escritura interior
  
 
  31/03/2015  ¿Dónde está Carlos Fabra?
 

Durante dos días he asistido en Castellón a unos encuentros de editores independientes y autores que supuestamente también lo son.
Tuve la oportunidad de escuchar a unos y otros. Y de conocer a algunos de los doscientos autores e ilustradores que aparecieron por allí desde distintos puntos de la Comunidad Valenciana. La mayoría auto editan sus obras. Pero no son pocos los que desean que un editor profesional se las publique en papel. Las jornadas (26-29 marzo) fueron un éxito y estuvieron patrocinadas por el Ayuntamiento de esta ciudad. Conocí al alcalde y al concejal de Cultura. No en sus despachos sino sentados entre el público asistente.
Pude hablar con periodistas locales así como con empresarios castellonenses. Pregunté sobre el cacique  Carlos Fabra encarcelado en la prisión de Aranjuez (Madrid) pero cuando mencioné el nombre del todopoderoso ex presidente de la Diputación, advertí que más de uno se partía de la risa.  
¿Hay pruebas o fotos de Fabra en la cárcel? Las mismas que de la lotería cuando le tocaba hasta sin jugar. Porque quienes conocen a Fabra no se lo creen. Su familia se trasladó a Madrid. Los rumores que circulan son de dos tipos: los que aseguran que Fabra está escondido en alguna casa y los que creen que si está en la cárcel entra y sale a su antojo. Porque de Carlos Fabra puedes esperar cualquier cosa. Era y sigue siendo íntimo amigo de Aznar.
En Castellón, me dijo un periodista que pidió el anonimato, todos sabemos que cuando se le diagnosticó una cirrosis –bebía como un cosaco- se fue a Madrid para que un primer espada le hiciera un trasplante de hígado, en un hospital público, saltándose la lista de espera.
Me pregunto si todo esto, o parte de ello,  es verdad o no pasa de ser otra leyenda urbana. Y también me pregunto por qué los periodistas conocedores de estas u otras irregularidades no las han investigado (están a tiempo) a fondo y publicado oportunamente ya que  es obligación de la Prensa esclarecer la verdad y desmentir los rumores no con otros rumores sino con pruebas contrastadas y contundentes.

  19/03/2015  Ayer hace ya 50 años
 

Ayer fui a los toros. Hacía 50  años que no entraba en la plaza de Valencia. Había estado en otras para entrevistar a algún torero. Jesulín una vez. Otra fue el hijo de Paquirri. Pero fuera de eso, no tuve interés en asistir a ninguna corrida de toros.
Medio siglo había transcurrido desde que mi padre me llevó de niño a la plaza y este tiempo se borró de golpe en el calendario que llevamos metido en el cerebro como una estocada doblada.
De manera que ahora veía a mi padre, médico de los once hijos de doña Virgen, la mujer del empresario Puchades, quien nos invitaba a su palco donde un empleado con gorra de plato y alpargatas abría la puerta cerrada con llave y nos dejaba entrar.  
Doña Virgen era una señora inmensa que al apoyar sus brazos en la barandilla de hierro del palco la hacía temblar. A su lado, mi padre no era nadie, o eso me parecía. Era un hombrecito retraído y sonriente que de tarde en tarde volvía el rostro para verme entre los once hijos de doña Virgen alborotando en las gradas del palco desde el que los toreros y los toros parecía de juguete y como entendíamos nada de lo que pasaba allí, merendábamos como hambrientos aquellos bocadillos de chorizo y las empanadillas de tomate con atún y bebíamos gaseosa de la que nos ofrecían los vendedores sacándolas de sus cajas que llevaban al hombro y golpeaban los cascos de vidrio con los abridores de latón oxidado tocando una especie de música parecida a la del trapero que recorría las calles, todo ello para llamar la atención entre la densa humareda de cigarros habanos.
Música maestro y padre sentado en el palco de doña Virgen y once niños de una madre de familia numerosa sentados en sillas de madera fregada y asiento de paja detrás de la bandera española que colgaba del balcón, desde el que mirábamos impacientes a los areneros que pasaban sus rastrillos de madera para alisar la arena amarilla del ruedo, y el gran reloj marcaba las cinco en punto y sonaron las cornetas y el primer pasodoble para animar a las cuadrillas que salieron con los toreros, los picadores en sus caballos, los caballos de tiro para arrastrar al toro cuando estuviera muerto, todos ellos precedidos por los dos alguaciles en sus preciosos corceles blancos y con sus plumas blancas y rojas en los sombreros puntiagudos y afilados aunque no tanto como los estoques de acero  un poco doblados, lo cual era un misterio  pero a mi padre no se lo podía preguntar nada ya que hablaba con doña Virgen de enfermedades infantiles o de ganaderías o de matadores o de todo a la vez  o de unas cosas detrás  de otras. Yo pensaba en mi  madre que jamás venía a la plaza. Ni a la plaza ni a ningún sitio. Se quedaba en casa. Se comía la cabeza y se arrancaba la piel de las manos o cosas peores. Pero mi padre nos llevaba a mis hermanos y a mí y no se le notaba que estuviera triste dejando a su mujer sola en casa sino mas bien contento o por lo menos resignado a su suerte que no era distinta de la nuestra.
Los toreros toreaban. Los picadores picaban al toro en la testuz hasta sacarles sangre y arrancar silbidos de protesta en los espectadores. Los banderilleros ponían banderillas. Una bien y otras mal. Unas veces los insultaban y otras les aplaudían. Y al final venía lo peor que para muchos era lo mejor que es cuando el torero ya acabada su faena se plantaba con la muleta delante del toro y lo cuadraba para que el estoque entrara exactamente donde tenía que entrar y el animal parecía hipnotizado y no embestía sino que quien embestía era el torero con su espada de acero algo torcida y la hundía hasta donde era posible, no siempre acertaba a la primera y  probaba una segunda vez y, como ocurrió ayer, hasta una tercera vez porque le daban un aviso con la trompeta, y la gente gritaba y el toro mugía y el matador tenía que matar a toda costa pero como no había forma de acabar con el maldito toro era preciso  descabellarlo y repitió hasta cuatro veces y no había forma y el bicho sufría y doña Virgen miraba a mi padre y le preguntaba por la tosferina del pequeño Alfonsito que estaba en casa como mi madre, enfermito, como mi madre todo el tiempo, pillaba todas las enfermedades, hasta que el toro por fin ya lo arrastraba el caballo que era muy fuerte con las cadenas que enganchaban a sus cuernos y chorreaba sangre por la boca dejando un reguero también de silbidos mientras la empanadilla de atún con tomate se atascaba en la barriga y tenías ganas de vomitar pero esto se pasaría rápido porque enseguida sonaba la trompeta y salía el siguiente toro que pesaba 580 kilos aunque desde arriba parecía un juguete pero sería el mejor y le cortarían las dos orejas y el rabo y al torero lo sacarían en hombros de la plaza por la puerta grande con el trofeo peludo en la mano que reservaba para su novia que sufría  hasta verlo sano y salvo en hombros de aquellos tipos  que lo agarraban a la fuerza y ponían una pierna a un lado del cuello y la otra al otro, los cojones debían sufrir tanto o más que la novia de todos los  matadores del mundo, hasta el automóvil como de funeraria que espera con el motor en marcha  para llevárselo al hotel.
Más de medio siglo se borró de la memoria y aquellas corridas con doña Virgen en el palco y sus once hijos a sus espaldas y mi padre abanicando a la esposa del empresario Puchades con un abanico de papel y de madera blanco porque en julio se sudaba la gota gorda, y qué gorda estaba doña Virgen, Dios Santo, necesitaba dos sillas fregadas con el asiento de paja para poner su enorme culo que ya no alzaba de allí hasta terminada la corrida de cuya recaudación dependía en buena medida la minuta de mi padre médico infantil  de toda aquella prole. Eran mejores tiempos para la caja que los tiempos de ahora. También eran mucho mejores los toreros de entonces que los de ahora.
Los toros eran unas bestias que por mucho saco de arena que les echaran sobe el lomo y aunque les afeitaran los cuernos y les hicieran perrerías embestían y lanzaban por los aires al torero que lse levaban a la enfermería con el traje de luces desgarrado y una palidez en el rostro que  presagiaba su muerte o una invalidez de meses, años o para toda la vida. Porque la verdad es que se jugaban la vida.   

  19/03/2015  Premios y más premios
 

De los 125.000 trabajadores de 40.000 empresas de artesanías el premio al mejor artesano español lo recibió un joyero valenciano. Mi enhorabuena. Pero me pregunto si en un país que ha agotado sus reservas de oro (la deuda exterior es equivalente al PIB) y su talento creativo –excepción hecha de los pícaros-  para sobrevivir no habría sido más sensato otorgar el citado  premio gremio-gubernamental a algún artesano de las basuras que extraen variadísimos desperdicios hundiendo  ellos mismos la cabeza en los contenedores de basuras.
Todos los días los veo trabajar con un palo y una caja sujeta a su bicicleta que, a poco que nos fijemos, ya es un alarde de ensamblaje de materiales unidos a unas ruedas que accionan dos pedales de distinta procedencia, tamaño y calidad. ¡Qué portentosa imaginación!
Lo que estos paupérrimos artistas kafkianos son capaces de producir con tan escasos  elementos merece un premio especial. Si yo fuera ese triunfante joyero valenciano haría como San Matín: partiría en dos mi capa y entregaría la mitad al pobre que es quien de verdad la necesita.
Se  premia  a los de siempre perpetuando la nula osadía de los jurados reunidos para fallar premios cuyo significado resulta escandaloso en tiempos de grandes desigualdades como los que ahora vivimos.
¿A qué manos, cuellos, pechos o pelos van a parar las joyas del orfebre premiado? ¿Encontraremos quizá alguna pieza en los contenedores de basuras repartidos por los pueblos y ciudades españoles? Todo es cuestión de suerte. Solo hay que hundir la cabeza en las basuras y olfatear lo que no huele.

  06/03/2015  Abrazados a su botín
 

Un buen amigo con quien estuve charlando ayer largo rato sobre las salvajadas cometidas, por un bando y otro en la guerra civil, me pasa esta mañana un fragmento de un poema de León Felipe poco conocido.
Lo reproduzco sin las estrofas cerradas como  una alocución (al fin y al cabo lo es) que pone los pelos de punta y que cuando el poeta leyó en público más de uno echó mano a su pistola.

"Españoles, españoles revolucionarios, españoles de la España legítima, escuchad: Ahí están –miradlos- ahí están, los conocéis bien. Andan por toda Valencia, están en la retaguardia de Madrid, y en la retaguardia de Barcelona también. Están en todas las retaguardias. Son los comités, los partidillos, las banderías, los sindicatos, los guerrilleros criminales de la retaguardia ciudadana. Ahí los tenéis, abrazados a su botín reciente, guardándole, defendiéndole, con una avaricia que no tuvo nunca el más degradado burgués. ¡A su botín! ¡Abrazados a su botín! Porque no tenéis más que botín. No le llaméis incautación siquiera.
El botín se hace legítimo cuando está sellado por una victoria última y heroica. Se va de lo doméstico a lo heroico, y de lo histórico a lo épico. Este ha sido siempre el orden que ha llevado la conducta del español en la Historia, en el ágora y hasta en las transacciones. Pero ahora en esta revolución, el orden se ha invertido. Habéis empezado por lo épico, habéis pasado por lo histórico y aquí, en la retaguardia de Valencia, frente a todas las derrotas, os habéis parado en la domesticidad. Y aquí estáis anclados, Sindicalistas, Comunistas, Anarquistas, Socialistas, Trotskistas, Republicanos de Izquierda… Aquí estáis anclados, custodiando la rapiña, para que no se la lleve vuestro hermano. La curva histórica del aristócrata, desde su origen popular y heroico hasta su última degeneración actual, cubre en España más de tres siglos. La del burgués setenta años. Y la vuestra tres semanas."


  04/03/2015  Unos diarios que no lo son
 

Los llamados Diarios de Iñaki Uriarte (tercer volumen) me parecieron tan fraudulentos como los que le precedieron. De nuevo, el diarista no identifica con nombres y apellidos mas que a cuatro gatos a los que lisonjea. No hay pues índice onomástico. No existe datación. Y no entiendo que  se considere dietario el conjunto de estas anotaciones.
Pero esto es lo de menos. Lo que me irrita es el tono dulzón, amable incluso cuando hay un fondo de amargura o de resentimiento. Y el libro jamás sacude al lector. A mí, al menos, no. Tmpoco comunica sosiego. O ese distanciamiento analítico de un perspicaz  observador al que seguramente aspira su autor.
Aun teniendo 120 páginas solamente,  el libro se cae de las manos. Y todos sabemos que  cuando esto ocurre el lector  puede hacer una de estas dos cosas: recogerlo o pegarle una patada.
Pero está claro  que esta clase de producto merece elogios de aquellos escritores que aparecen elogiados y, ahora sí, son identificados por Iñaki Uriarte. Vila-Matas, Muñoz Molina, algun reseñista del ABC y Jordi Gracias, en El País. Sus entusiastas comentarios ayudan a la venta y por eso mismo   aparecen en la solapa de este tercer volumen.
La editorial Pepitas de Calabaza nos entrega la calabaza quedándose con las pepitas. Así podrá plantar en su momento la próxima calabaza, pues la semilla va a fructificar.
Debo decir que es un libro blando y acojonado correctamente escrito bajo ese imperativo.  Un libro acojonado no aspira ni puede ser jamás un libro acojonante que es aquél  en el que el autor se lo juega todo. Y en el que el miedo, la cautela, el deseo de quedar lo mejor posible, no actúa como la más eficaz censura.
Las  páginas que dedica el diarista al escritor Eduardo Lago con motivo de la invitación que este le cursa para hablar en el Cervantes de Nueva York son una muestra de lo que digo. Sonrojan a cualquiera, a excepción -supongo- del alabado.
Ni siquiera he tenido que hacer lo que Uriarte asegura que hace en ocasiones (pag. 59): "A veces prolongo hasta muy tardela lectura de un libro para acabar de una vez con él y no tener que continuarlo al día siguiente".
Considero un sarcasmo la siguiente afirmación que imagino se aplica, sin necesidad alguna, a sí mismo: "Al escribir un diario ya es una hazaña salir vivo de él".
Esto es cierto siempre que no hayas entrado ya muerto.

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