escritura interior
  
 
  27/05/2015  Mala de arriba abajo
 

Abandono la lectura de la Sumisión (Houellebecq) en la página 184. No aguanto más. No me interesa esta novela. Desde las primeras páginas advierto que todo es falso. La  única sumisión es la del autor a una idea argumental que no logra desarrollar como ficción verosímil (el apoderamiento del islamismo de una sociedad francesa pusilánime) pero esto ya importa poco cuando lo que pretende el narrador es llenar 280 páginas y ganar un buen dinero.
El argumento se desmorona. No es literatura de  anticipación ni de la otra.  Todo está forzado. Es endeble. Tedioso.
Una novela puede ser mala de arriba abajo.  Aquí tenemos una. El éxito de las anteriores solamente hace peor la actual. La publicidad sabe cómo promocionarla para venderla. Y el escritor también sabe que el fraude la hará, si cabe, más rentable.

  07/05/2015  Un libro que te deja K.O.
 

Acabo de leer un libro de 285 páginas cuya primera parte, la más extensa, es escandalosamente divertida. La segunda, más breve pero insufriblemente trágica, desata la rabia  del lector.  Avergüenza a un país –hablo de España-  víctima de las tropelías cometidas en los últimos 13 años  por unos centenares de delincuentes (políticos, banqueros, empresarios)  que estos indeseables  sigan  en sus cargos públicos o privados  disfrutando del botín robado. O llevándoselo a paraísos fiscales.
El libro se titula Mediterráneo descapotable. El subtítulo: ‘Viaje ridículo por aquel país tan feliz’.
El autor es Iñigo Domínguez, corresponsal en Roma del diario El Correo. Domínguez demuestra con creces su calidad periodística. Y su capacidad como narrador. La editorial  Libros del K.O. (especializada en textos de periodismo)  ha publicado este volumen en un momento oportuno: cuando los partidos políticos quieren volver a engañarnos con sus falsas promesas y sus cínicos embustes para que votemos esperanzados a sus candidatos. Lo van a tener crudo.
Mi intención no es  destripar el libro. Solo pretendo que no pase desapercibido y  tenga la mayor difusión posible. Lo  merece su autor y lo merecen los lectores.   
Pienso que son pequeñas las cárceles de nuestro país  para encerrar  a todos los que deben estar entre rejas. El tiempo juega a su favor. Los delitos prescriben. El daño ocasionado no se resarce.
También pienso que son escasas las esperanzas de que los corruptos,  unis juzgados ya y otros solamente imputados, devuelvan a la sociedad hasta el último céntimo de todo lo que han robado, que es mucho.
Al final del libro, casi olvidadas  las carcajadas que despiertan la mayoría de los capítulos, por ejemplo las páginas dedicadas a Marina D’Or (etapa 8 del viaje), Iñigo Domínguez hace una puesta al día de lo que vio trece años antes en su viaje y de lo que había detrás y ahí sigue.  Es la crónica  de una corrupción  salvaje.  Es  causa y el efecto del estallido de la burbuja inmobiliaria y financiera que se produjo en 2008. Y pone los pelos de punta.
“En los últimos trece años se han detectado unos ochocientos casos de corrupción y se han practicado cerca de 2000 detenciones, según fuentes policiales. Un estudio de la Universidad de La Laguna de Tenerife ha recopilado los casos más importantes entre 2000 y 2010, y les salieron 676, la mayoría descubiertos a partir de 2005, con el pistoletazo de salida de Marbella. El mapa resultante indica que más de la mitad de la población española, el 56% ha surgido un caso de corrupción en su municipio. Por comunidades, Andalucía es la reina, con 154 casos, seguida de Valencia, con 94. Murcia goza del porcentaje más alto de municipios afectados, un 57,8%. El 44% de los casos ha surgido en municipios del PP y el 31,2% eran del PSOE. Un 88% de los escándalos estaba relacionado con el suelo”
“El Banco de España calculó en un informe de junio de 2014 que la reestructuración de la banca española había requerido, desde 2009 hasta ese momento, dinero público por valor de 61 495 millones de euros. Se habían recuperado 1760 millones. Si se quita la parte aportada por el Fondo de Garantía de Depósitos (FGD), que viene de los bancos, las ayudas públicas se reducen a 53 553 millones. Es el 5% del PIB. La mitad, unos 26 000 millones, se ha perdido para siempre. Es un misterio cuándo se podrá recuperar el resto del dinero”.




  07/05/2015  La estación y el guardia negro
 

Entonces solo había un guardia de la porra de raza negra, con porra y casco blanco, dirigiendo el tráfico en la ciudad. Los otros eran de todos los colores del arco iris, dependiendo de la potencia con la que pitaran el silbato o movieran sus brazos, o ambas cosas a la vez. Tú los mirabas y decías: ese va a reventar. Y en verano,  aunque vistieran uniformes blancos y les pusieran una sombrilla, más de uno de aquellos guardias se caía desvanecido del podio y rodaba por el asfalto como una pelota.
El  guardia negro era oriundo de Guinea Ecuatorial. Y era el más simpático de la selva municipal. En Navidad, los automovilistas –hablo de los años 50 del pasado siglo- regalaban cestas con turrones y vino moscatel a los guardias de la porra. Algunos incluso les entregaban un billete de 25 pesetas. Los guardias, sobre todo el negro, se inclinaban agradecidos en su templete. Saludaban marcialmente como cuando pasaba el Capitán General en su Mercedes verde, que era descapotable. Y con el aguinaldo en una mano brindaban un par de silbidos de agradecimiento al conductor.
Este guardia guineano estaba casi siempre en la rampa del puente del  Real desafiando como pocos la embestida de los vehículos que rozaban su tarima sin inmutarlo. Quizá tenía alma de torero. Cuanto más cerca estaba de un coche, más y mejor chiflaba. Temías lo peor: ¿A que le pega un empujón? En más de una ocasión se ensuciaba el uniforme blanco con el guardabarros de una furgoneta. Pero no ocurría nada. No había multa. Era preciso arriesgarlo todo en el ruedo. Si la porra y el salacot volaban, mala suerte. Los peatones lo apreciaban. La vida era aburrida. El guardia negro la alegraba.
Si  este guardia –imaginaba yo- empieza a rodar  desde la Caja de Ahorros como si fuera un tranvía hasta la Estación del Norte, donde había otro guardia junto a la plaza de toros, Valencia será famosa no solo por las Fallas sino por estos fenómenos circenses.  Pero que yo sepa esto no ocurrió. Y un buen día dejamos de ver al guardia guineano. Se acabó. ¿Dónde iría a parar?
Para los críos de la posguerra la Estación del Norte era un destino muy codiciado. Atravesábamos la ciudad si se nos prometía entrar en la estación y se nos permitía subir a un puente de hierro que pasaba de parte a parte sobre los rieles y desde el que veíamos, asombrados, los trenes a vapor que nos cubrían de humo y, por supuesto, de carbonilla.
Cierro los ojos y oigo las máquinas. Huelo el vapor caliente y siento el rugido de las calderas y las campanadas del jefe de estación. Nos resistíamos a bajar del puente y a regresar al andén y del andén a las calles donde el guardia negro era más bien un maquinista tiznado por el carbón.
Pero  una noche del año 1949 llegaron a la Estación del Norte las niñas austríacas. ¿Cuántas venían en aquellos convoyes del la Cruz Roja para quedarse al menos un año en Valencia? ¿Doscientas? Las  familias las recibían en el andén y hasta elegían en el último momento  a la que era más rubia, o a la que les daba más pena viendo sus nombres en una cartulina colgada del cuello. En mi familia se quedó largo tiempo una niña vienesa llamada Helga. Tenía siete años. Tocaba el piano. No hablaba español. Hablaba por signos y sonrisas. Pero Helga aprendió pronto.
De manera que esta estación tiene una historia secreta seguramente para muchos valencianos. Si me siento en uno de esos bancos circulares del gran vestíbulo veo el pasado mientras se anuncian unos tras otros los 400 trenes de cercanías que entran y salen. Y mientras desfilan los 75.000 viajeros o acompañantes o curiosos que diariamente vienen a esta estación.  A mí es poco lo que me dicen las cifras. Y mucho lo que me dice la memoria. Las imágenes hablan. Alzo la vista y veo adornos, cerámica, colores brillantes, figuras que han sobrevivido en las bóvedas y sugieren tantas cosas. La  Estación del Norte es como una iglesia. Su gran reloj impresiona. Puedes quedarte absorto ese minuto que tarda la manecilla –que es en este caso un brazo poderoso- en saltar a la fracción siguiente. Así transcurrieron los años, se sucedieron los gobiernos, se renovaron los ferrocarriles, se jubilaron los empleados  -hoy trabajan 200 en este lugar-  y desaparecieron los viajeros a veces sin darnos a conocer su destino.
La estación o es un destino, o no es nada. Es un destino en sí misma.
Para terminar confesaré que una vez perdí el tren porque estuve escuchando a un viajero sin mirar la hora. Sin prestar atención a los avisos de salida. Pendiente únicamente de las palabras que aquella persona decía. Ya no la vería después nunca, ni la escucharía de nuevo. Era como una llegada a término. Como es, en cierto modo, esta estación que no pasa de aquí, no sigue a ningún sitio. Parte y muere aquí. De manera que una historia me hizo perder el tren. Y al darme cuenta ni siquiera reaccioné. Al contrario. Me dije, has perdido el tren, qué importa, los trenes existen para llevarte o devolverte a un punto determinado de tu existencia. Acéptalo. Es lo mejor. Y hoy sigo creyendo esto mismo.


  29/04/2015  Valle-Inclán sobre Pablo Iglesias
 

Entre la prosa varia que puede leerse en el tomo II de la Obra Completa de Ramón del Valle-Inclán (Espasa) hay un artículo dedicado al socialista Pablo Iglesias que publicó El Universal (México) el 29 de mayo de 1892.

 “Dos años hace que conocí al ‘hermano Iglesias’, el apóstol del socialismo español; la idea hecha carne, Verbo de esta doctrina, que amenaza ser a lo adelante la religión política de todos los pueblos.
Todavía me parece verle y oírle con el calor y el entusiasmo de un hombre convencido.
Desde el primer día me sentí atraído por aquel apóstol que no vacilaré en llamar grande.
Su naturaleza vigorosa y apoplética (…) reintegraba por un curioso fenómeno de radiación humana la penuria de la mía, neurótica, excitada y sensitiva. Sin duda de esto, más que de sus ideas -que no negaré tienen para mí el poderoso atractivo de todas las idealidades- nació nuestra amistad nunca interrumpida. (…)
Pablo Iglesias es hombre todavía joven (…) la barba desaliñada (…) y toda la persona erguida, valiente, llena de vida y de fuerza extraordinaria (…) que a mis sentidos, un tanto visionarios, recordaba por medio de quiméricas e inverosímiles semejanzas, un terrón saturado de gérmenes de vida (…).
Con una habilidad que hace honor a si ingenio, pone una vela a la burguesía y otra al socialismo, buscando el modo de no disgustar a nadie. ‘Si la burguesía – dice- dando muestra de no haber perdido la cabeza, hace el paso de la sociedad burguesa o individualista, a la sociedad colectivista o comunista, apenas exigirá el empleo de la violencia; si no lo hace, la revolución obrera no podrá menos de revestir caracteres sangrientos’ (…)
Cada palabra suya, dice un periódico, excitaba un aplaudo, y después de haber concluido, todavía las aclamaciones resonaron largo rato”.

Han pasado un siglo  y cuarto desde que vio la luz este artículo de Valle-Inclán. Y al leerlo ahora no parece haber transcurrido tanto tiempo.

  28/04/2015  Saber morir
 


Saber morir no significa necesariamente amar la innortalidad. Saber morir es saber superar la agonía, es decir, de nuevo, saber vivir. Diré más -y esta vez en francés (la lengua de las fórmulas): Pas de savoir vivre sans savoir mourir.
Savoir mourir es lo contrario de savoir-vivre -¡qué sustantivo tan ruso! Estoy feliz de introducirlo, por primera vez en la siguiente fórmula:
Il n’y a pas le savoir-vivre, il y a le savoir-mourir.

[Marina Tsvetáieva con motivo del suicidio de Stajóvich,  Diario, febrero 1919]

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