijo que, por ejemplo, en la obra que ahora se presenta en el Teatro Principal (Valencia), y que  ya alcazó las 250 funciones durante su gira por toda España (y siguen), tuvo que eliminarse el papel de un actor, el cartero, y que esto exigió adaptar el conjunto para que la obra no perdiera lo que no podía ni debía perder.
Aquí, el talento del director y el arte de los actores  deben suplir la ausencia de uno de los personajes, sin duda de menor importancia. Es más, yo diría que la obra (una hora y cuarenta minutos) no decae ni sufre por esta merma sino que tal vez mejora ya que, en ocasiones, los actores secundarios no son tan buenos como los primeros actores y su sacrificio podría incluso ser asonsejable.
Muchas  obras de ficción -y bastantes obras de no ficción- ganan calidad  perdiendo texto. Son más legibles y representables.  Cuántas veces oímos decir de una determinada  novela que decae su interés, le sobran páginas y hay que saltarse un capítulo.
En  el seminario de Dos Passos dirigido por los profesores Nicolás Sánchez-Durá y Joan Bautista Llinares, de la Facultad de Filosofía en la Universidad de Valencia, uno de los asistentes  afirmó  que Proust sería una excepción. A  Proust no se le puede cortar ni una sola línea.  ¿Hacemos la prueba? Yo creo que  ni siquiera en el caso de la obra de Proust hay que otorgar el indulto.



  15/02/2015  Acomodaticio y pusilánime
 

El escritor Juan Goytisolo publicó ayer en El País un artículo sobre el libro El cura y los mandarines, de Gregorio Morán, titulado “Del oportunismo como una de las bellas artes”.
En la misma página de opinión, José Lázaro, profesor de Humanidades Médicas, publicó un artículo titulado “Si no se nombra no existe”. Aunque uno y otro no tienen nada en común, creo que al de Goytisolo le acomodaba mejor el título del artículo de Lázaro que el suyo propio.

La primera frase de Goytisolo dice así:  “La importancia de una obra se mide a veces por el cauto silencio mediático que suscita”. En efecto, el silencio del periódico El País no solo sobre el contenido de “El cura y los mandarines” sino incluso sobre la publicación de este libro es más que elocuente. Así como el fallecido Lara (Planeta) quiso eliminar unas páginas a Morán pero este no aceptó la censura y se llevó el manuscrito a otro editor, el mandamás de El País, Juan Luis  Cebrián, optó por silenciar la existencia de un libro del que sale, con otros de su talla, muy mal malparados. O lo que es lo mismo, y por méritos propios, en ridículo.

Goytisolo denuncia con un punto de sarcasmo el oportunismo político como una marca española de las bellas artes. Pero el denunciante incurre en ese oportunismo al no mencionar mas que a unos cuantos muertos del “rebaño intelectual”, tales como por Umbral,  o Cela, con los que no arriesga ser censurado en las páginas de El País donde a modo de excusa y en un plural mayestático afirma que “necesitaríamos un buen número de páginas para evocar el reciclaje de muchas figuras y figurones del tardofranquismo y su transformación en mandarines durante el Gobierno de Adolfo Suárez y el inicio del felipismo. Ante la imposibilidad de hacerlo en estas líneas  aconsejo al lector una cala con escafandra de buzo en las acústicas aguas del libro”. Es la retórica habitual del escritor acomodaticio y pusilánime.



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