escritura interior
  
 
  23/07/2015  O se pasa de listo o de lo contrario
 

O el Rey se pasa de listo o de lo contrario. Sabiendo cómo larga Revilla lo que oye o se le dice, pudo intuir Felipe VI que el presidente de Cantabria comentaría la conversación mantenida con Artur Mas días antes de recibir al parlanchín cantabro en el palacio de la Zarzuela.
Si el Rey es muy listo, o incluso astuto, podríamos sospechar que utilizó a Revilla para trasladar a los españoles sus opiniones sobre el empecinamiento de Mas para separar a Cataluña del resto de España. Y si no es tan listo como para urdir esta maniobra mediática, que cada cual saque las conclusiones que prefiera. En un supuesto como en el otro pienso que tenemos un Rey talla XXL pero que a efectos políticos e intelectuales mide lo mismo que  el cantabro Revilla. O sea, bien poco. Aunque  lo que piense el Rey y lo que no piense Revilla me importa por igual.  

  22/07/2015  El cansancio de Peter Handke
 

Justamente aparece hoy Peter Handke con un libro de 80 páginas que ignoraba tener en la biblioteca titulado Ensayo sobre el cansancio. Muy oportuno. Mi propio cansancio, debido a las altas temperaturas de un verano caluroso como pocos, ya empezaba a agotarme. Pero entonces ocurren estas dos cosas: aparece el sesudo Peter Handke hablando del cansancio en general, y descarga una tormenta inesperada con truenos, rayos y agua en abundancia.
Es, pues, la mejor situación para meterme en la lectura de este texto de Handke, un autor con una obra desigual pero casi siempre interesante. Un viajero que camina y escribe lo que ve y aquello que lo que ve le sugiere. En cierto modo un pensador cuya imaginación, estilo y ritmo narrativos no son nunca estrepitosos.
Hay que ver cómo partiendo de un solo vocablo –cansancio- logra Handke evocar situaciones, recuerdos y variedades de cansancio experimentados (sufridos) por él mismo a lo largo de su vida o bien observados con atención en las vidas de otros.
A las pocas páginas compruebo que aun siendo un libro relativamente corto contagia pesadumbre y desánimo. Esto no lo deseaba. Pero me puse en la piel de Handke y me dije: es una demostración insuperable del arte de un escritor cansado  que acierta a contagiar su cansancio al lector hasta extremos insospechados.
¿Habré sido yo el autor del ensayo y Handke únicamente un hábil inductor del pensamiento expuesto?
No lo sé. Es lo de menos. Me importa relacionar todos los cansancios acumulados por Handke, que son numerosos, con mis propios cansancios. Al fin y al cabo el cansancio es único aunque sus manifestaciones sean variadas.
Por otra parte concluyo que no necesitaba reflexionar sobre el cansancio porque esto aún me cansa más, sino analizar los orígenes y motivos del cansancio para aligerar dicho cansancio.
Entonces he recibido un correo electrónico de un amigo que se rompió hace un par de días un tobillo y su cansancio no solo está justificado –quirófano, calmantes y ciertas conductas sádicas de la burocracia sanitaria- sino que al tener conocimientos de ellas me transmiten un cansancio e indignación todavía mayores.
Le envío un artículo que me pidió la revista Plaza sobre Jávea. Y lo hago porque es algo cómico y esto le divertirá y aligerará su cansancio. Y él, una vez leído, me vuelve a escribir y me recomienda que lea Los pilares de Hércules, de Paul Theroux. De este escritor viajero el libro que me entretuvo y estimuló a viajar ignorando todos los  cansancios, fue El gran bazar del ferrocarril.  Fui a la India en el vagón 14-24 para escribir entre un grupo de locos ex imperialistas británicos sobre aquel país que ellos conocieron y añoraron. Pero recordé que Theroux tuvo una buena bronca con el Nobel  V.S. Naipaul  (cito de memoria) en un canal de la televisión inglesa. Y dejaron de ser amigos para siempre, lo cual parecía ser fruto del cansancio y la rivalidad de dos escritores que saben narrar historias con las palabras precisas.
Más tarde, todavía, (o antes de la bronca, no sé) leí un divertido artículo de Paul Theroux publicado (juraría) en The New Yorker. Allí contaba que había asistido a una recepción multitudinaria de la reina Isabel II. Era en el extranjero. No llevaba gemelos para los puños de su camisa. Se puso esos clips con los que sujetamos los papeles. Temía que al dar la mano a la reina los clips cayeran al suelo. Pero se sobrepuso al cansancio de las recepciones regias y pensó que vería a tal distancia a Isabel II que le recordaría a un sello del Royal Post Service con el rostro inexpresivo de soberana.
Ya no me esfuerzo por recordar lo que leo tal como lo leí, de modo que no fatigo mi memoria. Da igual. Si Peter Handke, que ya tiene una edad respetable, se cansa o da saltos de alegría escribiendo sobre el cansancio, o cansa a los lectores esto no es cosa mía. Y si sus escritos son sombríos como la sombra de ciertos asfixiantes párrafos Thomas Bernhard, a quien sigo releyendo, tampoco es cosa mía.
Cada escritor es, él  mismo, un mundo agotador que muy rara vez se agota.

  17/07/2015  Contexto como Arquitectura
 

Asistí ayer a la presentación de un libro escrito por el arquitecto y amigo mío Carlos Salazar Fraile. El acto tuvo lugar en el Colegio de Arquitectos de Valencia, en la calle de mi infancia (Hernán Cortés) desde cuyos balcones del piso principal yo veía mear a las grandes caballerías enganchadas a carromatos cargados con neumáticos. Aquellas caballerías desaparecieron. También desapareció el almacén de neumáticos. Una tienda de paraguas de la familia Vizcaíno Casas, una sastrería a medida, unas cocheras  de un transportista llamado Vivó (alquilaba carruajes de muertos con caballos negros y plumones entre las orejas), un horno, un restorán que todavía existe –Palace Fesol- y un cine que cerró hace años, el  cine Metropol.
Sentado en la primera fila del salón de actos del Colegio Oficial de Arquitectos yo escuchaba con admiración a mi amigo Carlos Salazar quien disertaba  sobre el contexto como arquitectura (título de su libro de 100 páginas, precio 10 euros) y estaba convencido de que es un libro interesante y además, como él mismo dijo,  al alcance de quienes no tenemos apenas idea sobre arquitectura aunque sí experiencias  desagradables (un contexto personal)  y hasta un concepto pésimo de los arquitectos.
Cuando tomó la palabra una profesora de arquitectura que objetó algunos puntos de las tesis de mi amigo Salazar, y luego otra experta que también hizo lo mismo, yo pensé que los jarros de agua fría hay que soltarlos en la cabeza de los  intocables chapuceros de nuestra arquitectura nacional.  Y acaricié la idea de que se publicara  un catálogo razonado sobre las chapuzas de los célebres arquitectos españoles (otros no he padecido) y no solo  estudios sobre la arquitectura extranjera y los arquitectos mundialmente famosos.
Únicamente en Valencia nos pondríamos las botas.  Te das una vuelta por la ciudad a un lado y otro del rio, y  no hay calle que no tenga  varios edificios encamisados y con grúas o andamios para reparar las fachadas que  se caen a pedazos. No son edificios antiguos. Muchos son bastante recientes. Y no son baratos. Son caros. Los hay públicos y privados. En la plaza donde vivo, llamada de la Legión Española, hay varios edificios (La Pagoda y otros próximos a esta joya) cuyas fachadas se desmoronan.  Tuvieron  que emprender la reconstrucción  de lo que sin duda fue un error de cálculo y una falta de control de calidad de los constructores. O sea, ignorancia y desidia. O algo peor.  Claro que cuando escasea obra nueva aparece la prematuramennte envejecida que es urgente reparar a cuenta del bolsillo de los propietarios y del suplicio de polvo y ruidos a los que se somete al vecindario.
Si hablamos de Calatrava como el Primer Chapucero de los Arquitectos Levantinos cuyos grandes y costosos edificios causan vergüenza ajena, debemos andar con cuidado. Asesorado por abogados estrella puede meterte una querella por difamación, pues  él no parece responsabilizarse de sus tremendas pifias. Los divos siempre culpan a otros. Ellos salen si no airosos, tampoco por los aires a golpes de hostias, que es lo que merecerían.
Echo  de menos un catálogo razonado   de las obras chapuceras de los arquitectos que pontifican sobre otros arquitectos o que, con el mayor descaro, imitan a aquellos pensando que no se nota su tendencia al plagio.
No sé como apuntalarían los rascacielos neoyorquinos nuestros genios de la arquitectura y esa legión de técnicos que los rodean porque los grandes edificios de NYC o de LA no se ponen de acuerdo, como parecen hacerlo los edificios valencianos, para soltar pedazos de mármol mal adherido a las fachadas, y montar este enjambre de redes con el único fin de que esos meteoritos no maten a los peatones o vagabundos que ignoran el peligro que corren. Encima de no tener techo propio, los matan quienes sí lo tienen. El colmo ¿ no?.
Si yo fuera profesor de arquitectura de alguna escuela española de renombre encargaría a mis alumnos que acometieran ese inventario. Les diría: ustedes elijan calle y casa y analicen qué se hizo y cómo para producir semejantes chapuzas por metro cuadrado. Lo que hacen los Gehry, Venturi, Johnson, Lloyd y compañía –por citar a algunos del Olimpo- nos interesa bastante menos que lo que han hecho los arquitectos de la generación que les precede, muchachos, con estos ya tenemos bastante.
Aplaudí  al autor de Contexto como Arquitectura y pedí que estampara su firma en el libro que leeré de cabo a rabo esta tarde.  No  compadeceré su falta de conocimientos (los tiene de sobra)  sino su falta de trabajo en estos tiempos difíciles.

  11/07/2015  Un gilipollas y un mierda
 

El Bigotes Pérez o, si se prefiere, Pérez el Bigotes, ha dicho que Rajoy es un gilipollas y un mierda.
Pérez ya no lleva bigotes. Se dejó crecer las barbas y el delincuente beneficiado por  el PP desde la red corrupta llamada Gürtel se mesó la pelambrera de su durísima cara y añadió ante el juez –lo vimos en la  tele- que él siempre ha sido un poco  exagerado a la hora de expresar sus ideas. Si dijo gilipollas o mierda lo que quiso decir era un poco gilipollas, del todo no; y un poco mierda, del todo tampoco. Perfecto.

Bárcenas no ha sido tan deslenguado como el Bigotes. Pero muy gilipollas y mierdas tenemos que ser los españoles para no deducir lo que el ex tesorero del partido de Rajoy nos da a entender al señalar a Rajoy.
Las medias palabras, los medios insultos o esos pitidos de las teles norteamericanas que suenan para censurar insultos o palabras gruesas empeoran el asunto.  Un piiip largo significa que eres un gilipollas. Un piip corto significa que eres un mierda. Si a  Rajoy le sueltan un piiiiip prolongado seguido de  un piiip más corto, ya estamos al tanto de que alguien le ha llamado  gilipolllas y  mierda.

La nueva avutarda de logo reciclado del PP no se desgañita. Es muy silenciosa. Su diseñador se ha inspirado en el híbrido del logo de iphone y del báculo papal con el del Espíritu Santo, que es otro pájaro travestido con olor a piscifactoría.

Los militantes del PP agitan alborozados  las alas de su ambiguo murciélago en el interior de la jaula de oro reformada en la calle de Génova y financiada con fondos ilegales de la caja B. El mismo ex tesorero Bárcenas bate  los tambores en su su propia celda, o en su casa, o a bordo de aviones que vuelan raudos a Suiza, o abrazado a la pechuga emplumada de esa lindísima tórtola llamada Dolores de Cospedal, buena pagadora en diferido de indemnizaciones por despido o por lo que sea. Cuando no sé en qué animalito volador fantasear, pienso en la Cospe.  Y me pregunto: ¿A esta especie de drone con sangre hirviente le disparará alguien una ráfaga de insultos mientras sobrevuela el estercolero nacional con un pico que se lo pisa?


  10/07/2015  John Fante y su estúpido perro
 

Descubrí en los años 80 a John Fante, maestro de Charles Bukowski,  gracias a Bukowski. Y también gracias al editor californiano de ambos, Black Sparrow Press.
Durante años tuve extraviado el libro de Fante West of Rome. Lo buscaba para releerlo. Sobre todo recordaba vagamente la más larga de las dos historias titulada My Stupid Dog. Hace 35 años el realismo sucio americano era deslumbrante. Me gustaba la forma de escribir a la pata la llana de Fante, y de otros como él, muy al estilo del periodismo más  descarnado y ágil del momento.
Estaba harto de España y de los pretenciosos escritores españoles que hacían filigranas con la prosa  como bordadoras de oficio. O como pasteleros levantando merengues. Una frase corta de Fante –a veces entrecortada- era el antídoto contra el veneno de la meseta. Y  contra las florituras  de un realismo mágico que ya agotó García Márquez y nos hicieron detestar sus malos imitadores.
Pero ahora compruebo que hasta las mejores páginas de Fante amarillean igual que la cubierta  de este ejemplar,  uno de los muchos que recibía directamente del editor en Santa Rosa en mi oficina del National Press Building, en Washington DC,  mientras mi esposa jugaba al tenis con su inseparable entrenadora en Bethesda y  Pedro J. Ramírez, director de Diario16,  me urgía a que rematara  rápido un reportaje sobre la ejecución de un asesino negro.
Lo mío no era realismo sucio  ni mágico.  Era periodismo auténtico, el que siempre me interesó hacer y llegó a costarme muy caro.  En cierto modo, lo mío era una especie de literatura de no ficción.
Hoy reconozco que aquella intensidad  y fuerza narrativa de Fante han desaparecido. Me siento decepcionado al releerlo. Tiene que ver con mi edad. Y con la erosión producida por Bukowski.
Aparto el volumen. O  el volumen me aparta a mí. Estúpido, me digo, no es el perro; soy yo. El perro del relato de  Fante es el mismo que era. Es intemporal. El lector no. Seguirá siendo eterna, la ciudad de Roma.

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