escritura interior
  
 
  30/04/2016  Sobre el caso Segarra
 

Más que en otros lugares, en una larga estancia en un hospital (quiero decir más de tres meses sin interrupción), pasan muchas cosas sin salir del mismo hospital que tiene una vida propia pero también saliendo de él de una manera imaginaria e inesperada. Cada día empieza la vida hospitalaria a la misma hora: 6:30 de la mañana. Es cuando oyes arrastrar un carrito que imaginas con todas las dosis de medicamentos ordenadas. Medicamentos que van a ser repartidos por las habitaciones, unas veces despertando al enfermo y otras no porque ya lo esperan. También imaginas, aunque no los escuches, ruidos por aquí y por allá, siseos de enfermeras y algunas llamadas por timbre desde las habitaciones. Es tal vez en ese momento cuando caes en la cuenta del lugar en el que te encuentras. Te dices: “Sí, en efecto, estoy ingresado. Sí, en efecto, estoy enfermo. Sí, en efecto, haremos lo posible por salir de ésta.” Y de ahí, de este propósito o empeño de superar lo que ahora te retiene en cama, pasas de una forma casi automática a imaginar el mundo exterior. Está fuera, está esperándote (o eso crees) y está tan ansioso como tú y tus buenos amigos de poder anunciar: “Ya estoy fuera”. ¿Qué imaginas que pensarán los otros? Tal vez en todo, en cualquier cosa a excepción de lo que tú estás sospechando que imaginan. En este hipotético intercambio de mensajes que tanto se parecen a los cifrados sientes bastante satisfacción. A menos que aquella o aquellas personas en las que acabas de pensar estén en peor situación que la tuya. Ahora he recibido un libro que se lee de un tirón escrito por un amigo llamado Joaquín Campos (Málaga, 1970). Es evidente que su enfermedad es la escritura y que este libro de 150 páginas confirma lo que le dije a él antes siquiera de hablar hablado sobre su publicación. Joaquín Campos ha seguido la pista de un detective y ha investigado un caso más que singular: el crimen, o mejor, el asesinato y descuartizamiento supuestamente perpetrado por Artur Segarra de un amigo a quien robó y quiso hacer desaparecer. Todo esto tiene un escenario dantesco al que se traslada Joaquín Campos en uno de esos movimientos rápidos propios de un periodista que no depende más que de sus propias decisiones para emprender una historia fascinante. Campos ya nos tiene acostumbrados a sus escritos a través de un blog que incluye la revista digital FronteraD, que con este libro ahora se lanza al papel y pone en las librerías una colección a la que debemos estar atentos. La colección lleva por título Periodismo que cuenta. Anticipo que va a ser muy bien acogida por los lectores, y ello por dos razones: la primera porque conozco a los responsables de FronteraD (Alfonso Armada y Carlos Santa Cecilia) pero, además, porque conozco a Joaquín Campos, de quien ya presenté un libro suyo sobre China despiadado, exagerado, inverosímil. A los lectores que, como yo, no se matan por leer novelas o informes policiacos puede considerársenos casi enemigos del género. No es así y no debe ser así. Joaquín Campos reconstruye la relación y el crimen que Artur Segarra ejecuta en la persona de 39 años que llevaba los últimos cinco años viviendo en Bangkok. Para no perder detalle y construir su historia más que novelesca Joaquín Campos se desplaza velozmente a Tailandia y mantiene una larga conversación con el supuesto asesino. El cuerpo de la víctima lo descuartizó y fue arrojándolo en el cauce del río Chao Phraya. Recibí algún correo electrónico del autor cuando estaba sumido en su trabajo. Ni ha sido fácil, periodísticamente hablando ni ha debido resultarle sencillo no caer en el sensacionalismo. El ritmo narrativo es fascinante. Y todos sabemos cómo cuesta moderar aquello que, de suyo, ya es excesivo. De manera que felicito tanto al autor como a los editores. Lamentablemente no pude cumplir mi promesa de hacer la presentación de este libro cuando tuvo lugar en Valencia. A los pocos días ya fui ingresado en el hospital. Por desgracia estas historias atroces se repiten con frecuencia. Lo que es más difícil repetir o imitar es el modus operandi de Campos. Los hechos se repiten. Las imitaciones se descubren. Y creo que el buen periodismo conoce cómo ha de hacerse este trabajo para resultar absolutamente fiable. Si esto no fuera así, ni en papel ni en formato digital merecería la pena seguir practicando este oficio, cada día más burocrático.

  13/03/2016  Salvajadas históricas
 

Ya en la calle pensé: no sé si España se va a romper. No lo deseo. Pero hoy, o cualquier otro día, estas bicis de alquiler que alegran la ciudad sin contaminar la atmósfera, me romperán la crisma. Fue dicho y hecho. A dos pasos de la iglesia de Santa Catalina, una bicicleta me embistió por la espalda. Besé el alquitrán como aquel Papa que besuqueaba el hormigón armado de los aeropuertos al bajar del avión en sus viajes por medio mundo. ¡Dios santo, exclamé, llevándome las manos a la cabeza. Me levanté confuso. El ciclista me pidió disculpas. Me ayudó a incorporarme. “¿Está usted bien?”, preguntó el gigantón que me había atropellado. “No tan bien como usted”, respondí. “Puedo hacer algo?” añadió el ciclista urbano con un gesto de sincera compasión. “Lo que puede hacer y no solo por mí, es no circular por la acera”. Entonces me metí en el templo para limpiarme los morros con unas gotas de agua bendita y agradecer a Santa Catalina no haber sufrido daños irreparables físicos o mentales, tan solo un susto. La santa me llevó hasta un panel de la iglesia para mostrarme un gran retrato con esta leyenda: “El sacerdote Martín Martínez Pascual un minuto antes de ser fusilado, Teruel 18-08-1936”. Me estremecí. La escena era impresionante. Miré el nombre del fotógraf. Hans Gutmann Guster. Me pregunté: ¿quién era este tipo nacido en Colonia en 1911 y fallecido en México el año 1982? Regresé a casa. Tuve que bajar a la calzada para que las bicis, en tropel y por la acera no tuvieran obstáculos Pensé en el alcalde, en su bicicleta y en la inexplicable tolerancia con los ciclistas. Ya en casa, me metí en el ordenador. El fotógrafo de Santa Catalina no era de bodas y comuniones. Fue excombatiente miliciano y miembro del Ejército Republicano. Se casó con la madrileña Elena del Moral de la que se separó en 1949. Al regresar a México cambió su nombre por el de Juan Guzmán ‘Juanito’. Y amplió sus temas profesionales. Retrató a Frida Kahlo y a Diego Rivera, entre otros artistas. Retrató al asesino de Trotsky, Ramón Mercader, un comunista español y agente de KGB. Y fue corresponsal gráfico del semanario estadounidense Time… Supe que de las 170.000 piezas de su archivo, la agencia EFE adquirió tres mil negativos de Juanito en los frentes de Cataluña, Aragón y Madrid. El fusilado Martín Martínez, un cura de 25 años valiente y guapetón, tenía una biografía más breve. Pero los magino a ambos, Martín y Juanito, cerca el uno del otro ante el pelotón de fusilamiento. El primero negándose a ponerse de espaldas para recibir los disparos, con los ojos abiertos y gritando ¡Viva Cristo Rey!. A Juanito lo veo disparando su silenciosa Leica sin que le temblara el pulso. Tal vez diciendo hacia sus adentros: ‘¡Esto es una salvajada!’. Fue una salvajada la cifra de religiosos asesinados en la retaguardia republicana: 6.832 según el estudio de Antonio Montero Moreno, historiador y periodista que fue arzobispo de Mérida-Badajoz de 1994 a 2004. Y fue otra salvajada la del bando vencedor de la contienda, durante y después de acabada la guerra fusilando, en una especie de orgía de sangre, que se prolongó durante más tiempo y con cifras más elevadas de víctimas sin dejar testimonio gráfico de esos muertos de los que todavía seguimos desconociendo su paradero. ************************************************ ACLARACIÓN: "Salvajadas históricas", lo mismo que "El último convoy" las escribí sin moverme del hospital donde estoy ingresado desde hace 7 semanas, luchando contra el cáncer. (16.03.16) _____________________________________________________

  28/02/2016  El último convoy
 

A las 5 dela mañana veo desde mi cama del hospital donde llevo un mes ingresado, los primeros movimientos de la calle. Un camión se lleva ropa sucia a lavandería industrial. Un motorista recoge el dinero recaudado por las máquinas del aparcamiento de la zona azul, pero como las ventanas de la habitación tienen doble cristal no oigo los ruidos de la furgoneta de la lavandería, tampoco el de las monedas cuando caen al suelo; y tampoco alcanzo a oir a los guardias de seguridad que se incorporan al primer turno o que ya terminaron el de la noche y regresan a su casa. Después, ya clareando el día, pasan los primeros autobuses (vacíos) de la EMT y algunos taxis que estacionan en las paradas cerca del hospital. Los primeros gorrillas africanos se reparten el trabajo. Soportan de pie las horas que les echen. Están alerta. Muy atentos, por la cuenta que les trae. Y luego, como si sonara un silbato, se inicia la actividad frenética, pero ordenada, del hospital. Ya van entrando los pacientes externos para someterse a los análisis de sangre previos al reparto de los goteros. Las enfermeras no descansan un segundo. Buscan la vena. Abren nuevas vías cuando lo creen necesario mientras la cola serpentea. Todos sabemos el motivo de semejante aglomeración: el cáncer va en aumento. Y es una enfermedad crónica que exige tener paciencia. De manera que las salas de espera se llenan, y por la megafonía llamarán por su nombre a los pacientes: fulano de tal, acuda a la consulta 4. O a las 6. O a la 9. Entre los análisis y el resultado que en menos de una hora estará en manos de los especialistas, no son pocos los pacientes externos que, en torno a las 8, salen del hospital para tomarse un café y un bocata en los bares de la misma calle. El café sale de las máquinas como la sangre de las venas. Y los bocatas se transforman en una especie de metástasis imparable de patatas y cebollas, espinacas o ajos ternos o una combinación generosa con o sin calamares y un montón de rellenos para el pan recién cocido. Un cáncer puede ser tragón. Pero ese mismo cáncer puede dejarte como paria o intocable de los muchos que mendigan en las estaciones de la India. O sencillamente en las calles. No sé por qué pienso con frecuencia en La India. Hay enfermedades que despiertan recuerdos y te hacen revivir experiencias, incluso en contra de tu voluntad. ¿Cuál es el poder o el alcance de tu voluntad? Esta madrugada llegué a Delhi. Aparecí vestido con esa ropa blanca, pantalones y el kurta blancos, y miré el reloj para cerciorarme de que no llegaría tarde al convoy al que trepé ayudado por el gentío que ya había ocupado el techo, y sin saber el destino de un largo y extenuante viaje Pero el tiempo –lo mismo ocurre con el cáncer- es reltivo. No existe tal como lo conocemos. No es mas que una abstracción. ¿Acaso sabemos los viajeros colgados de cualquier asidero cuál es el destino de este convoy? ¿Sabemos si este viaje nos devolverá la salud o la ilusión quizá engañosa de recuperar lo que perdimos? No tengo ni idea. Niiguna idea acerca del destino final del ferrocarril va a inquietarme o tranquilizarme durante las breves aunque inacabables horas previas al amanecer en las que dejo que mi mente ocie y que mi cuerpo piense.

  20/02/2016  Ridículo y dignidad
 

En una sola cosa se han puesto de acuerdo los políticos españoles que negocian sobre el asalto al poder: en hacer el ridículo a cualquier precio y en cualquier momento. Es la corrupción (otra) de la dignidad.

  30/01/2016  Chirbes hasta el final
 

L A NOVELA PÓSTUMA y recién publicada de Rafael

Chirbes (1949-2015) podría leerse empezando

por el final. No sería una excentricidad hacerlo

así. Tampoco un experimento, una provocación o un capricho

del lector, en este momento yo. Sería una demostración

de que invertir el orden natural de la buena

escritura no afecta a la trama de un libro, pues el lenguaje

potente, desnudo y directo utilizado a lo largo del

texto es superior al argumento en este caso en absoluto

novedoso: la historia de una relación homosexual.

Valorar más la prosa invisible del escritor que el argumento

propuesto, con sus frases y descripciones impermeabilizadas contra tópicos

y modas pasajeras, permite al autor del drama no convertirlo en melodrama al

estilo hollywoodiense ( Filadelfia ). Es una confirmación rotunda de la opción literaria

y estética de Chirbes. El realismo de Paris-Austerlitz es extremo pero no forzado.

Facilita una lectura uniforme y firme y, sobre todo, apuntala la verosimilitud

estremecedora de la narración escrita en primera persona, sin aturdimientos

pasionales, con una lucidez y un control que en ocasiones parecería incluso cruel,

cuando en el fondo oculta ternura y pone en su justo lugar a los protagonistas:

un pintor español que vive en París donde conoce a un obrero francés llamado

Michel con quien establece una relación hasta que este contrae el sida.

A lo largo de la historia del pintor y de su pareja Michel, Chirbes recurre a la

alternancia del presente y a la memoria del pasado. Hay dos tiempos perfectamente

medidos para el entendimiento de una relación sexual mucho mas apasionada

(física) que amorosa, salpicada de infidelidades y de celos.

El escenario acaba siendo espeluznante: un hospital parisino donde queda ingresado

Michel enfermo de sida, y del que huye destrozado su amante que lo

abandona, arrastrando por un sentimiento de culpa o de cobardía.

“No me dejes, suplicaba. Me hacía daño, me clavaba las uñas en la espalda (…)

y, para librarme, me vi obligado a separar con cierta violencia los dedos que me

había hundido en los hombros y a tirar con fuerza de sus brazos hacia arriba”.

Con algunas páginas deslumbrantes antes de alcanzar el final, leemos esta frase:

“Dejó caer la cabeza sobre la almohada y empezó a sollozar (…) y los sollozos

se convirtieron en pocos segundos en un lamento ininterrumpido que fue creciendo

de volumen, ocupó la habitación y me siguió por los pasillos del hospital

mientras me dirigía hacia la puerta de salida”.

 I.C.

PARIS-AUSTERLITZ

R AFAEL C HIRBES

Anagrama, Barcelona, 2016, 160 páginas, 15,90 euros.

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