escritura interior
  
 
  12/09/2014  El subalterno Moragas
 

Ramón Vilaró  cierra  su último artículo (Madridcapital.com) con estos dos esclarecedores  párrafos:

“El voto en Escocia influirá en Cataluña, sin lugar a dudas. Aunque sólo sea a título de ejemplo de ejercicio de las libertades democráticas. Una lección que deberá sospesar el gobierno del presidente Mariano Rajoy, porque negando la realidad los problemas no se solucionan solos.

La sociedad catalana, si no puede ir a las urnas el “9-N”, si irá en unas elecciones autonómicas anticipadas donde se vislumbra que el futuro presidente de la Generalitat, Oriol Junqueras, tiene muy claro su programa: la independencia de Cataluña ¿Qué pasará, entonces, si lo ratifican una mayoría de ciudadanos a través de sus representantes en el Parlament de Catalunya?”

A Rajoy no parece inquietarle lo que a un gobernante  demócrata y responsable debería quitarle el sueño:  el hecho cierto de que nadie se fía de él no solo en Cataluña, que ya es bastante,  sino en el resto de España.
Los españoles estamos siendo víctimas de una clase de político que no merecemos. Aquel escandaloso error  cometido al  tumbar el Estatut como si se tratara de una pieza de caza mayor que había que abatir sin contemplaciones, no ha querido rectificarlo Rajoy. ¿Hay herencias ignominiosas con las que vive perfectamente?
La tozudez de Rajoy hace que los acontecimientos que menos desea se precipiten incontrolables. Es el resultado de una torpe forma de gobernar. El escándalo Pujol ha intentado explotarlo en su propio beneficio y contra las aspiraciones soberanistas del pueblo catalán. Se le ha visto el plumero. Ahora,  su asesor Moragas ha metido la pata como si fuera Urdangarin.  Es un subordinado tan ridículo  como su jefe.
Cataluña puede sobrevivir con dignidad a un ex dirigente corrupto tolerado, no lo olvidemos,  por sus aliados políticos, entre ellos el PP.  Lo que tendríamos que saber es si los porcentajes cobrados ilegalmente a modo de comisiones por el President no sólo lo enriquecieron a él y a su familia,  sino también a otras familias de más alto rango. Algún día se sabrá.
Me pregunto  si Rajoy, su gobierno  y el PP  pueden sobrevivir  hasta el final de la legislatura sin depurar la cadena de mando de  sobornos y otras prácticas bochornosas. Ya veremos. Juegan con fuego.

  11/09/2014  Botín y el doble de Mohamed VI
 

El titular de hoy en El País es del tipo que en el oficio se denomina de bandera o catastrófico. Tiene de ambas cosas. Dice así: “Muere Emilio Botín, el hombre que revolucionó la banca española”. Un poco más y en el instante de euforia pensando en los ingresos que a los periódicos va a reportar el fallecimiento, pudieron exagerar algo más el titular, si no en tamaño al menos es extensión, y afirmar que Botín revolucionó la banca mundial. ¿Por qué no? ¿Quién rebatiría esta afirmación? No lo harían ni sus enemigos declarados.

Un muerto ya no tiene enemigos. Tiene herederos. Y tiene estirachaquetas que aun siendo ya cadáver seguirán por un tiempo haciendo la pelota al hijo, nieto y bisnieto de banqueros. De manera que le dedican artículos elogiosos en este diario de referencia y reverencia desde el pedante Juan Luis Cebrián hasta el pudiente banquero de la competencia. Todos tienen algo que decir. Seguramente también bastante que callar.

Nuestro Felipe VI calificó a Botín como un “grandísimo hombre”, y de este modo no dijo nada y lo dijo todo. O eres grandísimo o eres grande o eres lo que eres y no hay más que añadir. El rey de España, y su familia, a quien deben estar agradecidos monetariamente es a la Caixa, que mantuvo en nómina de oro a la Infanta Imputada.

El fallecido Botín (TVE dijo en uno de los telediarios que “Botín murió con las botas puestas” ) no creo que movió un dedo a favor de los desahuciados. Se quedaron sin techo centenares de españoles y el señor Botín apostaba por la Fórmula 1. No por los que gracias a la banca revolucionada iban a la puta calle al no poder pagar las hipotecas. En el cielo, que es donde se recogen los últimos dividendos, este banquero conocerá el saldo de sus auténticos méritos. Esos locos de la coleta y de Podemos han dicho que “la  banca que representa Botín es la responsable de buena parte de de los problemas que tenemos en nuestro país. Es un ejemplo de lo que no se debe hacer en democracia”.

Aznar, por su parte, tampoco ha podido ser más claro: “(Botín) ha hecho de España un país moderno”.

Pues si ya somos modernos ¿qué nos falta ser? Nada.

Cuando muera, si Dios lo quiere y lo llama, el insuficiente respiratorio de El Corte Inglés, don Isidoro Álvarez, a quien cada día en la cadena SER -y en otras cadenas de radio- sus vendedores  nos dicen qué debemos comprar, cuando este Álvarez de 79 años fenezca, algo tendrá que idear el rey de España para calificarlo. ¿Grandísimo hombre? ¿Rey absoluto del comercio de la corte del pequeño bufón? Veremos. Los asesores de S.M. estarán fabricando algún elogio del que no tenga que arrepentirse al día siguiente.

Ya iba a apartar el periódico hastiado cuando en la página 50 dedicada a Gente, sección en la que cabe casi todo, leo el siguiente titular: “A prisión un doble de Mohamed VI por suplantarle".
¿Cómo ha osado suplantar un súbdito al monarca?, me pregunto. Y el subtítulo añade que "el hombre se declara admirador del rey marroquí, se le parece y tiene su vestimenta y el mismo tipo de coches”.

El tipo tiene 30 años. Se llama Nabil Sbai. Es rico, quizá muy rico. Pero ello no va a librarle de los tres años de cárcel a los que el tribunal de Tetuán le han condenado. Así aprenderá a no jugar a reyes. Ni a tronos. Y si va en Rolls descapotable, no deberá saludar con ese movimiento de mano propio de los monarcas y sus esposas. Deberá si no dejar de parecerse al rey desaparecer del mapa marroquí, donde estas cosas son inadmisibles porque el rey Mohamed es inviolable según la constitución, que debe de ser de alivio.

Por lo que cuenta la noticia el condenado ha argumentado que admira mucho al monarca y le gusta cómo viste y los coches que gasta. Mal hecho. Si no le han caído otros tres años habrá sido gracias a la magnanimidad de los jueces. Y a que no hizo nada malo salvo parecerse al mandamás de la tribu y ser aclamado y aplaudido por el pueblo que lo veía raudo pasar por las carreteras y atravesar poblados.

A la reina Isabel II, por ejemplo, no la imita ninguna señora en Inglaterra, ni siquiera un travestido. No por nada. Porque tendría que ponerse en la cabeza complicados cacharros que pesan un quintal, gorritos de fiesta de fin de año, atuendos inverosímiles que ni en broma imitarían las súbditas a menos que fuera para participar en un programa de humor en la televisión. Y mira que en la isla abundan las señoras bajitas, joviales, sonrosadas y al parecer invioladas y eternas.
 

  04/09/2014  Vida sin milagros de Ortega y Gasset
 

Estoy de acuerdo: Azorín, dijo Ortega,  no pasaba de ser culpable de “una filosofía del estornudo”, personaje irritantemente entregado al escepticismo y a un plácido relativismo total –escribe Jordi Gracia en su biografía de Ortega y Gasset. Pero hay algo que comparte el autor de la Rebelión de las Masas con el estilista de Monóvar: ambos son insufriblemente cursis.

Uno es escueto, telegráfico, sincopado. Pero una sola palabra cursi aunque en una frase corta, sigue siendo cursi. Y el otro es grandilocuente y hueco, hace florituras intelectuales –se les llamaban orteguianas- y lo cierto es que para acabar diciendo “yo soy yo y mi circunstancia” no era necesario darse aquellos aires de profundo pensador. Esto lo comentó con malintencionada  ironía Jorge Luis Borges. Nunca le cayó bien al bonaerense más culto de todos los tiempos. .
Hasta la página setenta el libro es aburrido. De allí en adelante es un poco menos tedioso. Pero como el protagonista, José Ortega y Gasset, es de un egocentrismo abrumador, las 700 páginas no interesan ni descubren nada especial de alguien que no es seductor  temperamentalmente, y menos de lo que se esperaba intelectualmente.

Menos mal que Jordi Gracia advierte  no haber llegado a captar  rasgos entrañables de Ortega.

En las sabrosas  conversaciones de Borges y Bioy Casares podremos leer lo que les pareció Ortega -sobre todo a Borges-  de quien parece compadecerse históricamente por el desdén con que fue llorada su muerte y el desagradecimiento de los españoles al hombre que les ayudó a pensar.

Pero Borges, que no le hacía la pelota ni a los grandísimos autores muertos, no soportaba a Ortega y Gasset. Lo entiendo. No tenía la mala leche que se le conocía a Pío Baroja. Ni sufría el desasosiego agónico de Unamuno. Tenía casi siempre bastante malhumor. Aspiraba a ser el filósofo capaz de darle la vuelta al calcetín de la filosofía a este lado de los Pirineos  y ese calcetín se le deagarró antes de conseguirlo. Su éxito en Alemania necesita imperiosamente que lo reconozcan en España. De lo contrario es muy desdichado. Quien se rebela no es la masa, es él. Pero en España a la gente le importaba un pimiento Goethe y otro pimiento Heidegger, maquinador de ideas tan admirado por Ortega a pesar de haber sido nombrado rector de Universidad por el mismísimo nazismo.

Cuando aparecen en la biografía los hijos falangistas de Ortega que se suman al Alzamiento Nacional, compadecemos al padre. Pero no vale la pena. Ya se compadece de sobra él mismo. Ortega no sabe qué hacer. No va a hacer lo que no puede hacer:  ateo y  ultra liberal a la vieja usanza (aunque hizo su propia boda en dos fases, una civil y la otra religiosa) él no va a sumarse el día de autos  a los golpistas por mucho que la República, que apoyó en contra de su propia clase social, le haya decepcionado. Así que se erige en una especie de voz de la progresía, pero se vuelve muy pronto afónico.  ¿No hierve su sangre burguesa? Ortega no da una en el clavo como adivino –todo lo contrario- cree que el golpe del 36 acabará con cuatro tiros y la inteligencia y el sentido común se impondrán sobre revanchismos y matanzas. Los desmanes republicanos cesarán y Franco, que demostró que sabía reprimir a los mineros, se pondrá bajo el poder civil. Y todo será distinto e incluso mejor que antes.

La salida es marcharse. Ver la corrida desde la barrera: Alemania, Francia, Argentina. Puede ganarse la vida hablando y proponiendo una profunda transformación de la Universidad y el advenimiento de  un sistema de enseñanza inédito con el que siempre soñó para el engrandecimiento de la cultura universal.

Lo elogiaban  no sólo su fiel escudero Julián Marías (buen corrector, reconoce Ortega, de sus textos) sino otros intelectuales muy pronto desengañados  del falangismo, del fascismo y del franquismo. ¿No volverá Ortega y nos redimirá? Que se instale cerca: Estoril, Lisboa. Que empiece a hacer sonar su sonajero y a encantar serpientes, que es lo suyo, con ese verbo cargado de metáforas y horteradas sin par. El Régimen, con las arengas de Falange, no es nada a su lado. Ingenuamente, propone que si quiere algo Franco de él, si quiere que hablemos –eso sí, respetuosamente de usted- que venga a mi casa.  Aún lo está esperando.

Ortega y sus embaucadores creían que el régimen iba a suplicarle su talentosa docencia cuando la represión mataba a cientos de miles de ciudadanos. ¿No se enteró del juicio y fusilamiento del doctor Peset, rector de Valencia? Las ideas vuelan alto y no se enteran de las matanzas y no protestan por ellas.  

Pero aunque en Cambó pudo encontrar a alguien que le hablaba claro y cortaba sus cursilerías, nada era suficiente para los proyectos de Ortega.

Ni los lugares ni los lugareños. ¿Lisboa?  “Como Lisboa es un inmenso escupitajo se vive entre microbios”, dice literalmente. Y ya puestos alterna con don Juan, su círculo y el hermano simpático de Franco que lo agasaja en la representación diplomática.

Un día le convencen para hacer una escapada discreta e incursionarse en España. Se  monta en un Packard descapotable de no sé quién, imitando al inefable y grandísimo vividor Edgar Neville. Regresa al punto de partida. ¿Comentan algo en Madrid de su visita? ¿La ocultó la censura? ¡Desdichado Ortega!

Su hijo mayor, con el que se lleva muy bien, dedica un libro sobre vitaminas (es médico) a José Antonio Primo de Rivera, un 4 de diciembre, natalicio de Franco. Ahora todo queda en casa. Todo encaja. Como está delicado, como su salud es frágil, necesita tomar las aguas medicinales de los manantiales de Vichy. Dos semanas, qué menos, y se autorretrata con estas ingeniosas palabras: “(…)todo el día con el cencerrito del vaso colgando como una vaca hepática”, una vaca en los establos del Hotel du Elder. Estamos en 1939. Acaba una guerra en casa y empieza otra, de la que Ortega no parece enterarse demasiado, en Europa. Sufre las angustias y depresiones de la indecisión. El lector se pregunta: ¿No siente la desazón de la mala fe?

No debe precipitarse. Cuando hable lo habrá antes meditado a conciencia. Habrá medido las consecuencias. Un hombre grande no puede decir un día esto y otro aquello. En tal caso, debería de pensar, no sería un hombre grande sino dos. Y esto es demasiado. Dos Ortega. Dos Gasset. ¡Dios santo! Ni un borracho. No. Habrá que quebrar el silencio a plazos.

Jordi Gracia nos dice que “los franquistas no son los suyos ni lo serán nunca, pero en la guerra encarnan el mal menor frente al hediondo comunismo y su dominación sobre la República (cosa que nunca ha escrito Ortega –apostilla Jordi Gracia- pero que piensa Ortega (1939), como lo piensan y escriben Marañón o Pérez de Ayala o Azorín”  (pag. 545).

No da entrevistas pero un día se lía la manta a la cabeza (1947) y habla con un periodista mexicano (Chávez Camacho) y no le importa puntualizar que el régimen no le molesta, aunque mantiene algunas suspicacias y por eso afirma  “vivo en Lisboa”.

Critica la gran confusión mental de Inglaterra –Ortega no habla inglés-  y lo dice por Bertrand Russell y su pacifismo, lo dice por sus lecturas recientes de Toynbee que considera decepcionante. Y sobre todo por Einstein… de quien fue amigos años antes.

Lamenta, de paso,  no tener ya amigos en Mexico Ni siquiera Alfonso Reyes, que lo fue tanto tiempo.

A los pocos días, Alfonso Reyes le pide explicaciones y Ortega, orgulloso, no se las da. No rectifica. “El error de Ortega ha sido grave, técnico y estratégico, además de mezquino”, puntualiza Jordi Gracia. De manera que se acabaron los esfuerzos por “defender el silencio de Ortega en años anteriores”.

Los textos de Ortega a partir de entonces son “restos, migajas (…) como si fuesen gestos de amistad consigo mismo”.

Cuando le llega la hora de la verdad Ortega  contrae un cáncer incurable y espera la muerte en su casa de Madrid. Pero se la meten doblada los suyos: él, ateo, consecuente al menos en este asunto toda su vida,  recibe la visita del confesor de los intelectuales, el padre Félix García. Le da la absolución. Su hijo José declara: “ya no era él, no se enteraba”.

 

  24/08/2014  Memorable el qui gong de Vargas Llosa
 

A lo mejor no merece la pena escribir lo que voy a escribir sencillamente  porque no merece la pena leer el artículo que El País de hoy (24. 08. 14) publica en su página principal  firmado por Vargas Llosa. Lo hago porque me escandaliza que este periódico, cuyo  director lamenta que haya perdido credibilidad y lectores, incluya publicidad (encubierta)  de una clínica de adelgazamiento de lujo a la que ha ido el novelista Vargas con su esposa Patricia para perder unos kilos. Siempre es bueno perder algo que sobra y molesta, como debe ser el caso de este matrimonio. Pero hacer el elogio del ayuno y de los ejercicios chinos llamados  qui gong,  en momentos en los que  media humanidad pasa hambre y una buena parte de ella muere en enfrentamientos bélicos y existe la amenaza de una escalada terrorista y de una intervención militar norteamericana en Irak, me parece que revela una insensibilidad de un escritor que presume de estar política y socialmente comprometido.
Nos cuenta Vargas que "desde hace 27 años Patricia y yo venimos a ayunar cada verano a una clínina en Marbella". Poco después da el nombre de la clínica. Y más adelante justifica ese ayuno que "tiene por finalidad desagraviar a mi pobre cuerpo de las duras servidumbres a que lo someto el resto del año, con los viajes, jornadas de trabajo exageradas, compromisos sociales -los horribles cócteles- y culturales".
Tomo aire para continuar e imagino el pobre cuerpo de este señor (me abstengo de imaginar el de su esposa) y las duras servidumbres a que lo somete. Sobre todo me llama la atención esa queja que no puede reprimir al referirse a los cócteles, que le parecen horribles.
Y sigo leyendo que el ayuno solo no basta ya que "es preciso una intensa actividad física que estimule el proceso" (de adelgazamiento).
Y aquí entra de lleno Vargas en esa técnica milenaria china "que facilita a quien la practica placidez física y mental y permite experimentar confianza y tranquilidad para afrontar lo que venga".
¿Qué puede venir? ¿Degollamientos de periodistas secuestrados por EI?¿Más bombardeos en Gaza? ¿Más drones y tropas terrestres del derrotado ejército norteamericano en Irak? ¿Emn Siria? ¿En Libia? ¿O un poco de ébola, aquí y allá?
No lo sabemos y tal vez tampoco lo sepa Vargas, estupefacto y arrobado como se encuentra por los bienes que  aportan esos lentos y rítmicos ejercicios que tantas veces vimos practicar a los chinos en China, a las puertas de las fábricas bajo el amable régimen de Mao. Y por aquí, lo practican  igualmente  los chinos de todo a cien en la trastienda de sus negocios. Y en Paris, en los parques de toda la ciudad donde chinos y turistas y franceses se mezclan en el terapéutico vals. Y en Central Park, porque en todas partes cuecen habas y nada nuevo hay bajo el sol o la pluma del cotizado articulista.
Vargas Llosa  flota en el universo del triunfador senil. Confiesa haberse encontrado con una de esas "murcilaginosas retóricas bobaliconas y seudorreligiosas con que suelen autodignificarse las artes marciales", y prueba de ellas la menos violenta con una maestra angelical de la misma clínica que guía sus pausados movimientos ante un espejo.
Hay tanta cursilería en este anuncio a página entera, que lo mejor es que los lectores vayan directamente a la edición digital de El País y lo saboreen  directamente.
El escritor de La Catedral confiesa no conocer "mejor remedio para el mal humor o la desmoralización, los nervios rotos o los arrebatos de furia, esos esstados de ánimo en los que la vida parece no tener sentido ni justificación" que este milagroso qui gong Y yo pienso que ojalá Vargas hubiera sabido hace michos años  que tan solo media hora de este remedio chino le habría ahorrado pegarle el puñetazo que le pegó a su amigo Gabriel García Márquez, o tal vez habría deseado que una vez le asestó el puñetazo sin previo aviso arrastrado  por celos, la furia y esas cosas tan malas que ahora menciona, al menos, digo, el qui gong le habría permitido disculparse ante el amigo y reconciliarse con él, en lugar de mantenerse enfrentado incluso cuando supo que Gabo iba a morir. Tampoco Gabo deseaba verle la cara a quien se la rompió en publico.
Pienso en lo beneficioso que sería el qui gong para algunos políticos de mal talante. Es decir, para la inmensa mayoría. Yo me me conformaría con Rajoy.
"Me atrevo a soñar", declara al final de su artículo Vargas, del que El País se reserva los derechops mundiales de prensa en todas las lenguas del mundo, "que si los miles de millones de bípedos de este planeta dedicaran cada mañana media hora a hacer qui gong habría acaso menos guerras, miseria y sufrimientos y colectividades más sensibles a la razón que a la pasión -que ya no es imposible- podría terminar despoblándolo".



  24/08/2014  Una visión despiadada y cachonda de China
 

¿Qué ocurre con este libro de Joaquin Campos -Faltan moscas para tanta mierda- que al llegar a la mitad deseas que se acabe de una vez? ¿Qué es lo que fatiga? ¿La reiteración de las prácticas onanistas de Rodrigo Mochales, de sus borracheras, de los masajes que día sí y día no el protagonista que vive en Shanghai compra a las putas chinas, y que en cierto modo le hacen soportable rodearse de “la carroña social china”?
Cierta pornopatía se apodera del  personaje español que, de paso,  también detesta casi todo lo español, y que al rayar los 40 años sobrevive en un país cuyos habitantes hasta hace poco esclavos comunistas lo siguen siendo, salvo sus élites, de un capitalismo y consumismo gregario y estúpido, y que considera como pueblo la peor amenaza para el resto de los pueblos del planeta.  

Rodrigo Mochales no se compadece de ellos ni de su suerte o estulticia mimética que los conduce al caos. Entre tanto el personaje  sobrevive con sacudidas de angustia por follar sin condón, algo que le hace temer contagios, pero le consuela pensar que una enfermedad venérea pueda acabar con él. “Llorar es otra forma de eyacular”, dice. Y en otro lugar declara que “aquí se folla como los conejos: veinte segundos y al ginecólogo. Que hay tantas madres sin orgasmos…”

No se salva nadie, salvo su gata Bowie que le llena de pelos la cama y el pene, pero el refugio sexual extremo cuando logra que en vez de una china sea una japonesa, le satisface. Estas, las japonesas, son limpias y educadas. No tienen nada que ver con las otras. Y no mienten. Tampoco hacen la tijera con las piernas cuando  quieres salirte, mientras que las chinas aprietan.

“Aún no he leído a nadie, sea escritor o periodista, narrar lo que por aquí de verdad acontece”, escribe en su diario el comerciante Mochales. Asegura que “no es lo mismo lo que escupen los teletipos que luego fusilan los corresponsales (…) China es un sembradero de aguas fecales y edificios de setenta plantas de cartón-piedra; un prostíbulo general donde los valores ya hace tiempo que volaron”.  

Mochales va enumerando y describiendo casos de corrupción y de extorsiones en "un país ahogado en una depravación que ha conseguido más a golpe de cintura que de masa encefálica".

La imagen  idílica que la prensa extranjera proyecta de China no tienen nada que ver con la  versión brutal del novelista. Sus  experiencias personales lo prueban.

“Todo lo que tenga que ver con la pasta, hay que negociarlo a la manera ludópata: regateando, apostando, echándose faroles. Es asqueroso. Me quiero ir de esta bazofia lo antes posible”.
Este deseo de largarse del lugar donde lleva dos años sufriendo y odiando lo indecible, este obsesivo deseo de fuga propio de un recluso en una cárcel, fatiga al lector: si Mochales está, como asegura,  hasta los cojones de China, ¿por qué no hace algo, a menos que sea masoquista, algo quizá tan simple como cortarse los cojones en la plaza pública?, piensa irritado el lector. ¿Por qué no pasa al acto?
Pero no hay  más acto que el  sexual: un masaje, otro masaje a las pocas horas con paja incluída, una buena comida eligiendo bien el lugar, un trago perfecto, droga según la escala, y una de las muchas mujeres disponibles con la que follar. Porque está claro que Mochales está atrapado en este mundo “de parias y de enfermos” que hacen que “mi termómetro social ande vacío de mercurio y lleno de desasosiego”.
La  escritura, y cuanto más bestial sea mejor bálsamo proporcionará, le inspira y apacigua: “Los secretos que no se cuentan -y más si son placenteros- te llevan a la tumba en forma de tumores. Contar lo bueno como lo malo. ¿No cagamos siempre que comemos y bebemos? Pues eso, contemos todo”.

Alcanzado el final del libro, damos por bueno que todo ha sido contado con fuerza y tesón, en algunos momentos con brillantez, para quien quiera leerlo. Y creo que tendrá muchos lectores.

La frase que cierra su informe sobre China y sobre él mismo, es esta:  
“Mi mente, bastante más enferma que el resto de mi cuerpo, dispone de un cubo de basura donde lanza todos los recuerdos que no le convienen”.

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